EL NEGOCIO DE LAS CÁMARAS

La coima en prepago: Carlos Eduardo Galán Ponce

A pesar de que el origen del término “coima” ya lo había explicado con anterioridad, debido al auge que va adquiriendo creo que amerita que lo repita. Es la conjunción panameñizada de los términos en inglés coin y man. El hombre de la moneda. Aquel que a cambio de dinero te facilitaba una operación truculenta. Y en nuestros pueblos se llamaba así a la modesta parte de las apuestas que se reservaba para sí el dueño de un local, por permitir la “chinga”.

Pero en este mundo tecnificado y de mentes agilizadas para enriquecerse “a costilla” de los demás, el término ha sufrido una metamorfosis estelar. Se ha ido puliendo a la par del crecimiento de la economía y del omnipresente PIB, en este paisito en donde hablar de miles de millones ya es bicoca. Crece el negocio, crece la coima. Y así, de una posición al final de la cadena, ha saltado hasta enseñorearse y perpetuarse en donde se originan los trucos. Allí, donde nace la avalancha de monedas para no dejar nada a nadie más.

Esas cámaras detectoras de infracciones se merecen un premio en este escenario. Escuchar al caballero que fungió como director de la Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT), y quien le diera vida a esa obra de arte, tratando de explicar que uno de los propósitos de esas cámaras era acabar con la coima, fue como para atacarse de la risa. Pero bueno, se refería solo a la coima que se negociaba entre el infractor y el policía que extendía una boleta, y en eso tenía razón, porque todos somos conscientes de que esos arreglos individuales no debieran tener lugar.

Para eso, a los servidores tienen que predicarles con el ejemplo. Pero resulta que se les quiere eliminar para reemplazarlos por un sistema más sofisticado y lucrativo, mediante el que uno solo se come todo “el queso que había en la mesa”, sin dejar nada para una segunda vuelta. Repartidos el 65% de las ganancias para el del queso y el resto para que te reparen las calles. La coima que se “negociaba” antes es como un maní al lado de este banquete.

Si ves el aspecto ético –una materia que ya han eliminado de varias formaciones académicas–, el fin de todo departamento gubernamental debe ser procurar que los ciudadanos se comporten dentro de la ley y darles todas las facilidades para ello. En el aspecto vehicular, proveer vías amplias, seguras y expeditas por donde puedan desplazarse con facilidad los automóviles; debidamente señalizadas y bajo normas de manejo y límites de velocidad lógicos; acordes con la capacidad de las carreteras, el volumen de tráfico, los tipos de vehículos y el punto de mayor eficiencia de los motores en el consumo de combustible. Las carreteras se diseñan amplias para desahogar el tráfico, no para restringirlo. Pero bajo todas estas normas, que se aplican en países donde nadie lucra con el sistema, el “negocito” de aquí no funciona. Cuando un conductor sale de esos tranques horrorosos y, al fin, encuentra al frente una pista amplia, hecha con su dinero para facilitar su retorno a casa, la tendencia es que quiera apresurarse. Es como ponerse a contar dinero delante de un pobre. Y de ese lógico comportamiento humano se aprovecharon para darle rendimiento al negocio, estableciendo un límite de velocidad absurdo y en un sitio de altísimo tráfico. Si hubieran puesto el límite entre 80 y 90 kph, y el dinero de las multas fuera para mantener la red vial, nadie hubiera dicho nada y las violaciones serían mínimas.

Tampoco pensaron en instalar esas cámaras frente a escuelas u hospitales, en donde se protegerían más vidas inocentes. Buscaron el sitio apropiado para llevar al tope la renta del negocio. Y qué ironía, lograr un país ordenado los arruinaría. O no sabemos si hay alguna cláusula escondida por allí que les “garantice” una ganancia.

¿Alguna vez has oído a esas lumbreras de la ATTT hablar siquiera de colocar sensores que indiquen tomar precauciones adicionales cuando las condiciones del clima hacen crítica la visibilidad en horas del día? No. Los que planeaban instalar a un costo de tres millones de dólares no sé si ahora, con la reculada, insistirán en hacerlo; eran para espiarnos. ¿Los has escuchado decir siquiera que pondrán en práctica boletas de cortesía, antes de implementar una nueva norma? ¿Has escuchado alguna vez que propongan un programa educativo para inducir a mejores prácticas o a mayor cortesía en el manejo? Las carreteras parecen una boca de lobo, sin la más elemental señalización. Y para qué seguir. Solo se practica la cultura de la multa, de esquilmarle los bolsillos a la gente. Y como ni la educación vial ni la promoción de normas de orden y de seguridad produce dinero, no las vas a encontrar en su menú.

Y si con esa teoría de las sanciones consideran que se puede lograr un mayor ordenamiento, entonces nos queda preguntar, ¿cómo es que al mismo tiempo tiran por el piso las multas a los depredadores del medio ambiente? Volvemos al mismo “prepago”. Allí el negocio está en lo que se va a originar encima de la devastación. Solo que como la gente ya está despertando, no van a poder seguir “cogiendo los mangos bajitos”.

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