PÉRDIDA DE CREDIBILIDAD

La sucursal de las mentiritas frescas: Dicky Reynolds O´Riley

La sociedad global actual está regentada por indicadores de medición para cada faceta de nuestras vidas, lo que permite llevar un registro de casi todo. Panamá no escapa de esa realidad y en una reciente encuesta salió a relucir el tema de la credibilidad que tiene la población en la gestión del Ejecutivo, en los actos del señor Presidente y su bajo índice de percepción de credibilidad. Esta cualidad debe estar presente en el ejercicio de la política.

La ausencia de credibilidad es la principal causa de la mala imagen que tiene la política, tanto en abstracto como de quienes la practican.

Desde que empezamos a practicar la democracia activa, de 1990 hasta ahora, el modelo ha sido el mismo. El candidato ganador logra despertar credibilidad, confianza y la esperanza en un cambio. Pero, luego la realidad demuestra lo vulnerable de la faceta humana de quienes ejercen la política. Se muere la credibilidad y el electorado busca en otro aspirante las cualidades traicionadas.

En política, la esperanza tiene fuerzas superiores a la realidad y, entonces, aunque esta realidad no sea totalmente negativa, los detalles –pequeños o grandes– más la sensación de rechazo a quien incumplió sus promesas, hace que se vote por alguien más. Es perfectamente explicable el porqué ningún partido ha logrado repetir una victoria electoral: la credibilidad salió del guión de la película política, con un rol o papel de extra.

Son muchos los argumentos para el estudio de las causas de la pérdida de credibilidad, pero quiero detenerme en dos. El primero es la incapacidad personal de quienes han sido elegidos, aunado a su inexperiencia y al desconocimiento de la realidad nacional. El otro factor fundamental –la peor constante de la política nacional– es el nepotismo más la corrupción. Si a todo esto se le agrega el convencimiento interno, aunque no aceptado, de los panameños de que el Presidente sea un monarca, actúe, decida y mande en todo, la mesa está servida para los constantes e irremediables avances hacia una fatal ingobernabilidad.

Hay que resaltar los desaciertos que han cimentado esta desconfianza en la gestión del presidente, por ejemplo, decir que la canasta básica de alimentos estaría al alcance de todos, negar que le hacía falta un avión presidencial y esconder los conflictos dentro de la alianza de gobierno. Otros son: negar que tenía la intención de destituir a la Procuradora de la Nación y que tenía interés en nombrar a los magistrados de la Corte Suprema; guardar silencio ante la metidas de mano de los miembros de su gabinete en el erario público; impulsar la ley sobre recursos hídricos y minerales; la venta de las acciones en las empresas de servicios públicos; la reactivación de la Sala Quinta; y el aumento de los impuestos.

La cereza que se le puso al pastel fue la renuncia del ministro de la Presidencia –su amigo y álter ego– y la reiterada negación de que dicho evento fuera cierto. Parece que estamos diagnosticando una patología. No nos engañan, en Panamá navegamos con la bandera de la conveniencia.

La credibilidad se acaba poco a poco. En los primeros meses de los gobiernos –el actual es buen ejemplo– las figuras políticas percibidas como las más importantes, es decir, en este caso el Presidente y el vicepresidente, mantienen una aceptación inicial engañosa. Sin embargo, la credibilidad comienza a derrumbarse y la esperanza empieza a morir cuando vemos las mismas lacras de siempre; es decir, se nombra a gente incapaz solo por ser del partido en el gobierno, por tener alguna relación personal con ellos o por haber sido socios, etcétera. Resulta ser lo mismo de siempre, así empieza el proceso de desencanto y decepción.

De igual manera, hay que destacar que, generalmente, el partido que pretende reemplazar al que es cuestionado por su falta de credibilidad tiene la experiencia de cómo atacar, porque estuvo sentado en el solio presidencial.

El norte de nuestra preocupación es la repetición de los viejos errores. El presidente, Ricardo Martinelli, ha sido señalado por ejercer un nepotismo político o personal, seguido por sus funcionarios que, en gran número, han caído en ese error, increíble e injustificable. Los políticos deben tener presente el verdadero alcance de la tecnología en materia de comunicación actual, porque las noticias se saben en un santiamén, literalmente, en todo el mundo.

La disyuntiva es simple: decidirse a pasar a la historia como uno más o entrar por la puerta grande y ser señalado como el Presidente que terminó con la irresponsabilidad, los engaños y la corrupción, abierta o disfrazada.

Nuestro Presidente ha demostrado ser un émulo del hombre orquesta; al parecer sigue los dictados de su ego Ejecutivo y, en no pocas ocasiones, resulta un buen consejero, pero en otras –con el auspicio de aquellos que temen indicarle el camino– muestra falta de visual y coherencia en sus decisiones.

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