LECCIONES

¿Cuánto es suficiente?: Oreste Del Río Sandoval

El éxito es definido en el Diccionario de la Real Academia Española como: “1. Resultado feliz de un negocio, actuación, etc. 2. Buena aceptación que tiene alguien o algo. 3. Fin o terminación de un negocio o asunto”. Habitualmente, asociamos este término con el cumplimiento de determinadas acciones o el logro de algunas metas. Se transforma, entonces, es un fin, un objetivo. Vivimos para alcanzarlo y es ahí cuando cometemos un error.

En nuestra sociedad actual los modelos de éxito van de la mano de la corriente cultural dominante. Así, tener éxito es equivalente a “tener”. Quien logra comprar o tener determinados bienes es exitoso y lo medimos al tener un carro, al comprar una casa –cuanto más grande, mejor– y otros objetos materiales.

Quienes trabajamos por un mundo más humano, apoyados en los valores y ubicando a la “persona”, como centro de cada una de nuestras acciones, no somos tan necios para negar el éxito como virtud. Pero, a diferencia de la concepción instalada, para nosotros alcanzar esa posición es más una manera de hacer las cosas que un objetivo en sí mismo. Requiere tener cierta visión para lograr determinados objetivos, más que el simple hecho de ir tras la consecución de esos fines. Y para alcanzar ese éxito, se requiere una palabra que lo acompaña y es “trabajo”. Por medio del trabajo constante y el esfuerzo permanente, alcanzamos ya el éxito, no importa si en ese camino logramos prontamente el objetivo inicial que nos habíamos planteado. Por cierto, ese esfuerzo debe estar también guiado por otras virtudes que no debemos perder jamás: la ética y la honestidad de nuestras acciones y su correspondencia con hacer el bien.

En su estupendo cuento infantil, Alicia en el país de las maravillas, de mediados del siglo XIX, Lewis Carroll nos enseña la importancia del esfuerzo en nuestras acciones para alcanzar un objetivo. Así lo ilustra a través del siguiente diálogo, entre Alicia y el gato de Cheshire:

–¿Me podrías indicar hacia dónde tengo que ir desde aquí?, pregunta Alicia.

–Eso depende de a dónde quieras llegar, responde el gato.

–A mí no me importa demasiado a donde.

–En ese caso, da igual hacia dónde vayas.

–“Siempre que llegue a alguna parte”.

–¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte, si caminas lo bastante.

Por más tentador que parezca nuestro objetivo, el sentido de todas nuestras acciones debe estar puesto en preservar nuestro patrimonio intangible, ese que una vez perdido es casi imposible de restaurar. Nuestro honor, la palabra empeñada y la reputación de la que gozamos en un contexto social son activos que, una vez perdidos, se tornan casi imposibles de reponer. Cuántas veces vemos que algunos, en pos de un malinterpretado éxito desde lo económico, comprometen no solo esos bienes sagrados, sino el máximo bien que tenemos los seres humanos, que es la libertad.

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