FALTA DE VISIÓN

De regreso al Casco Antiguo: Marcelo Antinori

Regresé a Panamá para el lanzamiento de El Último Vuelo del Cóndor, una novela que escribí, inspirado en el Casco Antiguo y en las personas que allí viven. Después de estar seis meses fuera del país, fue una buena oportunidad para volver al Casco y platicar con mis personajes acerca de todo lo que pasa por allá.

A la primera que encontré fue a Grená, la que vende los billetes de lotería y que, al verme, comentó las obras que se hacen en el barrio. “Hace tiempo que las calles pedían por estos nuevos adoquines, pero por lo que me cuentan...” –y con Grená siempre hay algo más que le contaron– “ellos aun no decidieron si quieren hacer del Casco Antiguo un barrio donde la gente pueda caminar por las calles o si quieren llenarlo de oficinas públicas, trabajando para la presidencia”. Un comentario que provocó una reacción inmediata de Frida la trotska, la eterna revolucionaria, quien reclamó con rabia porque los funcionarios del Gobierno “parquean sus autos por las aceras y tiran su basura, como si las calles fueran suyas”.

El coronel Viera, un militar jubilado y orgulloso defensor de las instituciones, que también escuchaba la conversación, retrucó con orgullo patrio, “no reclames Frida, estas obras de ingeniería son hoy reconocidas en todo el mundo” y a sottovoce añadió, “verdad que más por el precio que por la calidad, pero qué importa” y concluyó ya en voz alta, “otra vez estamos en relieve en el mapa del mundo”. Otro de los que pasaban por allí se arriesgó a mencionar a la Oficina del Casco Antiguo, lo que llevó a Dioclecio Bergantín, el expresidente caribeño, que duerme entre los gatos de la Catedral, a rápidamente pontificar: “uno de los mayores ejemplos de inutilidad absoluta que conocí en toda mi vida pública”.

Al escucharlos percibí que si es grande la alegría por las nuevas obras, aún mayor es la preocupación con los rumores del viaducto y digo rumores, pues nadie allí parece saber muy bien lo que van hacer. Por lo que dicen, el viaducto va separar el Casco Antiguo del mar que siempre lo cercó, pero aclaraba el coronel Viera: “¡será algo así tan bello, como el corredor sur cuando lo miras desde Panamá Viejo!”.

Fue cuando Dioclecio explotó, utilizando aquellas frases pomposas que siempre caracterizaban la argumentación del ex presidente. “¡Qué falta de visión de esos políticos! No son capaces de percatarse de que todos los días, cuando la marea baje, esos pilares grises pisoteando al mar recordarán permanentemente la mediocridad de los que los construyeron”.

Bebéi, el archivista de la Embajada de Francia, que en su ingenuidad en todo creía, se apuró a aclarar: “No se preocupe, don Dioclecio, ya comenté sus preocupaciones con el diputado y él me aseguró que, como ahora tienen la mayoría en la Asamblea, van pasar una ley reglamentando las mareas y acabando para siempre con las mareas bajas frente al Casco Antiguo”.

Nullo Rompido, el que fue banquero y hoy es el decano de los pelagatos, apenas sonría; él sabe muy bien que los reclamos de las calles son impotentes frente a la codicia de los políticos, pero a su lado Robespierre se mantenía preocupado, antes de ser un borracho él fue profesor de la universidad y trae malos recuerdos de los políticos que piensan tener el derecho de decidir en nombre del pueblo.

Quien sorprendió a todos, frente a los peldaños de La Merced, fue Henry Moriarty. El viejo hippie casi nunca decía nada, pero esa mañana abandonó su parálisis catatónica para comentar, verdad que sin moverse de donde estaba sentado, “Si ellos no son capaces de prohibir la destrucción de los manglares y vetan el desarrollo de la cultura, ¿cómo creen ustedes que van defender la belleza del Casco Antiguo?

Después de escuchar todos los comentarios, decidí ir al Café de Ilona: “¡Qué ironía!”, comentaba ella, “tenían recursos para contratar a los mejores arquitectos del mundo y toman decisiones con base en bocetos de contratistas”. Y añadió con tristeza. “Construyen esos altos edificios por todos los lados y los fines de semana salen desesperados de la ciudad, agobiados por la falta de espacio donde disfrutar con sus familias”.

En la tarde, pasé por el caserón olvidado donde aquella vieja pasa el día inventando historias mágicas que tira por la ventana tan pronto llega el secreto de la noche, pero ella no estaba. Me contaron que con todos los autos parqueados, las obras en las calles y la sombra del viaducto, anda muy enfadada y fue visitar a la hermana que vive en Santa Clara.

Les confieso que me quedé preocupado y antes de que alguien me acuse de estar defendiendo intereses propios, les recuerdo que lo único que guardo del Casco es el agradecimiento, pues fue allí que nacieron mis personajes.

Antes de partir pasé para despedirme del mar allí, en la terraza por detrás del Teatro Nacional, y para mi sorpresa encontré a la Pajerita, parada sobre el banco donde duerme todas las noches, aplaudiendo el horizonte. Pensé un poco y creo que entendí su aplauso. La Pajerita en su eterna locura sabe muy bien que son los políticos y no los poetas los que toman las grandes decisiones y que de los políticos no se puede esperar mucho “¡pues ellos son apenas lo que son!”.

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