REFLEXIÓN

Una sociedad injusta: Charlie Del Cid

Hace unos años, visité el Centro de Cumplimiento de Menores de Tocumen, en donde se produjeron las muertes injustas de algunos jóvenes panameños. Creo que eso fue un año antes del trágico suceso, y acudí para compartir la palabra de Dios. Mi reflexión me llevó a pedirle perdón a esos jóvenes –algunos de ellos con homicidios encima– por las injusticias que la sociedad cometía contra ellos.

Cuando le conté esto a mis estudiantes de una universidad privada, hubo varios que mostraron su desacuerdo, pues yo presumía que los menores detenidos eran inocentes de lo que habían hecho.

¿Qué responsabilidad tiene la sociedad en la delincuencia juvenil? ¿Qué responsabilidad tienen los comerciales y la moda en los estilos de vida que los jóvenes quieren copiar? Aquí saltan muchos empresarios y políticos que señalan a “la familia” como responsable. Sí, es cierto, pero ¿qué pasa cuándo no hay familia? ¿Qué ocurre cuando la sociedad y los sistemas nos venden estilos de vida que atentan contra esta institución?

Esta visión de la vida y el perfil del hombre posmoderno invitan a “sentir” antes que “pensar”. La pornografía y el sensualismo priman en los modelos que nos presentan los artistas, el cine y la televisión. Yo le decía a mi auditorio: “A ustedes les hemos vendido la idea de que hay que vestirse de tal forma y obtener tales placeres y, cuando ustedes buscan los medios para satisfacer esas supuestas necesidades, tienen que recurrir a delinquir”.

¿Es nuestra sociedad injusta? Aquí se nos viene a la mente la oposición entre las tesis de Thomas Hobbes y Jean Jacques Rousseau. El primero, empirista inglés, afirmaba que el hombre es lobo para el hombre; que estamos en estado de guerra de unos contra otros; que el hombre nace con la maldad en el corazón. En la otra orilla, el ilustrado francés planteaba que el hombre nace bueno y es la sociedad la que lo corrompe.

Este tema da para mucha discusión, incluso a nivel de genética. Pero, sin duda, en última instancia hay que mirar a la familia. ¿A los Gobiernos les interesa esta? ¿Sobre qué valores descansa la vida familiar? Sin duda, nuestra sociedad y, sobre todo, la educación que se imparte tienen como perfil del egresado, el éxito, la eficiencia, la eficacia. Los cursos de ética, valores y urbanidad pretenden sembrar en los niños y adolescentes virtudes que ayuden a la convivencia social, pero creo que falta algo así como “educación para amar”.

La vida del ser humano es una historia de amor –no la canción de Eleta-, es la búsqueda de aquello que San Agustín proclamaba: “Amar y ser amado”. No podemos vivir sin amor. Lo que ocurre es que los intereses comerciales nos venden el “placer” como amor y las consecuencias son nefastas: violaciones, infidelidades, divorcios... Esto no es más que mera educación sexual. Tiene que ver con el perfil de ser humano que queremos: alguien hecho para amar y dar amor.

¿Dónde estamos los padres de familia que podemos enseñar a amar? ¿Dónde encontraremos los maestros y profesores que podemos enseñar a amar? ¿Y los políticos dónde están?

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