INJUSTICIA Y EMPOBRECIMIENTO

Mi abuelita y la redención nacional: Carlos M. Herrera Morán

Mi abuelita, allá en el hermoso pueblo de Churuquita Chiquita, debajo del palo de aguacate, me repetía el refrán “mal de muchos, consuelo de tontos”, para darme a entender que no debemos asumir una actitud sumisa e indiferente frente a los problemas que afectan a muchas personas, pues nadie está exento de pasar por situaciones idénticas o quizás peores en ciertos momentos de la vida, en donde la solidaridad humana resulta de gran ayuda y brinda mucha esperanza.

El hecho de que las grandes mayorías del pueblo panameño atraviesen por momentos muy difíciles y angustiosos, ante la falta de soluciones a sus problemas más vitales (comida, agua para beber y bañarse, salud, trabajo, educación, seguridad social, justicia para acabar con la impunidad, etc.), no debe considerarse como un consuelo para aquellos que no sufren estas penurias, pues las mismas son consecuencia directa de una serie de problemas que afectan la institucionalidad del Estado y que llevan aparejado un progresivo empobrecimiento, el que –evidentemente– se está ampliando y profundizando, con consecuencias impredecibles que pueden alterar nuestras vidas.

Un ejemplo de cómo nos afecta el mencionado fenómeno del empobrecimiento que sufre el país se puede observar –claramente– en el caso de la denominada “clase media”, a la que prefiero denominar “clase profesional”, es decir, aquella que es producto de sus esfuerzos y sacrificios académicos, misma que años atrás llegó a ocupar en el país un nivel socioeconómico muy importante; pero que hoy viene sufriendo un galopante proceso de degradación, hasta el punto de que muchas personas que tenían tal posición han pasado a engrosar la inmensa y creciente “clase pobre” o, en el mejor de los casos, son colindantes inmediatos o en proceso de traslape hacia la pobreza.

Ante esa inquietante realidad, la interrogante que se impone es la siguiente: ¿Por qué razón hemos llegado a esta situación tan deplorable y negativa, habida cuenta que la República de Panamá nació y algunos la siguen considerando como una “tacita de oro”, en donde –supuestamente– todos los panameños somos felices? La respuesta es sencilla: porque por muchísimos años, delincuentes de cuello blanco y oligarcas disfrazados de políticos patriotas, han llegado a controlar el timón de la nave del Estado, entronizando la corrupción en todas sus instituciones públicas, llámese órganos Ejecutivo, Legislativo, Judicial.

Cualquier persona que crea que los panameños estamos reídos de oreja a oreja, le sugiero que aborde cualquier medio de transporte público para que se percate de la preocupación, angustia y desesperación que se refleja en los macilentos rostros de la mayoría de los pasajeros, lo que pone en “tela de duda” la encuesta de unos meses atrás que concluyó que “los panameños somos los más felices del mundo”.

De allí que, en lo que respecta a mi condición de abogado litigante y directivo del Colegio Nacional de Abogados, comparto totalmente la moraleja que se infiere del refrán que me enseñó mi abuelita, porque conozco la negativa realidad que viven muchos colegas, cuyos ingresos económicos dependen de jueces, magistrados y funcionarios judiciales honestos y abnegados, muchos de los cuales –lamentablemente– no lo son, brindando un pésimo servicio a los usuarios del sistema judicial y a los abogados litigantes, en muchos casos, por razones injustificables, inconfesables o vilipendiables, como las siguientes: “ventas de fallos”, “mora judicial”, “pases de facturas”, “engavetamientos de expedientes”, “listas negras” y otras acciones reprochables, que han sembrado en la población panameña una enorme sed de justicia y, además, un “cerco de hambre” para muchos abogados litigantes. En nuestros días, las sociedades no se dividen en clases sociales, sino entre los indignos y los indignados. Es mucha la podredumbre que existe en nuestro país para arrojar al fondo del mar en el camino de la redención nacional.

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