HORA DE ASUMIR RESPONSABILIDADES

Día internacional contra la corrupción: Enrique Manuel Illueca

El Día internacional contra la corrupción se celebra en todo el mundo el 9 de diciembre de cada año. Hoy día se ha confirmado que la corrupción es un problema mundial. Según estimaciones de la Organización Naciones Unidas (ONU), cada año se paga un billón de dólares en sobornos, y se calcula que se roban $2.6 billones anuales mediante esa práctica, suma que equivale a más del 5% del producto interno bruto mundial. Además se estima que en los países en desarrollo se pierde por ese flagelo una cantidad de dinero 10 veces mayor que la que se dedica a la asistencia oficial para el desarrollo.

Las reflexiones de hoy son válidas respecto al tratamiento del tema de la corrupción que han realizado las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos (OEA). Ambas, en cumplimiento de sus respectivos mandatos relativos al desarrollo de los pueblos y la justicia social, han auspiciado y formulado recomendaciones relevantes sobre la corrupción que están contenidas en resoluciones y documentos de carácter vinculante para todos los Estados del planeta, en el caso de ONU, y de la región, en el caso de la OEA.

La Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, que entró en vigor en diciembre de 2005, y fue aprobada por la Asamblea Nacional, mediante Ley Número 15 de 10 de mayo de 2005, constituye el primer instrumento jurídico internacional vinculante de lucha contra la corrupción, y contiene normas innovadoras y mundialmente aceptadas que pueden aplicarse, tanto al sector público como al privado.

El hecho de que estos convenios resulten letra muerta para algunos y que la voz preocupada de sectores de la sociedad civil, como la Fundación Panameña de Ética y Civismo, tengan una audiencia nacional muchas veces propensa a la indiferencia o al pronto olvido, hace temer que un cierto grado de barbarie se esté reflejando en una actitud tan displicente como negativa de los sectores políticos.

En Panamá, la celebración tiene características nada desdeñables. Creo que nunca como hoy tanto el primer mandatario que ocupa la Presidencia de la República, como los diputados que componen la Asamblea Nacional, están comprometidos a recordar todos los días que ellos son los que detentan la legitimidad que les da el voto popular, para que el ejercicio de su mandato responda a los fines superiores que conforman la estabilidad institucional y el progreso general de la nación. Si ellos, los representantes de la voluntad popular, no empiezan pronto a dar señales de que son capaces de liderar la lucha limpia, clara y transparente contra la corrupción, ajustándose a los principios éticos y morales que viven en la conciencia de la nación panameña, estarán poniendo a la misma democracia en peligro.

Estoy seguro de que para triunfar en una guerra contra la corrupción es esencial e imperativo que en todas las esferas del poder público –Ejecutivo, Legislativo y Judicial– se emplee el arma de la transparencia que es, sin duda, el mejor remedio contra el flagelo de la corrupción y la impunidad.

El panameño, día a día, va levantando su voz para comentar con mayor ahínco el secreto develado de las prácticas gubernamentales corruptas y nepóticas, que envenenan la vida y el sistema democrático del país.

Los protagonistas de la escena política han sufrido tal depreciación que en la actualidad todos están afectados de la presunción de culpabilidad a juicio de la opinión pública. Esto comporta que las diligencias judiciales (testimonios, indagatorias, careos, auditorías de cuentas bancarias, transferencias, cancelación de préstamos, otorgamiento de contratos y concesiones, nombramientos y destituciones, investigaciones, etcétera) que en estos días se han mencionado que son aplicadas a determinados actores de la vida política nacional, podrían no solo generalizar las desconfianzas del pueblo, sino suscitar la más profunda indignación ante la eventual impunidad.

Anticiparse al desastre y tomar las iniciativas necesarias supone que los panameños tengamos una ética de futuro que al mismo tiempo nos permita tener una permanente conciencia de que, sin valores éticos no se puede tener cohesión social, y que nos permita calcular el precio irrecuperable de la inercia y de la inacción.

Pero para que esas iniciativas tengan sentido deben ir ligadas al esfuerzo, y coincidir con actividades cívicas en las que todos asumamos las responsabilidades que estamos obligados a tener.

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