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SEGUNDA VUELTA

Un riesgo para la democracia: Publio Ricardo Cortés C.

A su salida del edificio de la Cancillería, la noche de su injusta destitución como ministro, el vicepresidente de la República, Juan Carlos Varela, expresó su gran preocupación por la posibilidad de que los temas electorales pudiesen volver a los niveles ya superados en nuestra historia, en los que se producían enfrentamientos violentos entre panameños. Hizo referencia a los cambios incorrectos de las reglas electorales.

En nuestra lectura, con la anterior declaración, el vicepresidente se estaba refiriendo a la oposición del Partido Panameñista a la introducción de la segunda vuelta electoral por vía de una ley, como una de las razones que motivaron que el Presidente rompiera la alianza de gobierno.

Sin ningún lugar a dudas, tanto el texto constitucional vigente, como la historia y práctica constitucional del país, unánimemente han mantenido que el Presidente de la República se elige por simple mayoría. No existe segunda vuelta en la Constitución Política de Panamá, como sí la hay en otros países. Quien diga lo contrario está tergiversando interesadamente la realidad jurídica. En ese escenario, la aprobación de la segunda vuelta por la vía de una ley es un abierto atentado contra la Constitución y muestra un desprecio contra la institucionalidad democrática.

¿Acaso el conflicto anterior se limita a un debate jurídico-politiquero? La respuesta es no. Este cambio arbitrario de las reglas de juego electoral puede producir situaciones de violencia y enfrentamiento político de graves consecuencias. Nadie quiere esos desenlaces, nadie quiere nuevos eventos dantescos como los de Bocas del Toro por la Ley 30, por eso todos los ciudadanos debemos actuar responsablemente para evitarlo. ¿Cómo podría ocurrir?

Estimado lector: piense en un escenario en el que un candidato a la Presidencia de la República obtiene mayoría simple en las elecciones, de la misma manera que otros presidentes anteriores. Dicho candidato, de acuerdo con la Constitución, tiene todo el derecho de reclamar la Presidencia. ¿Qué pasaría si ese candidato llama a sus seguidores a tomarse la Presidencia, bajo el argumento de que la ley de segunda vuelta fue una trampa para no darle el poder? ¿Y si en el camino se encuentran con defensores de la ley de segunda vuelta? El tema es muy delicado.

Es cierto que formalmente la Corte tendría que definir la constitucionalidad. Sin embargo, en un país donde la mayoría de los panameños tenemos la percepción de que la Corte está controlada por el Ejecutivo, un fallo “bendiciendo” una ley de segunda vuelta sería sentido como una actuación puramente política, no jurídica, y, por lo tanto, carecería de la legitimidad moral para su acatamiento, sobre todo ante la existencia de jurisprudencia de la misma Corte diciendo todo lo contrario. El conflicto político persistiría.

Precisamente, por ello sabiamente el sistema constitucional prevé que cambios de este tipo deben llevarse a referéndum, para que el pueblo panameño decida. Si las reglas electorales que están en la Constitución, las cambiamos todos, por referéndum, nadie puede alegar trampa. ¿Por qué los defensores de la segunda vuelta le tienen miedo al referéndum? ¿Por qué el afán de aprobarla por ley, mediante una mayoría cuestionada en la Asamblea? Pareciera, más bien, que por esa vía se camina fuera de las instituciones y aplicando la ley del más fuerte, todo lo contrario del estado de derecho.

Cuando el vicepresidente Varela, a su salida de la Cancillería, expresó su preocupación profunda por la potencial violencia electoral, en nuestra opinión, efectivamente, se estaba refiriendo a la turbia aprobación de la segunda vuelta que se vislumbra. Esa preocupación no solo la expone Varela interesado en el futuro del Partido Panameñista. Lo que Varela hace es defender la institucionalidad democrática de todos los panameños. Con ello no solo demuestra su talla de estadista responsable, sino que refleja una continuidad de la postura vertical del Partido Panameñista, el cual históricamente ha puesto –parafraseando a Churchill– “sangre, sudor y lágrimas” en defensa de la democracia. Por eso estamos en oposición al actual gobierno, porque sentimos que la democracia está en juego.

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