DEBATE

La segunda vuelta en un sistema pésimo: Eugenio L. Morice

Por los profundos efectos sobre el futuro político de una nación, el diseño de un sistema electoral es una de las más importantes decisiones en una democracia. Hoy vivimos los efectos de uno pésimo que patrocina la omnipotencia presidencial y, lo peor, el desordenado, improductivo y corrupto desenvolvimiento de las instituciones públicas. La inepta tríada electoral en la motivación de las reformas electorales se vanaglorió del informe del PNUD, pero el mismo lo etiquetó como el más antirrepresentativo de América Latina.

Los debates, carentes del conocimiento básico, que observamos en los medios o en los foros de organizaciones de la sociedad civil, para no hablar de los reflejados en las actas de la reformatoria constitucional de 1983 o las comisiones de reformas electorales y actos legislativos de los últimos 20 años, confirman que no ha sido diseñado, científica y jurídicamente, para la particular condición histórica, económica y social del país, sino fundado en accidentales resultantes de un coctel de circunstancias, de exploratorias, tendencias pasajeras o repentinas de la historia.

El sistema electoral ha permanecido más o menos inmutable con los legados de los otrora gobiernos oligárquicos y dictadura militar, de ahí que los intereses políticos se congelen a su alrededor y respondan a sus incentivos y venalidades. Al azar, los actores políticos siguen espulgando los distintos sistemas electorales, para implantar el diseño que piensan funcionará mejor a sus ventajas partidistas y particulares. De ahí que no cabe duda de que el sistema a mediano plazo rendirá desastrosas consecuencias a las perspectivas democráticas.

Hoy se asoma el aniquilamiento de la democracia istmeña, es así que vivimos la polémica de la segunda vuelta, frente a la deliberada eliminación de partidos políticos, producto de fusiones arbitrarias e inmoralidad de transfuguismos que agreden inescrupulosamente la voluntad de los electores. Sobre el tema de la segunda vuelta quien suscribe está de acuerdo por varias razones, de las que escojo dos fundamentales: Impedir la elección de un presidente por voluntad de una minoría, cual insólito de 1994, y acabar con el voto táctico, defínase como la sutil coerción que se ejerce sobre el elector para que vote por las candidaturas con mayor posibilidad electiva, sacrificando su preferencia político-ideológica.

Ese voto táctico funciona redomadamente en los sistemas que eligen en función del que saca más votos, que no necesariamente conforma la mayoría electoral. Es de la naturaleza humana no desperdiciar voluntad o esfuerzo hacia lo que no percibe logros, la segunda vuelta le brinda al elector la sensación que su voto no será desperdiciado; por cuanto en la segunda vuelta, su preferencia tiene posibilidad de formar parte del gobierno. Estimo que la posición de los panameñistas sobre este tema es irreflexiva y contraproducente a sus fines políticos, por demás visualizo que al entusiasta CD podría salirle el tiro por la culata en 2014.

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