INCIDENTES VIOLENTOS

De retenes y capuchas...: Xavier Sáez-Llorens

El reciente asesinato de dos niños de origen indostánico nos conmovió a todos. Nada puede justificar lo sucedido. Un cuerpo policial destinado a proteger la vida de los ciudadanos decentes se convierte en nuestra principal amenaza. Ha habido ya tanto incidente violento que la excusa del error fortuito es insultante. El incendio de jóvenes reclusos ante la mirada extasiada de sus guardianes, la violenta represión en Bocas del Toro que dejó a indígenas con secuelas, la salvaje golpiza a un prestigioso médico de la capital, la intervención en Colón que se saldó con varias personas muertas y la desproporcionada fuerza desplegada indiscriminadamente dentro del recinto institutor son evidencia palpable de que urge depurar a la planilla de unidades barbáricas y capacitar al resto de integrantes para lograr que haya verdaderos profesionales en las huestes del orden público. El policía debe ser visto como aliado y no como enemigo. Los ciudadanos debemos también ser gentiles y cooperadores con su labor. Ellos exponen su vida a diario y son tentados a recibir sobornos por todo tipo de malhechores. El gendarme, por tanto, debe ser bien estimulado, remunerado y homenajeado para evitar que sucumba a las múltiples tentaciones. Para ganar confianza y credibilidad, sin embargo, la entidad debe procurar certeza de castigo para los que violan los códigos de conducta y eliminar las prácticas remanentes de la dictadura militar.

El profesionalismo policial implica conocer y ejecutar a cabalidad los protocolos de actuación para cada situación en particular. Existen procedimientos definidos y consensuados internacionalmente para sofocar manifestaciones violentas, despejar vías públicas de quejosos, manejar turbas estudiantiles, controlar robos durante incendios, combatir revueltas entre pandillas, atender maltratos domésticos, realizar retenes en carreteras, solventar actividades de narcotráfico o terrorismo, proteger a autoridades de posibles atentados, vigilar seguridad de bancos, empresas u hogares, monitorizar conductas en bares o discotecas, custodiar nuestras fronteras y facilitar la circulación de vehículos en horas o días de máximo tránsito. Los roles y funciones se asignan con base en las características físicas, intelectuales o emocionales propias de cada agente. Todos, además, deben someterse a continuos entrenamientos específicos para cada una de las actividades mencionadas.

Ver a estudiantes encapuchados causa tristeza y decepción. Esconder la identidad tras una máscara mientras se lanzan objetos peligrosos al entorno y se destruyen propiedades escolares es sinónimo de cobardía y vandalismo. Esos no son alumnos, sino bandoleros. Estos comportamientos son la semilla que va creciendo y que conduce potencialmente a la formación futura de delincuentes o rufianes. Guardando las proporciones, es una táctica similar a la utilizada por los integristas islámicos antes de matar de forma indiscriminada a víctimas inocentes. Concuerdo en que cada plantel debe tener identificados a los jóvenes con costumbres irracionales e instalar rigurosas medidas de seguridad para minimizar los reclamos incivilizados. No obstante, tampoco podemos mantener a las instalaciones docentes como refugio de maleantes y prohibir el acceso puntual a los policías ante situaciones de extrema inestabilidad. No sería extraño que algún día, tal y como acontece en países industrializados, algún desadaptado intente asesinar a maestros o compañeros y después nos lamentemos de las consecuencias de ese hermético idealismo.

Sin duda alguna, el Instituto Nacional merece estar en un lugar preponderante de la historia nacional, porque sus aulas sirvieron como fuente de inspiración para que algunos de sus estudiantes realizaran la gesta patriótica de 1964 que contribuyó eventualmente a la firma de los tratados Torrijos-Carter y a recuperar la soberanía de Panamá en todo su territorio. Es importante resaltar, empero, que en muchos otros colegios públicos y privados hubo similar fervor nacionalista. El Nido de Águilas, por su contigua ubicación al enclave colonial y cotidiana exposición a los invasores norteamericanos, era el lugar ideal para despertar heroicidades y propiciar hazañas. Vivimos tiempos distintos ahora. Con la profunda brecha que se ha abierto en la educación entre escuelas oficiales y particulares, producto de la crónica inercia reformista de Meduca y el mediocre anarquismo de la dirigencia gremial, los alumnos contemporáneos han ido perdiendo esa rebeldía intelectual necesaria para contribuir a la modernización de sus programas curriculares y fortalecimiento de las ideas democráticas. Las protestas actuales son usualmente vacías y primitivas.

En el siglo que recorremos, nuestros estudiantes deberían estar peleando por una educación gratuita de calidad, donde se estimule el razonamiento crítico y la libertad de pensamiento. Dio gusto ver la masiva movilización estudiantil en Chile que demandó la estatalización de la enseñanza pública bajo estándares de excelencia académica. Los jóvenes panameños deben demostrar inteligencia y creatividad para que su voz se haga escuchar, porque ellos son los verdaderos protagonistas de la educación. Con tanto embarazo e incremento de enfermedades de transmisión sexual en la adolescencia, por ejemplo, sería fabuloso presenciar manifestaciones juveniles que exijan a las autoridades incluir los temas de sexualidad integral en el currículo pedagógico. Una juventud bien informada está mejor capacitada para forjarse un destino más digno y productivo. Como decía un tuit del amigo Juan Amado, ante escenarios que ponen en riesgo la salud colectiva, la única capucha que deberían usar los estudiantes es el condón. No hay otra mejor. @xsaezll

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