CONMEMORACIÓN DEL HOLOCAUSTO

Nunca más, que no se repita: Nadhji Arjona

Los nazis llegaron al poder en Alemania en enero de 1933. Sostenían que los alemanes eran una “raza superior” y que los judíos, y otros pueblos, considerados “inferiores”, eran una amenaza extranjera para la llamada comunidad racial alemana. Con el ascenso de Hitler al poder, las autoridades alemanas persiguieron a los discapacitados y homosexuales, a algunos pueblos eslavos, entre estos los rusos y polacos, y con ferocidad a los gitanos y judíos. Ideologías y religiones no escaparon de su animadversión dirigida contra los comunistas, socialistas, sindicalistas, los Testigos de Jehová y los católicos. Un cuarto de millón de pacientes discapacitados física o mentalmente, en su mayoría alemanes, fue asesinado en el Programa de Eutanasia practicado dentro de las instituciones que los albergaban (http://www.ushmm.org/wlc/es/article.php?ModuleId=10007017 ).

Tan pronto eliminaron en su mayoría a los grupos minoritarios, la población judía de Europa, que ascendía a más de nueve millones, fue sometida a la “solución final”. Los judíos vivían en los principales países europeos que la Alemania nazi ocupó y logró dominar durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Los oponentes políticos e ideológicos, reales o supuestos, fueron las primeras víctimas de los campos de concentración establecidos por el gobierno nacionalsocialista alemán. Poco a poco y cada vez en mayor número, los prisioneros fueron judíos, gitanos y otras víctimas del odio étnico y racial. Crearon los guetos en distintas ciudades para concentrar y controlar a la población judía; desde allí sería más fácil la deportación hacia los campos de trabajo forzado y sitios de exterminio que funcionaron con creciente intensidad durante los años de la guerra. Los campos de trabajo forzado fueron establecidos en diversos países de Europa ocupados por los alemanes, para hombres y mujeres no judíos, a quienes explotaban en el campo laboral.

En junio de 1941, Alemania invadió la Unión Soviética; equipos especializados iban detrás de las fuerzas del ejército, ejecutando a su paso la masacre de judíos, gitanos y oficiales del partido comunista y del Estado soviético. Las SS y la Wehrmacht asesinaron a más de un millón de hombres, mujeres y niños judíos, junto a miles de otros habitantes soviéticos. De ahí en adelante, Alemania intensificó la deportación de millones de judíos desde los territorios ocupados y los países que fungieron como aliados del régimen nazi, hacia los campos de exterminio. Las cámaras de gas diseñadas para este fin cumplieron su cometido.

En 1944, durante los últimos meses de la guerra, los prisioneros eran enviados en tren o en “marchas de la muerte” para evitar que los Aliados los liberaran. Algunas de estas marchas fueron presenciadas por las fuerzas aliadas, que lograron detenerlas y frenar el exterminio y la “solución final”, el 27 de enero de 1945. Cuatro meses más tarde, el 7 de mayo, Alemania nazi aceptó rendirse incondicionalmente a los Aliados.

Esta es la historia plenamente documentada con fotografías que hizo tomar el general Dwight D. Eisenhower, que comandaba las fuerzas de liberación, con la presencia permanente hasta hoy de las cámaras de gas y los sitios de tortura; con los testimonios de miles de refugiados que lograron salvarse al emigrar a otras naciones libres de América, incluyendo la República de Panamá, en tanto que sus familiares perecieron en el Holocausto.

El Holocausto, HaShoa para los judíos, es un episodio que jamás se borrará de la memoria de un pueblo. Las comunidades judías de Europa fueron devastadas, en tanto que millares de sobrevivientes lograron contribuir con su esfuerzo a la creación del Estado de Israel.

La discriminación acentuada contra grupos o minorías no ha desaparecido. Algunos consideran que es una actitud atávica en el ser humano, como se manifiesta en los primates. Esta realidad y la negación del Holocausto motivaron al Secretario General de las Naciones Unidas a impulsar la conmemoración del Holocausto en cada nación civilizada, el 27 de enero de cada año, con el fin de evocar la realidad impactante que presenciaron los Aliados al descubrir los campos de exterminio y sus consecuencias.

El propósito de esta conmemoración es que no disminuya el horror de lo ocurrido, que no sea desmentido y que jamás lleguen a justificarse acciones parecidas en actitudes del hombre contra otro ser humano. Nada justifica la persecución nazi a los grupos religiosos, a una minoría, a minusválidos o a seres unidos por una ideología. Al respecto, al emitir la resolución, señalaba el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, el 14 de diciembre de 2006:

“Negar hechos históricos, especialmente en relación con un tema tan importante como el Holocausto, es simplemente inaceptable”.

“Igualmente inaceptable es que se pida eliminar cualquier Estado o pueblo. Me gustaría que todos los miembros de la comunidad internacional respetaran este principio fundamental tanto en la teoría como en la práctica”.

“El Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto es, por tanto, el día en que debemos reafirmar nuestra adhesión a los derechos humanos”.

“Debemos también hacer algo más que recordar y velar porque las nuevas generaciones conozcan esa parte de la historia. Debemos aplicar las lecciones del Holocausto al mundo actual y hacer cuanto podamos para que todos los pueblos gocen de la protección y de los derechos por los cuales luchan las Naciones Unidas.”

Como signataria de esta resolución, Panamá se suma al llamado de preservar la memoria de este doloroso acontecimiento, y se compromete a luchar cada día para que nuestra sociedad abomine toda acción que disminuya nuestra voluntad de promover la paz, la defensa de los derechos humanos y la libertad.

Cada año, el 27 de enero, de manera oficial, la Asamblea Nacional de nuestro país se reúne en el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto. En los eventos conmemorativos, año tras año, recibimos los testimonios de sobrevivientes del Holocausto que lograron huir y hallaron acogida en nuestro país, entre ellos Marianne Granat, Gerta Stern, Jaime Segal y Simón Burstein, así como Félix Poznanski, cuyos testimonios hemos escuchado. No olvidaremos jamás las respectivas historias particulares de Stanley Firestone, Helen Borenstein, Isaac Bern, Erwin Himmelfarb y otros amigos cuyo recuerdo escapa de mi memoria en estos momentos; ellos encontraron asilo en Panamá y ya no están más con nosotros.

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