PROBLEMA HISTÓRICO

El relajo como contrato social: Eduardo Espino

El problema de la identidad nacional en nuestro país está lleno de mitos y leyendas creadas por grupos políticos y familiares que, desde los inicios de la república, han tratado con buenas y malas intenciones, según el caso, de promover un “ser panameño” o “la panameñidad”. La mayoría no pasan de románticas idealizaciones de personajes o grupos sociales. Los datos históricos, no obstante, son contundentes como para evitar debatirlos correctamente o tergiversar la trayectoria como nación.

Siguiendo a Samuel Ramos, pensador mexicano, la cultura de la panameñidad define nuestra identidad como acomplejada, y se destaca un complejo de inferioridad vestido de nacionalismo defensivo. Eso tiene su origen en la calidad de pueblo conquistado y sojuzgado y por la pobre consolidación e integración social y democrática en la fundación de la república.

Este es un fenómeno que no es privativo de Panamá, sino de casi toda Latinoamérica.

Una mirada rápida a la realidad cotidiana del “panameño real” y del entorno político que ha primado, con altas y bajas, en nuestra historia destaca como una constante la improvisación y las soluciones mágicas para distribuir la riqueza con recursos estatales. Además, el conservar clientelas políticas para mantenerse en el poder y, a pesar de todo, la pobreza y la calidad de vida se menoscaban en este país.

Queremos mirar solo al aspecto macroeconómico y de megainfraestructuras sin considerar el sostén real de todo el andamiaje del Estado y la empresa, cual es el recurso humano. Ese recurso humano en la idiosincrasia que predomina en nuestro país tiene como punto de referencia el relajo: no tomar en serio las tareas del día a día, improvisar y pensar en que otro haga lo que hay que hacer.

Somos accidentales, vacíos, sin rumbo, pensando en la “religión del Carnaval” y la idolatría de la tecnología. La ineficiencia campea en cada rincón del país; sobre todo en los niveles medios y bajos de la estructura económica e institucional: no hay buenos mecánicos, choferes, secretarias, niñeras y un larguísimo etcétera.

En nuestro espacio territorial no hay ley, orden, coherencia, cohesión ni sentido de la lógica en la vida comunitaria de las masas. Todo es ruido, jugarle vivo al vecino, pasar la responsabilidad y criticar, de manera malsana, si hay un error.

Nos convertimos en seres del relajo, nos reímos de los otros, les negamos el valor, así el ninguneo es un arte en Panamá. Los defectos y esfuerzos ajenos son materia de burla por la necesidad de reírnos, porque nos sentimos nada. Hablar, comer y reír es lo que predomina, sobre todo, en el ámbito del sector público. Esa “zona de irresponsabilidad e impunidad” que se ha creado por leyes y decretos paternalistas y mal interpretados.

Una afirmación que describe nuestro sentido de identidad es que “ lo único que el panameño toma en serio son los carnavales”.

La prontitud y el empeño de parte de gran parte de la ciudadanía y de las autoridades para que no ocurra nada que perturbe esos cinco días de ocio ejemplifica el valor del relajo en nuestra convivencia y escala de prioridades y valores.

Estar debajo de un carro cisterna recibiendo chorros de agua potable, durante horas, es una expresión de lo qué queremos ser como nación; no se trata de santurronerías ni de eliminar las festividades de Carnaval. Hasta para disfrutar esos días se requiere un sentido positivo de identidad. Eso se concretaría construyendo espacios bien organizados para el desarrollo de las actividades y realzando tradiciones culturales además del consabido jolgorio.

Los golpes de pecho patrioteros de los 9 de enero y 3 de noviembre, y la euforia vacía de la “Marea Roja” no resuelven la situación precaria de muchos compatriotas.

Es un problema histórico que requiere visión a largo plazo y de responsabilidades compartidas. El problema de nuestro país no es de un gobernante, es de orden educativo-formativo y cultural.

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