REFLEXIÓN

Bajo la sombra del amanecer: Andrés L. Guillén

En ese mar de tinta que se ha escrito sobre la grandeza de Bolívar como hombre de ambición y prohombre de la libertad; como víctima de su propia gloria y mártir de sus pesares se puede adivinar, además, en esa oscuridad que rompe el día, la estrella ingenua que guió y ayudó al Libertador a forjar tanto su insigne destino personal como el de casi toda la América española.

Sus impulsos revolucionarios e ideas republicanas, tan ligadas a la evolución de nuestra propia libertad, permanecieron inicialmente bajo el amparo de la sombra de ese amanecer que se veía vislumbrar a comienzos del siglo XIX. Esos primeros intentos de autonomía colonial, al principio como protesta contra la usurpación napoleónica del trono español, en mayo de 1808, terminaron años después como una verdadera revolución contra la dominación española y, eventualmente, con la creación de todas las repúblicas latinoamericanas.

A la sombra de esos acontecimientos, como reflejo de ese sol naciente que fue Bolívar durante la insurrección, las fechas del 19 de abril de 1810, en Caracas; del 25 de mayo de 1810, en Buenos Aires; del 20 de julio de 1810, en Bogotá, y así sucesivamente en México, Chile y Ecuador, la inmensa mayoría de Hispanoamérica, salvo Perú, declaró su ambigua y precaria independencia en una revolución liderada por la aristocracia criolla.

A diferencia de las revoluciones estadounidense y francesa, esta nuestra cojeó desde un principio al apoyarse solo en el grito de la libertad, olvidando los otros componentes de esa ideología revolucionaria que, también, clamaban por la igualdad y fraternidad de sus ciudadanos.

Tal vez esto explique por qué aún vivimos bajo la sombra de ese amanecer, después de más de 200 años, a pesar de las ideas independistas, republicanas y panamericanistas de Bolívar. Es casi como si los dolores del parto nos acompañasen muchos años después de dar a luz. Eso, y el hecho de que nos formamos como repúblicas en un siglo XIX imbuido por el romanticismo liberal, que contemplaba a la nación como mera expresión de la libertad, sin demasiadas consideraciones prácticas para su organización en Estado funcional.

Asentada sobre estas fallas estructurales, la democracia que surgió en Latinoamérica creó una cultura de pobreza que se ha caracterizado por su profunda desconfianza en las instituciones del Estado, condición que afecta su eficacia social y económica. El proceso hacia la democracia y la consolidación de sus instituciones sigue olvidando. Como tarea primordial, queda fortalecer a la ciudadanía, tan necesaria para prevenir las divisiones sociales, la falta de inclusión y la desigualdad de ingresos. Sin la capacidad de ser ciudadanos activos, aun con el uso de libertades civiles y derechos políticos, no podremos ejercer bien nuestra libertad ni utilizar ese empoderamiento frente al Estado. Aquella estrella ingenua que guió al Libertador sigue bajo la sombra de ese amanecer, sin poder llegar todavía a su destino final.

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