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EL MALCONTENTO

La reconversión democrática: Paco Gómez Nadal

Panamá debería tener una agenda clara como país. Ahora que se acerca el 25 aniversario de la invasión estadounidense y del estreno de una democracia cuartelaria tan débil como la diseñaron los colonos del norte, toca cimentar la Panamá del futuro, más robusta, más equitativa, más decente.

En realidad este es el debate que afrontan la mayoría de los Estados nación occidentales: regenerarse o agonizar, cambiar profundamente o sostenerse al borde del abismo sin puentes viables para salvar la caída. Pero en el caso de Panamá es imperativo abordar el cambio. El país, rodeado de estados fallidos, permeados por el crimen organizado y carcomidos por la violencia sistémica, todavía puede evitar que sus estructuras sean necrosadas por los dueños del polvo blanco o por los mafiosos de guante blanco. El tiempo apremia y el ruido para evitar que se piense en el mediano plazo es infernal.

La democracia, aprendía en estos días, no requiere de un cambio estructural. Es decir, no es más que un sistema de gestión de lo ya existente. Sin embargo, si se apuesta por una gestión más horizontal, más justa y menos excluyente hay que recurrir a la imaginación para poner en marcha nuevas tecnologías políticas que así lo favorezcan. La torticera dicotomía clásica de las repúblicas criollas latinoamericanas entre civilización o barbarie se podría releer ahora retomando la idea de R.H. Moreno Durán: de la barbarie a la imaginación. Imaginación pues para limpiar la vida política (aplicación de la justicia), pero también para establecer nuevos mecanismos de gestión democrática que cambien las prácticas clientelares y la mitomanía política de una vez por todas.

En esa línea de cambios, es imprescindible que la Asamblea Nacional deje de ser una caja de grillos que luchan por sus privilegios y bloquean cualquier intento de regeneración democrática. No hay que permitir que el ruido de personajes funestos como el excapo Ricardo Martinelli que, desde el cinismo paroxista, reclama decencia a unos diputados propios que captó primero con la compra mercantilista de sus voluntades. Hay, más bien, que cambiar las reglas del juego para que la próxima Asamblea esté libre de las enfermedades endémicas que corroen el máximo órgano de representación política del país. Se trataría de imaginar un gobierno líder que logre reformas verdaderas que fomenten la fiscalización y la democratización del ejercicio parlamentario. Y para ello deberá dar ejemplo. ¿Cómo?

Un primer camino sería el de la información y la consulta como prácticas cotidianas. Panamá ha visto como sus gobernantes decidían o avalaban megaproyectos que endeudaban al país y comprometían su futuro sin ofrecer a la ciudadanía información clara y completa y, por supuesto, sin permitir consultas serias sobre los mismos. La consulta previa, libre e informada se relaciona, tradicionalmente, con los territorios originarios o campesinos, pero afecta de igual manera a los territorios urbanos. La gentrificación, la mercantilización del espacio público, las afectaciones al paisaje y a la salud, el desmadre urbanístico... son fenómenos que Panamá sufre sin que los ciudadanos puedan opinar o, siquiera, informarse convenientemente. Implantar un sistema regulado y rápido de consultas vinculantes sería un primer paso para transferir el poder casi omnímodo de los representantes políticos a una ciudadanía corresponsable de lo que acontece en el lugar en el que habita.

Un segundo paso clave sería el de la rendición de cuentas. La ciudadanía tiene derecho a saber qué hacen sus políticos y a pronunciarse al respecto (incluso, con la revocatoria de mandato). Panamá puede mirar a ejemplos ya practicados en otros países y que ayudarían a establecer una política pública al respecto. Un tercer cambio fundamental apuntaría a la separación radical entre lo público y lo privado. El discurso contrario, el de las alianzas público-privadas, solo ha permitido que los intereses particulares se tomen al asalto los espacios de decisión públicos y que el país vuelva a una lógica de gamonal.

Martinelli y sus secuaces no habrían podido hacer y deshacer a su antojo si las tecnologías políticas establecidas por ley hubieran sido más claras, si el sistema no fuera tan presidencialista y si los diputados no pudieran contrabandear los votos como si de sustancias de tráfico ilícito se tratara.

Es fácil apuntar con el dedo a los corruptos olvidando a los corruptores. De hecho, el problema de Panamá es que su tamaño hace que unos y otros coman en las mismas y elegantes mesas. Es más difícil abordar los cambios profundos que sienten las bases de un sistema más digno y democrático.

Aparentemente, no se logra tanta popularidad ni tantos votos promoviendo los cambios democráticos que requiere el país. Yo creo, sin embargo, que bien explicados los cambios, el político o los políticos que se atrevan a liderar esta reconversión democrática del país quedarán en los libros de historia como los verdaderos próceres de los que Panamá, a veces, parece estar tan huérfana.

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