POLÍTICAS SOCIALES

Hacia un nuevo proyecto en salud: Mauro Zúñiga Araúz

Comparemos el proceso salud-enfermedad como las letras del abecedario en la cual la A es la salud y la Z, la muerte. A menos que se trate de una muerte violenta, las personas pasan por todas las letras antes de morir. Imaginemos que de la B a la H, ya empieza a alterarse la salud, pero no tenemos formas de detectarlo, porque son procesos que ocurren a niveles subcelulares. Después de la H ya la enfermedad se va manifestando con sus síntomas y signos. Lo que hacen los avances técnicos es tratar de determinar la enfermedad en su letra H, o sea, en su primera manifestación: algunos análisis de laboratorio, rayos X y otros estudios de gabinete. También sabemos hoy en día que el camino desde la letra A hacia la H se debe a las relaciones sociales: el nivel de estrés que tiene el individuo. La angustia por un trabajo inestable, el desempleo, el no tener qué comer, la inseguridad, las relaciones familiares, etc. Lo que debe tratar el Estado es de mantener a todos sus habitantes lo más cerca posible de la letra A, a través del desarrollo de políticas sociales que favorezcan a la población. No políticas paternalistas, sino sostenibles, con un respeto al ambiente. Eso se denomina desarrollo humano sostenible, que ha de ser el fin de todo Estado. Hablar solo de crecimiento económico es referirse al crecimiento de ciertos sectores, pero no de todos.

Ahora bien, una vez el paciente llega a la letra H, o sea, cuando ya está enfermo, continúa en su curso hacia la Z. ¿Qué debe hacer el Estado una vez que el paciente llega a la H? Brindarle la mejor atención posible para que no siga hacia las otras letras. ¿Cómo se logra? Reforzando la atención primaria. Esto quiere decir que toda persona, asegurada y no, tiene el derecho de tener un médico de cabecera, que conozca bien en qué letra del abecedario está, su entorno social, familiar y laboral. Para lograr eso se tiene que sectorizar el país en torno a policlínicas, centros de salud o Ulaps. Cada médico debe tener 2 mil 500 pacientes adscritos, según las normas de la OPS. En la medida en la que el médico llega a ese límite, ya no tiene que dar más citas, salvo las de control de una enfermedad crónica. El día que alguno de sus pacientes se sienta enfermo, acude a su médico sin necesidad de cita. Si tiene una urgencia fuera de las horas laborables del médico de cabecera puede ir a su misma policlínica, donde reposa el expediente, ya que en cada una habrá médicos de cupos abiertos, esto es para atender a los pacientes de otras policlínicas o de la misma fuera de horario. Si la urgencia es resuelta, el médico de cabecera conocerá al día siguiente de la misma, y de acuerdo al caso, lo visitará en su casa o lo llamará para darle una cita de control. Si acude al cuarto de urgencias de un hospital público y la enfermedad no amerita una hospitalización, pero sí una atención en su casa, se le notificará al médico de cabecera para que lo visite en su casa. El médico determinará si el paciente debe ser visto por el equipo de salud, más de una vez al día.

Como esta atención primaria no existe en la actualidad, los pacientes acuden al cuarto de urgencias, sitio dantesco en el complejo hospitalario. Están hacinados con la probabilidad de que se contagien infecciones serias. Pero con una atención primaria funcionando, al paciente se le atenderá enseguida y según criterio médico, se enviará a su casa o se le hospitalizará. En los hospitales deberán permanecer, única y exclusivamente, los pacientes que van a ser operados y los que requieren un monitoreo constante, por su estado de salud. Hoy en día, el 80% de los pacientes que están internados en ese hospital no deberían estarlo. Por eso el hacinamiento y la congestión.

Con una buena atención primaria, los pacientes se mantendrán lo más cerca posible de la letra H. ¿Pero qué ocurre? Que la enfermedad es un negocio muy lucrativo para la industria farmacéutica, para los fabricantes de equipos y para los que administran la CSS y el Minsa. Para estos últimos las coimas, las comisiones y los chanchullos están en la construcción de nuevos hospitales y en su mantenimiento: compra de equipos, de insumos médicos quirúrgicos, etc. Es decir, a ellos les conviene que los pacientes pasen por todas las letras del abecedario. Por eso están llamando a gritos a nuevos especialistas.

Los que administran la CSS y el Minsa se llenan la boca diciendo que van a construir ciudades hospitalarias y docenas de hospitales. Le están diciendo a la población que no harán nada para que la enfermedad se quede en la H, sino todo lo contrario, que quieren que avance hasta la W. Eso representa su negocio.

Si una persona se enferma y su enfermedad no necesita un monitoreo 24 horas, qué mejor lugar para su atención que su propio hogar, rodeado de su familia y una atención médica domiciliar continua. En los hospitales, después que se apagan las luces, reina la soledad y la depresión, esta última compañera de viaje de la muerte.

Los panameños debemos exigirle al Estado el desarrollo de esas políticas sociales, para que la población se mantenga en la letra A; pero si se llega a la H, entonces, impedir que progrese. No aceptemos la construcción de más hospitales. Juguemos a la promoción de la salud, la prevención de la enfermedad y una atención primaria de primera.

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