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EL MALCONTENTO

La vida aplazada: Paco Gómez Nadal

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La vida aplazada: Paco Gómez Nadal

La política ejerce un efecto centrífugo que desvía la atención sobre la vida cotidiana y los problemas de la gente. Los medios de comunicación de masas sienten absoluta fascinación por los asuntos endogámicos de la política y les cuesta (nos cuesta) romper las fronteras invisibles que parecen separar los asuntos de la política de las políticas de lo común, aquellas que inciden directamente sobre las vidas de las personas.

Mientras el debate nacional gira en torno a procuradoras, contralores, elecciones y demás asuntos eternos de la débil estructura institucional, la gente tiene problemas cotidianos que condicionan su presente y, en muchos casos, hipotecan su futuro. De esos problemas poco se trata en la Asamblea Nacional, aunque organizaciones de la sociedad civil y personas concretas sigan trabajando a la sombra mediática para que el país avance en esos terrenos donde se juega el bienestar físico y mental de las ciudadanas y ciudadanos.

Por eso, resulta impresionante que aún se abran investigaciones para perseguir la concreción de un derecho: el que tiene la mujer de decidir sobre su cuerpo y sobre su vida. Dicen las noticias que son 43 los casos de aborto que investiga el Ministerio Público. No pudo investigar hasta las últimas consecuencias las agresiones sexuales que sufrieron las mujeres ngäbe y buglé durante la represión de San Félix en 2011 y 2012, no ha querido discriminar las responsabilidades en la violación masiva de derechos humanos en Bocas del Toro en 2010, pero sí se encuentra con las fuerzas para perseguir a aquellas mujeres que se vieron empujadas a actuar al margen de la ley para cumplir uno de los derechos básicos del ser humano: la autonomía sobre su cuerpo.

En la moral tradicional católica la mujer tiene poco peso, más allá de su función reproductiva, y en el sistema patriarcal en el que se apoya esa moral las decisiones sobre la vida de las mujeres suelen estar en mano de los hombres. No es Panamá diferente en este aspecto. La mujer reina de belleza, la mujer “mamacita”, la mujer objeto, la mujer santa, la mujer puta, la mujer siempre con apellidos que ella no elige y con una brutal presión social para cumplir con el papel que se les asigna de nacimiento: un casamiento, algunos hijos, una vida de resignación.

El problema de la moral es que siempre es excluyente, siempre aparta a las minorías, a las personas que tienen otros criterios vitales, otras formas de entender lo que significa vivir en sociedad. Es indiferente que esas minorías respeten la ley y las formas dominantes. Da igual que tengan que ocultarse o vivir con miedo. Son perseguidas hasta el cansancio, hasta la asimilación o la eliminación.

Mujeres que toman el control de su vida, personas con opciones sexuales diferentes a la heterosexual, ateos o agnósticos, indígenas anticapitalistas o comunas que autogestionan sus vidas al margen de las instituciones… todos, todas son una amenaza, y la política, en estos casos, reniega de su principal misión: gestionar de forma constructiva los conflictos para que en una sociedad democrática todos tengamos sitio.

Imagino que los que atacarán con violencia mi posición de respeto absoluto al derecho al aborto libre, seguro y gratuito estarán escandalizados con la noticia de que en Arabia Saudí han encarcelado a dos mujeres “por manejar” sus vehículos. Eso les parecerá mal porque es la ley del “otro”, “del infiel”. Pero, en realidad, es equivalente a la persecución de aquellas mujeres que abortan.

Está demostrado que en los países donde hay leyes que permiten el aborto libre, seguro y gratuito, basado en la propia autonomía y responsabilidad de la persona, las cifras de mortalidad durante los abortos e, incluso, las de aborto mismo disminuyen.

No legislar de forma progresista sobre estos asuntos es condenar a la muerte a cientos de mujeres cada año. No a todas las mujeres, claro está. Las que pertenecen a las clases más pudientes viajan al extranjero a abortar o lo hacen de forma “protegida” en clínicas privadas. Nuestras leyes son solo para las mujeres pobres, cuya única función social es la de parir obreros y limpiar casas ajenas. Aplazar la modernización de las reglas sociales no acaba con los problemas, solo los oculta y enquista. La política de Panamá, un país con una diversidad religiosa significativa, está secuestrada por una sola moral, la católica. O, mejor dicho, la versión más fundamentalista de la católica. Ya es hora de sacudirse un poco la historia y pensar en la vida (aplazada) de las mujeres.

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