SOCIEDAD

Sobre la escasa sostenibilidad del empleo juvenil: René Quevedo

En 2005, 1 de cada 4 nuevos empleos agregados a la economía panameña benefició a un joven de entre 15 y 29 años de edad, sin embargo, entre los años 2009 y 2015 (incluyendo la era del presidente Ricardo Martinelli) solo se benefició a 1 de cada 16.

La economía generó un promedio de 3 mil 412 empleos estables para los 88 mil jóvenes que se estima ingresan cada año al mercado laboral tras culminar algún programa educativo (llámese educación media, universitaria, técnica, etcétera). Además, hay 222 mil jóvenes que ni estudian ni trabajan (ninis) en esta franja de edad.

La matemática es simple: 88 mil más 222 mil no caben en 3 mil 412.

Entre 2005 y 2015, la economía local generó 464 mil 56 empleos (un 37% de aumento). Hasta 2008, el empleo juvenil creció de manera proporcional a la expansión del empleo (alrededor del 12% en tres años). Sin embargo, a partir del año 2009 se comenzó a experimentar el “efecto tijera”, con un crecimiento del empleo adulto (trabajadores con 30 años o más) en una proporción muy superior al del empleo juvenil.

El empleo adulto creció 30% y el juvenil apenas lo hizo en 2%, inferior a su crecimiento poblacional durante ese período (11%). Se crearon 10 mil 810 nuevos empleos para jóvenes, cuya población creció en 92 mil 648 personas.

Irónicamente, se registró un descenso de 5 mil en el número de ninis. Así, de 227 mil pasaron a 222 mil, esto debido a la ampliación de la cobertura educativa, que incrementó la población escolar (de entre 15 y 29 años) en 86 mil 727 alumnos (+50%), particularmente a nivel de educación premedia y media.

Estas son buenas y malas noticias. La población estudiantil aumentó, lo que es positivo, pero disminuyeron las oportunidades laborales estables para los jóvenes, algo que hace prever que una vez concluidos sus estudios, muchos de ellos no encontrarán trabajo, por lo que la pérdida de protagonismo juvenil en la expansión del empleo y su exclusión del ámbito laboral se seguirá agravando.

El escenario también crea condiciones favorables para el aumento de la informalidad y el escalamiento de la espiral delictiva, y aleja aun más las probabilidades de reinserción de los jóvenes en conflicto con la ley.

Si no hay empleo para los más de 30 mil profesionales que nuestras universidades gradúan anualmente, menos habrá para los 7 mil pandilleros y los 17 mil privados de libertad que se encuentran en el fondo de la pirámide de la empleabilidad, por ser el segmento laboral menos deseado.

Los espacios laborales para ellos hay que crearlos y mantenerlos, pues la economía no los está sosteniendo y todo lo que podemos ofrecerles son “camarones y caridad”, de forma que las soluciones no represivas al problema de la delincuencia seguirán siendo de corte asistencialista.

Las principales barreras que nuestros jóvenes enfrentan en el ámbito laboral son la falta de experiencia y las deficientes “competencias blandas”, como responsabilidad, iniciativa, compromiso, disciplina, etc. Debemos apostar por una formación técnica de rápida inserción laboral, la creación de empleo juvenil sostenible, el fortalecimiento de competencias blandas, la reactivación de la formación dual para que los jóvenes ganen experiencia al tiempo que estudian, y el alineamiento entre la oferta educativa y las necesidades reales del mercado laboral. Si no lo hacemos, nuestros millennials serán “una generación perdida”.

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