EL MALCONTENTO

El ´rechinchal´ de la seguridad: Paco Gómez Nadal

La seguridad se ha convertido en un commodity del chantaje político a la ciudadanía. Por la seguridad se logra vencer la resistencia de los pueblos a la pérdida de libertad, pero el truco de los poderes es doble: “venden” seguridad en los discursos mientras generan el caos en la realidad. ¿Por qué? Porque una sociedad que vive en la violenta es manipulable, maleable gracias al miedo, y porque, además, es un estupendo negocio.

Hagamos memoria: El 23 de mayo de 2010 se convoca en la cinta costera una Marcha por la Paz y la Seguridad. No la organizaban las principales víctimas de la violencia, encaramadas en las barriadas más difíciles de la ciudad y de su anillo de expulsados. Eran empresarios y clase media los que clamaban por un ambiente más pacífico. Allí se presentó el ya presidente, Ricardo Martinelli, en pantalón corto y dijo: “acabaré con la violencia en tres años. (...) Si tengo que poner visa a todo el mundo lo voy a hacer; si tengo que hacer más cárceles, lo voy a hacer; vamos a ser más enérgicos, a implementar el sistema acusatorio... Denme tres años y les prometo que resuelvo este problema”.

Desde que el Presidente hizo esta absurda promesa han pasado dos años, seis meses y 19 días. Casi una condena, porque el tiempo sigue corriendo y sus palabras, una vez más, serán tragadas por su ineficacia y la de los suyos. Pero... ¿Es ineficacia?

Hace unas horas hablé desde España con un preso de La Joyita, calificado como de alto riesgo. Ocupa un espacio en uno de los pabellones más peligrosos de ese penal infecto, sobrepasado en población y germen de todas las violaciones de los derechos humanos conocidos. Unas horas antes, cerca de él, habían asesinado de 17 disparos a otro reo apresado por secuestrar a un familiar de un capo panameño (que también los hay). “Yo cargo mi pistola. Los cuchillos aquí no sirven ni para pelar cebolla”, me explicaba este conocido personaje en el submundo que crece en Panamá a bastante más velocidad que el PIB. También lo hace la violencia en las cárceles: “En los últimos dos años esto ha cambiado mucho. Ahora todos vamos armados, pistolas, mini UCI, UCIs, R-15... Aquí hay un ´rechinchal´...”. Este hombre, con cinco temporadas ya en la cárcel y varias muertes a sus espaldas, cree que “el Estado está dejando que se maten los presos entre ellos”. Custodios y policías, me cuenta él y otro de sus compañeros de presidio “son los más corruptos, ellos no controlan nada aquí dentro”.

Lo cierto es que la conversación me muestra un salto cualitativo. Las cárceles panameñas han sido históricamente duras, un lugar donde el estado de derecho y el sentido de la humanidad salieron hace mucho. Muestran a una sociedad que mira a otro lado y que de tanto negar la evidencia un día se puede enfrentar a una situación similar a la que sufren El Salvador, Honduras o Guatemala. No se diferencian las cárceles panameñas ya de las terribles venezolanas.

En La Joyita, me cuentan varias fuentes, no hay mes sin dos o tres muertos; ni semana con una decena de heridos. Igual pasa en La Joya. El país mira tan de lado que condena las denominadas como noticias de “sucesos” a los periódicos especializados en crónica roja sin entender, tristemente, que se trata de una situación de seguridad pública de extrema gravedad y fragilidad.

El Gobierno no ha solucionado en este tiempo nada. Lo ha empeorado. Los corredores de la droga siguen abiertos de par en par y las armas ligeras se han multiplicado en el país. La población carcelaria aumenta y la construcción de nuevos centros (aparte de ser un jugoso negocio) no soluciona el problema de seguridad. En todo caso, aminorará el de hacinamiento.

En todo caso, la inversión de recursos y de tiempo del Gobierno ha estado centrada en la compra de equipos militares. Equipos que parecen no ser útiles ante inundaciones ni otros desastres naturales. Tampoco para trancar una frontera tan permeable a la droga como amable con los fondos destinados a la gran lavadora financiera. Entonces... ¿Para qué tantas bases, armas y hombres? Saquen ustedes sus conclusiones.

Mi fuente seguirá defendiéndose él mismo dentro de La Joyita, porque nadie más lo va a hacer por él. Su voz, como la de otros personajes de este submundo complejo y tan real como el que nosotros vemos alrededor, podrá escucharse en breve. Sus rostros, sus formas de vida, sus formas de muerte, también. Yo ya le he echado un ojo en el nuevo documental del panameño Héctor Herrera (¿recuerdan One dollar?) y tengo que confesar que haber entrado brevemente a ese universo y poder hablar con algunos de sus protagonistas es un baño de realidad que da miedo y que debería hacernos prender las señales de alarma.

Estimado Presidente: le quedan 5 meses y 11 días para cumplir su promesa. Es cierto que está acostumbrado a no cumplir su palabra política pero, esta vez, por el bien del país, nos conviene que refresque la memoria y se ponga a trabajar.

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