RESPONSABILIDAD

La revolución de la conciencia: Gloria Zúñiga de Preciado

La conciencia se define como el conocimiento que un ser tiene de sí mismo y de su entorno. O sea, de su relación con el mundo. Por lo tanto, podemos deducir que la conciencia nos da la capacidad moral para discernir entre el bien y el mal. Es en ese momento de meditación espiritual profunda y con la fuerza de los principios morales, cuando nos damos cuenta de que por encima de un estado de conciencia solo existe Dios.

Decía Pierre Teilhard de Chardin, filósofo y sacerdote francés, que “no somos seres humanos con una experiencia espiritual sino seres espirituales con una experiencia humana”. Por ello, la vida del hombre debe ser comprendida como una carrera espiritual de la conciencia que se desarrolla y crece a través de los tiempos para llegar a la perfección del género humano.

En estos tiempos modernos, en que la vida y la dignidad de las personas son amenazadas a cada momento, estamos obligados a afinar la conciencia con la enseñanza espiritual de nuestros antepasados, la meditación y el poder del Evangelio, que eleva el espíritu, limpia y afina la conciencia, y deja al lado los egoísmos e intereses personales. Y es que la conciencia determina la conducta de un hombre y, por ende, de una nación en la que la gente común que compone la sociedad –padres, abuelos, educadores, sacerdotes, empresarios, enfermeras, etcétera–, con sus conciencias limpias, se convierten en los férreos defensores de los derechos humanos y de la identidad nacional.

San Pio de Pietrelcina afirmaba: “El que medita dirige sus pensamientos al Creador, espejo de su alma y, luego de conocer sus defectos, hará lo posible por corregirlos, frenar sus impulsos y ordenar su conciencia”.

Los gobernantes, para ordenar su conciencia, deben crear un conflicto interno y hacer una revolución, convirtiéndola en protagonista de sus actos. Y es que cuando ellos se apartan de los mandatos morales, manejan mal sus conciencias y surgen en las sociedades los grupos radicales, delictivos y marginados. Entonces la rebeldía social se enquista en los pueblos, cansados de explotaciones y de la falta de dirigentes y gobernante probos.

En este mes de la patria y durante todo el año, los panameños debemos revolucionar nuestras conciencias, fortaleciéndolas para mantener y profundizar la identidad; preservar esta patria como legado de nuestros antepasados, con su estructura democrática y el Estado independiente que formaron hombres como Justo Arosemena, Belisario Porras, Tomás Herrera, Santiago De La Guardia, Eusebio A. Morales, Manuel José Hurtado y muchos otros que lucharon por la soberanía, la justicia social y los derechos humanos.

La revolución de la conciencia obliga a exigirle a los gobernantes que cumplan con los ideales de la Constitución. Que obren con equidad y luchen por el progreso en todo el sentido de la palabra: en materia de justicia, moral y educación para que el futuro sea más grande que el pasado y prevalezca un orden social más justo. También nos obliga a recordar siempre a grandes patriotas como el padre Fernando Guardia Jaén, quien con una conciencia clara creó la Oración por la Patria, que rezamos durante todo el mes de noviembre; y a otros como Carlos Iván Zúñiga Guardia, quien, durante la conmemoración del primer Centenario de la República, dijo que debíamos ser conscientes y “reiterar el compromiso de los buenos panameños de luchar, sin pausa, por un Panamá más solidario, más justo y más democrático”.

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