POLÍTICOS

El que salta, salta y salta: Ángel Solano

En realidad nunca me ha interesado la política más allá de mi condición cuasi genética de ser un “animal político”. Lo que recuerdo de la política de mi infancia temprana son los mítines en la plaza de Santa Ana, que atraían a cientos de personas que escuchaban atentas los discursos ideológicos esgrimidos por conspicuos oradores, quienes gritaban sus ideales políticos o partidistas al tenor de la acalorada contienda electoral, en donde se podían reconocer, por sus arengas, quienes eran del “venao” o de la “bandera roja”.

Todo producto de mi imaginación, porque no estaba en “Santa Ana”, sino frente a la antigua radio (moderna hace 50 años) de mi abuela, que, aun estando en la cocina, seguía cada detalle de la situación. Yo solo escuchaba e imaginaba.

La política de ahora es la misma de aquella época. Los políticos, no. Ya no se escuchan aquellos discursos kilométricos del Dr. Carlos Iván Zúñiga que lo sentaban a uno, trasnochado, para no perderse el más mínimo epíteto, frase o adjetivo, porque todo era interesante.

Los políticos de ahora parecen ser más prácticos y materialistas. No hay ideales ni discursos de convicción. La tecnología se ha convertido en el medio más común de comunicación entre ellos (chats, twiters, e-mails...). No estoy seguro de que esos mensajes recortados a la usanza de los telegramas de Samuel Morse, apenas entendibles para los “animales políticos” como yo, pero también para un alto porcentaje de la población animal que no tiene blackberry, sean para demostrar rectitud o transparencia. “Qué insulto”.

Los ideales también han cambiado. Antes, y lo digo por mis padres, a nadie se le ocurría cambiarse de su partido político para otro. Pertenecer a un partido era un paradigma familiar. Se moría por el partido. Hoy, lo común es practicar la “saltadera” de un partido para el otro. Se cambia de partido más por intereses personales que por convicción política, ideales o paradigmas. Esto sí que es un acto de “animal político”. Pero en cuestión de salto o de saltar, debemos tener clara una cosa: el que salta una vez, salta dos y salta tres, porque saltar es instintivo y no reflexivo. Por ello, al “animal político” que salta no hay que perderlo de vista, porque nuevamente saltará.

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