EL MALCONTENTO

La sordera de Las Garzas: Paco Gómez Nadal

Ya saben cómo es el proceso: antes de llegar a Las Garzas los políticos tienen una extrema sensibilidad ante los reclamos del pueblo, toman nota, hacen suyas las reivindicaciones, aseguran que al llegar al poder serán los primeros portavoces de los sin voz. Pero algo tienen las dichosas garzas. Yo no sé si es un virus aviario o si las paredes del palacio están impregnadas de algún tipo de sustancia tóxica… pero, lo cierto es que pasados unos meses en la sede del Gobierno Nacional la sordera comienza a contagiarse de forma masiva entre los altos cargos del Ejecutivo y se abre una brecha abismal entre estos seres inmaculados, bien vestidos y casi nunca sudados, y la gente normal, esa que sobrevive todos los días y que, además, saca tiempo para trabajar por un país más justo.

La sordera de Las Garzas cuesta plata y dolor. Y, además, deja un poco más tocada a la democracia.

Parece que el gobierno no entiende que los ngäbes del río Tabasará dijeron desde el principio que la represa de Barro Blanco no prosperaría, que sus raíces de hormigón no son compatibles con la tierra ancestral que habitan, que los réditos prometidos en la publicidad oficial (y la privada) nunca llegan a dónde no se existe. Entonces, el gobierno, excelente representante de los intereses empresariales, olvida que en realidad es un delegado del pueblo y que son los intereses de este los que debe defender. Ñagare significa no y ciudadano significa tener el derecho a intervenir en las políticas o acciones del Estado que afectan al territorio que se habita o a la gente con la que eres comunidad.

Desde hace años, los distintos gobiernos han jugado a la demora. Con la medicación de la Iglesia católica, de la ONU o de Santa Claus, han jugado a guabinear con los negociadores del pueblo original mayoritario de Panamá que ha demostrado tener una generosidad y paciencia bíblicas… mientras la empresa levantaba las paredes que tratan de poner compuertas al río sagrado de los ngäbe buglés. Eso ha funcionado hasta que la obra estaba al 95% de ejecución, pero ahora no hay negociación engañosa que valga: el proyecto se debe cancelar y el concreto debe desaparecer de la gris cicatriz abierta en la montaña.

Suelen pedir los representantes del gobierno a los ciudadanos que sean “razonables”, que no cierren calles, suele presumir el Ejecutivo de su voluntad de negociación, de su compromiso con los nadie. Pero no es verdad. Ministros, mediadores de la ONU y demás universo encorbatado piensan, en realidad, que los ciudadanos indígenas no son tan ciudadanos y que algo de plata debería servir para ablandar su resistencia. La sordera es evidente. Las gentes del Tabasará llevan luchando 16 años para que el proyecto Barro Blanco no llegue a inundar sus comunidades y sitios sagrados. Exactamente igual que los chiricanos no aguantan un solo proyecto hidroeléctrico más, o igual que antes resistieron los habitantes del río Changuinola, o del Teribe.

Los habitantes de las ciudades, esos que creen que son un poquito más ciudadanos, creen, guiados por el discurso oficial, que las protestas y las resistencias son fruto de una especie de alergia al progreso y que en realidad van en contra del bienestar del país. Pero no es así. Panamá genera más energía de la que necesita y consume mucha más energía de la que realmente sería razonable. En esa contradicción salen ganando los empresarios que exportan energía a través del sistema de interconexión eléctrica que se ha pagado con los impuestos de esos mismos ciudadanos que piensan que las gentes del “interior” son un obstáculo para que Panamá sea un país “del primer mundo” (Martín Torrijos dixit).

Los panameños no pagan la energía más barata gracias a las decenas de nuevas hidroeléctricas, sino que ven crecer nuevos centros comerciales con el aire acondicionado prendido 24 horas. Ese es su beneficio.

En el primer mundo que soñaba Martín Torrijos o Ricardo Martinelli está prohibida la construcción de represas y aquí todas las promesas de proyectos relacionados con las energías renovables han quedado sepultados por el facilismo y la ambición de las empresas que tratan a Panamá como un “tercer mundo” al que no importa devastar. Cuando terminen con este bello país, con sus ríos y con su biodiversidad animal y humana, irán a otro, que el planeta es grande y los pobres son muchos.

Ñagare significa no. Ñagare ha sido el grito contundente que desde Las Garzas no escuchan. O quizá es que no lo entiendan. Quizás no entienden que no todo se puede vender, que el futuro hipotecado vale tanto como el humo del falso desarrollo, que el agua es más poderosa que la plata, que los pueblos son más tan tercos en su digna resistencia que ni el tiempo ni la policía puede ablandar la dura coraza de la conciencia. Ñagare es no (Por si no lo habían entendido).

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