EL MALCONTENTO

De niño quiero ser ´gayscout´: Paco Gómez Nadal

Cuando era niño solía pasar parte de las vacaciones escolares en campamentos públicos. Uno de los momentos más interesantes era el del encontronazo con los boy scouts. Uniformados, divinos ellos (y ellas), siempre dispuestos a cumplir órdenes, una especie de inspectores Gadget de la montaña, capaces de encender un fuego en las circunstancias más inverosímiles, profesionales de la acampada y la gestión de la masculinidad (lo de la feminidad no lo llevaban tan bien). Nosotros en cambio respirábamos ese espíritu irrepetible de un país que sale de la dictadura política, religiosa y moral: se trataba de campamentos mixtos, con un amplio margen de libertad, con asambleas para consensuar las normas de convivencia, con lecturas reveladoras, con acercamientos inquietantes a la naturaleza y un cuestionamiento permanente de lo que creíamos ser cada uno para llegar a lo que realmente éramos.

Nunca agradeceré suficientemente aquellos tiempos. Probablemente los scouts tampoco. Desde entonces he mantenido una relación de amor-odio con los scouts. El amor proviene de que, al menos, creía que promovían el sentimiento de pertenencia, de grupo, el respeto por la naturaleza y la recogida de la porquería que el resto de los mortales botamos. El odio, que tiene fuerte relación con el punto “militaroide” de la organización, se acrecentó cuando Bosco Vallarino prometió convertir a las y los habitantes de la ciudad de Panamá en una tropa con pañoleta al cuello en pro de los “valores”.

Y es que cuando alguien saca el discurso de los valores yo me echo a temblar. Los valores son uno de los elementos gaseosos más volátiles conocidos por los expertos en química. Cambian con la historia, con las revoluciones sociales, con el peso de las iglesias, con las modas televisivas... Los Rotarios aprendieron eso cuando la justicia los obligó a no discriminar a las mujeres. Los Scouts de Estados Unidos se han hecho fuertes en su “neandertalismo”, porque en el año 2000 el Supremo revocó una sentencia del Tribunal Supremo de New Jersey que daba la razón a James Dale (un Scout ejemplar expulsado por defender los derechos de los homosexuales).

Los Scout de Panamá tenían la oportunidad de elegir entre ser neandertales o comportarse como homo sapiens. En la primera categoría se están quedando solos los Boy Scouts of America, que ahora se sentirán contentos con la patética compañía panameña. Las Girls Scout of America aceptan lesbianas en su tropa, y en 2001, la Décima Conferencia Europea de Scouts y Guías aprobó una moción en contra de la discriminación por orientación sexual. Las asociaciones Scout de Reino Unido, Australia, Japón, Suecia, Noruega, Bélgica, Tailandia o Canadá han apoyado abiertamente el ingreso de homosexuales en sus filas. Los Scout de Argentina han insistido en repetidas ocasiones que los buenos valores, la limpieza o la honestidad son tan heterosexuales como homosexuales, y los Scout de España han diseñado un juego de ordenador para luchar contra la homofobia con el nombre de “Libérate”.

He tratado de abordar el tema con calma, para no ser hiriente con la dirección de los Scouts de Panamá, que presume de tener a antiguos miembros de su organización en puestos de alta responsabilidad política (los mismos que todos los días muestran el rostro de la corrupción, clientelismo y baja calaña moral). He tratado de no poner demasiados calificativos a una decisión tan intolerable como inhumana.

Pero la reflexión va un poco más allá. La homofobia está instalada en una buena parte de la sociedad panameña, al igual que el machismo y la sobrevaloración de la cultura patriarcal. Quizá no hay que darle tan duro a los Scouts: son el reflejo de una sociedad que aún excluye a una buena parte de su población. Los ministros del Gobierno son homófobos (por mucho que a Ferrufino le parezca cool salir en la marcha del orgullo gay), la mayoría de la justicia también. Ni qué decir de policías o autoridades locales. También son machistas.

Los Scouts de Panamá –a quien no confiaría un hijo, sobrino, hija o sobrina ni en estado de drogadicción o enajenación– solo han dicho con todas las palabras las burradas que muchos piensan. La lucha de la comunidad de gais, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexo en Panamá es larga, como lo es en buena parte del mundo. Son una amenaza para los miedos más profundos instalados por las religiones (católica, evangélica, islámica, judía...) en el subconsciente sexual de las personas. Víctor Winter debería mirarse al espejo y recordar cuando los “valores” de la mayoría lo convertían en un ciudadano de segunda. Es cierto que Winter no es más que una víctima del sistema, que siempre le permite excluir a otros y reconvertirse en victimario. Eso no lo exculpa, pero sí lo hace un ser ínfimo.

Mientras él se da cuenta y el resto conseguimos cambiar este mundo de miedos y odios, yo sueño con una segunda infancia para poder ser un “gayscout” militante, con una pañoleta al cuello y con mi masculinidad tan pulida como mis valores.

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