VOLUNTAD COLECTIVA

La ciudad solidaria: Carlos Antonio Solís Tejada

La ciudad solidaria: Carlos Antonio Solís Tejada La ciudad solidaria: Carlos Antonio Solís Tejada
La ciudad solidaria: Carlos Antonio Solís Tejada

“No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”, John F. Kennedy. Hoy, más que nunca, está claro para todos que en Panamá desde hace más de 40 años se dejó de apostar por el desarrollo industrial, agroindustrial y la educación de calidad que requieren de cuantiosas inversiones y de mucha paciencia, pero generan mayor equidad social. En cambio se apostó por el desarrollo de la plataforma de servicios, una maquinaria compuesta por el centro bancario, los servicios internacionales, y la industria inmobiliaria y de la construcción que brindan ganancias rápidas, no requieren ingentes gastos educativos, emplean más rápido a la creciente mano de obra no cualificada y se sirven del egoísmo colectivo, lo que resulta en menor equidad social.

Este modelo echa aguas por donde se vea, desde los escándalos financieros internacionales (Mossack Fonseca Papers/ caso Waked) hasta el caos urbano que desmejora la calidad de vida de quienes vivimos en la ciudad de Panamá, porque las calles colapsan, los barrios se inundan y la productividad del capitalino disminuye.

No basta con negar esta realidad auto-engañándonos con las cifras macroeconómicas, con la imagen de postal de nuestro skyline ni arropándonos con la bandera nacional. El modelo económico y social es cuestionado, por lo que debemos buscar y proponer soluciones. Necesitamos más “sentido de agencia” para encontrar una estrategia de salida del modelo económico actual.

El sentido de agencia es un concepto prestado de la psicología y ampliamente utilizado en las ciencias sociales, por lo menos en el mundo anglosajón, e involucra el sentirse uno dueño y de sus propias acciones; ejecutando y controlando lo que indique su voluntad. Aplicado a lo colectivo, se trata entonces del sentido que tenemos los ciudadanos, ricos y pobres, de poder iniciar, ejecutar y controlar nuestras propias acciones colectivas… sin esperar que otros lo hagan por nosotros. El desarrollo colectivo del sentido de agencia es de suma importancia para el desarrollo de la ciudadanía, una vez se haya decidido abandonar el estado de idiotez/egoísmo en el que vivimos. El sentido de agencia es importante para empoderarnos, adueñándonos de nuestro destino y sentirnos con el derecho de incidir en todo aquello que afecte de forma negativa.

Es natural que muchos se sientan impotentes ante los fenómenos urbanísticos que nos envuelven, y los factores sociales, económicos y políticos que los generan. Con justa razón, muchos buscan respuestas inmediatas desde la benevolencia o sentido de responsabilidad del Estado, representado por alcaldes, diputados, ministros, presidentes, etc. Después de todo…¿para eso fueron electos, no? Sin embargo, no debe sorprender, por las razones antes expuestas, que estos no respondan al sentir de la clase media, porque todos vivimos directa o indirectamente de esta plataforma de servicios.

Este ambiente ha sido caldo de cultivo para que la clase media reaccione con rabia y resentimiento, lo que crea una mentalidad victimista y reaccionaria del fenómeno Nimby (del inglés not in my back yard). Sin embargo, proyectar aquella carga negativa a las élites políticas, sociales y económicas ha resultado contraproducente para la ciudad solidaria y generosa que deseamos construir.

¿Qué podemos hacer? Puede sonar a cliché, pero el cambio puede venir desde abajo o desde adentro. Desde nuestras comunidades, al ejecutar iniciativas que mejoren nuestra calidad de vida y generen la clase de simpatía que abra las puertas a la empatía y tienda puentes de solidaridad. ¿Qué antipatía pueden crear las comunidades que reconstruyen o construyen sus aceras o se organizan para reciclar sus desechos sólidos? ¿Quién se puede oponer a la voluntad colectiva de un grupo de residentes que planifica sus barrios, de manera inclusiva y con visión de futuro, y protegen lo decidido mediante los mecanismos que les permite la ley? ¿Qué animadversión pueden crear los propietarios de tierras que deciden unirse para planificar el territorio que comparten con las comunidades que los rodean, en procura del mayor beneficio social que le brinde valor agregado a sus futuras inversiones inmobiliarias? ¿Quién puede oponerse a los inversionistas pacientes, que se arriesgan al apostar por el desarrollo industrial y agrícola del país? ¿Qué enemistad puede crear un grupo de barrio que decide mejorar su entorno, su provisión de servicios, sus conexiones viales y su transporte público? ¿Qué rabia puede despertar un grupo de ciudadanos que se une para atender los problemas de marginación social o las deficiencias del sistema escolar? ¿Qué problema puede traer un sector bancario que cuestione los proyectos que afectan su reputación, por sus efectos ambientales y sociales nocivos?

Nadie se opondría, porque aquellas acciones no representan una amenaza política, social ni económica inmediata. Más bien involucran un cambio radical de mentalidad, ante lo que solo quedará dejar ser, dar paso y, finalmente, unirse, por cooptación, para crear la ciudad solidaria. El cambio puede estar en nuestras manos. ¿Y usted qué piensa?

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