DE CREENCIAS, POLÍTICA Y SUPERSTICIONES

Es la religión, ¡estúpido!: Xavier Sáez-Llorens

Una encuesta reciente de Cid Gallup para El Siglo revela que el 97% de los panameños tiene fe en Dios y el 86% cree en la existencia del infierno. Como paralelismo conceptual, hubiera sido interesante cuestionar también la creencia en fantasmas, horóscopos, pirámides cabalísticas, conjuros diabólicos, exorcismos o en la Tulivieja.

Después de África, América Latina es la región más supersticiosa del planeta. Superstición es la convicción de que un determinado fenómeno, carente de explicación científica contundente, responde a fuerzas místicas o mágicas. Por regla general, a mayor educación menor religiosidad. Europa es la zona más secularizada del mundo, no en vano allí se iniciaron las corrientes del Humanismo y la Ilustración. Esa comunidad tiende a ser más homogénea en cultura, tecnología y ciencia que el resto de sociedades. Aunque la creciente inmigración islámica amenaza el laicismo europeo, ya se implementan estrategias jurídicas para enfrentar sus hábitos espirituales públicos.

Los censos indican que Estados Unidos se ubica segundo en estadísticas laicas. Si bien el evangelismo exhibe fortaleza en la derecha blanca o en los descendientes negros del país y el catolicismo se hace protagónico entre las familias hispanas o irlandesas, resulta notorio el incremento lineal del agnosticismo y ateísmo, particularmente en el nivel académico superior. Cuanto más se sabe, menos se cree. Los poderosos saben sacar provecho a la credulidad de la gente. De hecho, Marx acuñó la frase “die Religion sie ist das opium des volkes” para señalar que la religión era el opio de los pueblos, el suspiro de la criatura oprimida.

Mientras Clinton utilizó el lema “es la economía, estúpido” para derrotar al vaquero tejano en las elecciones de 1992, los aspirantes actuales parecen haber reemplazado ese pregón por “es la religión, estúpido”. El discurso beato forma parte del lenguaje republicano cotidiano. Santorum, antes de claudicar, arengaba ser católico, con sospechosa cercanía a la pandilla de Escrivá. Romney, el triunfador, fue obispo mormón, término abreviado para el fatigoso “Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”.

Aunque la Constitución estadounidense endosa la ausencia de una religión oficial (“muro de separación” entre Iglesia y Estado, ideado por Jefferson), tal parece que el dogma será la clave para intentar vencer a Obama, un “protestante light” de padre musulmán. La contienda nos remite a épocas antiguas cuando había contubernio político-religioso para mantener a la masa apacible. Una simbiosis conveniente para conquistar privilegios mutuos.

La gigantesca empresa Vaticano Inc. es consciente de que en el territorio latinoamericano, su principal cliente, las huestes católicas están perdiendo vigencia frente a las múltiples denominaciones reformistas. La visita de Ratzinger a México y Cuba tuvo, por tanto, claros motivos proselitistas. La tendencia en la huida de fieles obedece a dos razones fundamentales. Por un lado, todos los escándalos de pederastia y encubrimiento pontificio. Por el otro, la proliferación de sectas cristianas a la carta, provistas de símbolos y protocolos propios, más cercanas a los vericuetos emocionales del individuo frágil e inseguro, pero con la vista puesta en el lucrativo mercado de la fe.

Son “neoespiritualismos” adaptados a las peculiaridades sociales del usuario. Algunas variantes captan más a la clase humilde, valiéndose de la parábola de la aguja y el camello o del sacrificio terrenal como preludio al paraíso sublime. Otras, como los movimientos pentecostales, practican la teología de la prosperidad, culpando a los pobres de su precaria situación y considerando la riqueza una bendición etérea. El ser humano teme a la extinción y vive esperanzado que su vida prosiga en el más allá, decantándose por la senda espiritual más convincente que le ofrezca inmortalidad mediante creativas liturgias de culto. Ante esas formidables promesas, el monto del diezmo resulta insignificante.

El problema de fondo es que el exceso de religión perturba la psiquis. Bush aseguró que la invasión a Irak fue un mandato que Dios le transmitió en conversación privada. Lastimosamente, miles de civiles y jóvenes militares perecieron en combate porque el omnisciente confidente no le precisó el momento para retirarse. Chávez, ahora que tiene sus días contados, llora en televisión para pedir clemencia celestial. Seguramente pensará que haber reducido la pobreza, aunque sea a expensas de expropiar posesiones, coartar libertades y provocar el exilio de miles de compatriotas, le garantiza misericordia divina.

Los políticos panameños también sucumben a estas artimañas metafísicas para sumar adherentes. El presidente, cuando candidato, fingió convulsiones (síntoma de histeria colectiva) al recibir el “ungido aceitoso” del pastor Hosanna. Varela y otros seguidores del Opus Dei visitaron la tumba de JP2 y “negocian” la traída de B-16 a suelo patrio. El Gobierno transa con la cúpula clerical para resolver conflictos sociales y, a través de nuestros impuestos, le regala terrenos y millones a la Nunciatura.

Todos, oficialistas y opositores, durante la Semana Santa proclamaron ternura religiosa ante cámaras y redes sociales, pese a que muchos de ellos han amasado fortunas robando con “apego a la ley”. Hipocresía a la quinta potencia. Decía Schopenhauer que “la religión, como las luciérnagas, necesita la oscuridad para brillar”. Los políticos necesitan la religión para engañar, agrego yo.

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