EQUIDAD

Justicia para ellas: Juan Manuel Estribí Pérez

Ningún país puede considerarse de primer mundo, y mucho menos podemos nosotros aspirar a ello, si no tumbamos las barreras de la discriminación. Y si hay una discriminación histórica y cobarde en el mundo es aquella que se da en contra de las mujeres. En las épocas primitivas, cuando no se tenía conciencia de la relación entre el acto sexual y el nacimiento de los niños, se pensaba que la mujer era la única responsable de procrear, y por eso, se le veía como diosa.

El padre Danilo Eterovic comentó alguna vez que el Evangelio narra que el mismo Jesús, en una de sus parábolas, comparaba el reino de Dios con una mujer que perdía una moneda de plata, luego la encontraba y celebraba ese acontecimiento. Aquello representaba a Dios cuando recuperaba a uno de sus hijos perdidos. Decía que la utilización de una mujer como ejemplo en una acción divina es una muestra del gran valor que ellas representaban para Jesús.

Sin embargo, no se les ha tratado como naturalmente corresponde. Estudios demuestran que si bien en muchas sociedades las mujeres pueden y llegan a ocupar espacios importantes, esos cargos no resultan ser de mayor importancia que los que ocupan los hombres. En ese sentido, se da como un espejismo de equidad.

Michelle Zimbalist puntualizó que aun a través de esos espacios, las mujeres llegan a tener influencia en el resultado de la empresa, pero sin desconocer esa “autoridad” que por sucesión sociocultural le ha sido dada al varón.

El problema puede radicar en ese punto. Cuando hay una tolerancia al estereotipo o una percepción de discriminación pasiva, dicha expectativa puede resultar perjudicial. Tal como lo demuestra un estudio, el desempeño de una tarea puede, para una mujer, ser en vano si tiene por sentado que la otra persona está prejuiciada, o bien puede darse en otro estadio, que ese perjuicio le resulta favorable y decide emprender la tarea con menos intensidad, con la certeza de que el prejuicio obrará en su favor.

Hasta en las universidades, algunos agreden y discriminan. Desde el comentario sexista de un profesor hasta la seducción que hace a sus propias estudiantes. Recuerdo que alguien me comentó que había un “catedrático” que les decía a sus alumnas: “¿Qué hacen aquí? Vayan a sus casas a fregar y a lavar ropa”. Otros dejan en claro que solo las “bonitas” pasarán el curso.

Los hombres debemos sacarnos esa idea primitiva de la cabeza, no sin antes recordar que es una tarea que se tiene que forjar en familia y en sociedad, porque está muy arraigada en la cultura latinoamericana. A los hombres, porque nos resulta más cómodo, y a las mujeres porque por muchos años se han creído el cuento. Por fortuna, los tiempos cambian. Esperemos que la evolución juegue a nuestro favor en las generaciones venideras. Somos iguales en dignidad y nos complementamos mutuamente, porque así estamos hechos por la naturaleza.

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