FORMACIÓN INTEGRAL

El problema secular de la educación: Paulino Romero C.

El mundo antiguo del oriente y el agitado de la época imperial de Roma estuvieron, en general, dominados por el desenfreno sensual como fruto de la orientación hedonista de sus filosofías. El cristianismo opuso al humanismo pagano un sentido espiritual de la cultura. Pero, además, removió los cimientos de ignominia en que se venían sustentando los imperialismos cesáreos; porque su predicación de la igualdad esencial de los hombres iba a producir el derrumbamiento de la institución de la esclavitud y a afirmar los fueros de la persona humana.

No era fácil luchar victoriosamente contra la barbarie secular; pero la obra civilizadora del cristianismo avanzó inmensamente hasta lograr la relativa humanización del hombre y, sobre todo, mantener latente, como una espada sobre la conciencia de los malos y como una antorcha sobre la esperanza de los buenos, la fe en las compensaciones eternas.

Hay temas que, hasta ciñéndolos a su contenido dado, en mucho lo rebasan. Profundidad por una parte y generosidad inevitable por otra. Y aun en ciertos casos muy especiales, su impregnación misma con toda una realidad social, que torna más ricos y complejos los procesos y conocimientos. No se concibe, tampoco, especialidad alguna, científica o no, cuyas fronteras se agoten en sí mismas.

Es el caso especial de la educación. Actividad en esencia tan antigua como el hombre y cuyos problemas, al ser ciencia, arte y técnica, vitales, ya inquietaron hace milenios. Igualmente, sus “picos” de reactivación en determinados siglos; sus reelaboraciones notables y grandes crisis como la de nuestro tiempo, obligaron a perspectivas y enfoques sucesivos. Por otra parte, como actividad noble y formadora, ha tenido su comienzo práctico e intuitivo. Luego se hizo cada vez más escolar, cuando en la trayectoria de las civilizaciones fue captándose lo básico de su hacer.

No solo como reminiscencia de sus comienzos quedaron márgenes y forma de actividad fuera de las cada vez más perfeccionadas teorías, metodologías y sistemas educativos. Ciertos impulsos muy notorios entre los siglos XVIII y XIX respondieron a concepciones e inspiraciones individuales; a la sola intuición; al arte y al amor por enseñar, por formar personas, como aspectos excelsos del amor al prójimo. Hubo así, educadores vocacionales. Ellos se sintieron atraídos, no solo por la tremenda problemática de la disciplina, sino se convencieron de su básica importancia total; que dependía de la eficiencia o de su aplicación y de la vastedad en que pudiera ejercitársela, nada menos que el porvenir humano, el individual y el social.

A lo largo e intenso de nuestro quehacer educativo (esfuerzo tesonero cincuentenario) hallará el lector investigador una constante y sostenida: la preocupación por la educación primordial. Pero no la de simple instrucción elemental ni la precaria campaña de alfabetización ni mucho menos la “transformación curricular”, orientada a fomentar el practicismo, sino de la educación como formación integral, moral, física, intelectual; de la educación como tránsito entre el primitivismo y la vida de civilización, como único medio de dignificación moral y de emancipación económica y, a su vez, de incorporación plena en la actividad del espíritu y en la solidaridad humana.

Hay en el ser humano tres potencias rectoras: la voluntad, la razón, la sensibilidad, en cuyo estudio intervienen, por su orden, tres disciplinas de carácter filosófico: la ética, la lógica, la estética.

Precisamente, son algunas de las disciplinas eliminadas en el nuevo plan de “transformación curricular”... Si el proceso educativo fuera en rigor consecuente con la necesidad de formar al hombre, para guiar sus pasos en la vida, atendiendo a estas fuerzas primordiales, sin cuyo concurso flaquea notablemente su andar en el mundo, es muy posible que los seres humanos no cometiesen tantas torpezas ni equivocaciones, a veces de consecuencias desastrosas.

Con tal espejismo está montada la escuela panameña, y que la Universidad, como remate del proceso, tampoco va más allá. Para conseguir que las cosas cambien sería preciso que el propio régimen, con los recursos de que dispone, emprendiera una campaña sistemática y de largo alcance para favorecer el desarrollo de cuantas iniciativas contribuyan a mejorar la calidad de la educación en todos y cada uno de sus niveles de enseñanza.

Una acción coordinada y poderosa que abarcara un plan armónico, gradual y sistemático, toda la gama de factores y elementos, hoy descuidados, capaces de cultivar y mejorar la formación integral del hombre y la mujer panameños. Esto puede ser posible mediante una “Planificación Integral de la Educación”, propuesta presentada, sustentada y muchas veces reiterada desde 1975 hasta el presente.

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