REFLEXIÓN

¿Los del problema son ellos o somos nosotros?: Rodrigo Tomás Sang De León

Encuestas van y encuestas vienen, pero a muchos nos cuesta trabajo entender las grandes contradicciones que muestran. Los panameños somos muy dados a criticar a los políticos por todos los males que aquejan a esta sociedad, pero pasamos por alto que, posiblemente, el problema no sean ellos, sino nosotros.

Lo digo, porque, pese a decir una cosa, actuamos diferente a lo que, supuestamente, son nuestras convicciones. Decirle corrupto a otro es una ofensa que a nadie le gustaría recibir, pero cómo podemos llamar a una ciudadanía apática y “poco importa”, de la que cerca del 70% dice que hay corrupción en el Gobierno, y casi el mismo porcentaje considera como bueno o muy bueno al señor Presidente?

¿Qué podemos pensar de un país en donde, elección tras elección, el Órgano Legislativo siempre sale pésimamente evaluado en su desempeño a favor del país, pero al menos el 60% de los mal llamados “honorables” salen reelegidos? ¿Qué sucede con una ciudadanía que en público dice querer propuestas claras y concretas, pero que al ser encuestada le importa un bledo si uno de los candidatos asiste o no a los diferentes debates y foros que se organizan y lo colocan como el preferido del electorado? Nuestra democracia atraviesa por una crisis de valores de quienes deberíamos ser los garantes de que el sistema funcione y llene nuestras expectativas para dejarle un país decente a nuestros hijos.

Duele decirlo, pero el problema no son los Mimitos, los Chellos, los tránsfugas ni los pavipollos. No, señores, el problema son los panameños que dicen querer un cambio positivo para el país, pero no hacen nada para que eso se dé; el problema son todos y cada uno de los que votan por amiguismo, a sabiendas de que su amigo no está capacitado para un determinado cargo; el problema son todos los que, para darle su voto a un candidato, esperan que llegue la bolsa de comida o la plata para el tanque de gas, sin que les importe lo que ese candidato propone o ha hecho en su vida.

Amo Panamá y me duele aceptar que, probablemente, estamos en un camino sin retorno. Si no cambiamos todos ni aprendemos a ser ciudadanos responsables, los políticos serán cada vez peores, debatirán menos y solo tendrán que invertir grandes sumas de dinero para pagar los elevados costos de publicidad y del maligno clientelismo que carcome los cimientos de la patria decente. No se trata de usar la mente para analizar y tratar de elegir a los mejores; se trata de que una vez escogidos, no volvamos a nuestra zona de confort personal y sigamos siendo el pueblo apático y manso de siempre.

Falta elevar la autoestima colectiva, darnos cuenta de que no merecemos una Asamblea Nacional tan mediocre como la actual; darnos cuenta de que las bolsas de comida son pan para hoy y hambre para mañana. Necesitamos una clase política con mentalidad de primer mundo, para que los subsidios dejen de ser parte del día a día de los panameños y que, por el contrario, avancemos por nuestros medios hacia una vida digna y un mejor país. De no hacerlo, mis estimados lectores, el problema no serán ellos, sino nosotros.

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