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REFLEXIÓN

A propósito del ‘Gaudete’: Eduardo Jaspe Lescure

Después de hacer mi siesta dominguera, me desperté pensando en ¿cómo podemos estar alegres en estos tiempos llenos de injusticia, corrupción y hambre? Antes había estado en la misa de 11:30 a.m. Me enteré ahí que este tercer domingo de adviento se llama Gaudete y que quiere decir regocíjense en latín. Le llaman también domingo de la alegría.

Pero, ¿cuál es nuestra alegría en tiempos en que Bagdad no es más la ciudad de las mil y una noches, sino una pandilla de jóvenes que atemoriza en ciudad de Panamá; cuando “calor” no se refiere a esa rica sensación que nos recuerda estar en el trópico, sino al miedo absurdo a otro grupo de maleantes; cuando quienes deben administrar los recursos para el bien común, los manejan (o se los roban) para el propio beneficio y luego los vemos, impunes, riendo y disfrutando de los fondos mal habidos (¿otro tipo de maleantes?); cuando el viernes negro no es más un hito que nos recuerda la opresión y la injusticia de los militares, sino una orgía de compras, trampas, derroche, además de la ansiedad de quienes no pueden alcanzar las “ofertas”; cuando la justicia no es ciega ni siquiera tuerta, decide en base a prebendas y mordidas y aparece en los periódicos forrada en un chaleco antibalas; cuando nuestros indígenas se mueren de hambre, de enfermedades curables y no conseguimos hacerlos partícipes del crecimiento y evolución financieros; cuando muchos de los conciudadanos responden disparatadas respuestas sobre las celebraciones del 3 de Noviembre, pero aciertan con precisión sobre la telenovela de moda o la letra sucia del último reguetón.

La lista de males de nuestra sociedad decadente puede alargarse mucho más y llevarnos a la depresión. A mí me hierve la sangre cuando me enfrento con estos hechos, pero no es a eso a lo que me invitó el Gaudete. ¿Cómo, pues, podemos estar alegres hoy?

Estaremos alegres cuando entendamos que la alegría de María fue decir sí, con confianza y fe ante lo desconocido, aun al pie de la cruz. Podremos regocijarnos en la alegría de José quien protegió a esa mujer bendecida por Dios y no aplicó la cruel ley a la que estaba obligado (Dt. 22, 20). Podemos alegrarnos como Isaías que no tuvo miedo de anunciar y denunciar la injusticia y la corrupción, porque no le debía a nadie; o vivir la alegría que Zaqueo encontró en su arrepentimiento, perdón y reparación de los daños causados; o descubrir la alegría de Lot que se mantuvo firme en su fe en medio de la podredumbre de Sodoma y Gomorra; o recuperar la esperanza alegre de los apóstoles cuando se encontraron con el resucitado.

La verdadera alegría se fundamenta en la llegada de un niño, el Dios con nosotros; en vendar los corazones rotos, sacar de su cautiverio a los presos por el imperio de las cosas efímeras, por la avaricia, la lujuria, los apegos. Debemos entender que los vestidos elegantes, los alimentos epicúreos, las casas fastuosas y el iPhone 6 no alegran. La alegría de la Navidad no es otra que el amor. Es tener un corazón nuevo, es la oración, la contrición y ese “yo no soy, si tú no eres”.

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