ALTO COSTO DE LA VIDA

La gota que puede desbordar la copa: Roberto Alfaro Estripeaut

A inicios de 2002, en calidad de embajador en la ciudad de Roma, me tocó la difícil experiencia del cambio de uso forzoso del euro en la República de Italia. Por más que, desde el año 1999, se había permitido el uso paralelo del euro en las transacciones comerciales, el ciudadano italiano continuó utilizando liras y, por lo tanto, los precios de los productos y servicios en los comercios y abarrotes se presentaban, usualmente, en esa moneda tradicional.

La lira se estableció de manera permanente en Roma desde 1861, durante el reinado de Víctor Manuel, pero anteriormente también se había usado por unas décadas durante la era napoleónica; o sea, que por siglo y medio representó un símbolo para los italianos.

Cuando llegué a Roma con mi familia, a finales de 1999, el cambio de la lira con referencia al dólar era aproximadamente de 2 mil por uno y, más o menos, se mantuvo igual hasta la entrada formal del euro, dos años después. Los italianos son muy parecidos a los panameños, nos gusta dejar las cosas para última hora y después nos quejamos cuando nos amonestan. Así, pues, cuando el Gobierno anunció que tenían un mes para convertir sus billetes al euro, las quejas se hicieron sentir.

Concluido el plazo, los parroquianos (as) se quejaban, con vehemencia, en todos los comercios, insistían en pagar con liras de todas maneras y no aceptaban la nueva moneda. Era común presenciar trifulcas acaloradas por todas partes. Lo que más me impresionó fue la manera cómo los comerciantes calcularon a su favor los cambios de precios para reemplazar la vieja moneda; una fruta que costaba mil 500 liras quedó en un euro, el café expreso de 2 mil 800 liras quedó en dos euros, la entrada al cinema de 5 mil liras quedó en tres euros.

Todos los ajustes se fueron redondeando hacia el alza, en algunos casos sobrepasando un 25%, lo que terminó en un importante incremento del costo de la vida y una inflación extraordinaria ese año.

Se han anunciado, en nuestro país para el próximo año, cambios forzosos en las medidas y pesos de productos esenciales a los que los panameños hemos estado acostumbrados por más de un siglo, y me temo que habrá, al igual que en Italia, muchas quejas y trifulcas, especialmente con la ecuación precio-peso de los productos de primera necesidad.

Si las autoridades permiten que los ajustes en las fracciones sean calculados a discreción de los productores o comerciantes, me temo que habrá un alza aún mayor en la canasta básica y, por ende, en el costo de la vida en general. Mi humilde consejo es que se tomen parte de los fondos destinados a la actual campaña que se realiza a favor del Gobierno y se lance, cuanto antes, otra dirigida a explicar las fórmulas sobre cómo calcular las nuevas tarifas y, paralelamente, en forma masiva proveer al consumidor de tablas de conversión impresas con sus equivalentes de libras a kilos y de galones a litros. Soy enemigo del control de precios, pero recomiendo que, al menos, durante unos seis meses después de implantada la medida, la Autoridad de Protección del Consumidor y Defensa de la Competencia efectúe controles diarios para que los canjes se hagan correctamente, según el último precio marcado, y que mantengan informado al consumidor.

Las últimas encuestas, sin excepción, indican por amplio margen que el problema número uno del panameño es el alto costo de la vida. Las recientes manifestaciones en las ciudades de Panamá y Colón estuvieron a punto de romper el orden constitucional. No permitamos, bajo ninguna circunstancia, que esta sea la gota que desborde la copa.

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