EL MALCONTENTO

¿Y si ya es tarde?: Paco Gómez Nadal

Hay días que tengo la sensación de que no sabemos nada. Normalmente, lo que vemos de la política es solo la punta del iceberg que bajo la línea del agua es imprevisiblemente rotundo, amenazador. Lo que vemos de la estrategia totalitaria de Ricardo Martinelli ya da miedo. Pensar en lo que oculta me aterroriza.

No quedan resquicios, no hay casi brechas: los tres poderes tomados hasta el tuétano; medios de comunicación propios y los ajenos, amenazados; gladiadores para infectar las bases sociales de un país preocupado más por sobrevivir que por planificar su futuro; los grandes negocios del país –unos reales y otros forzados. Controlados o participados por su gente; la represión, disparada; la militarización, imparable... Su maquinaria clientelista funciona a la perfección y la población se ha acostumbrado a un paisaje político repleto de seres carentes de honestidad y de ética, personajes dispuestos a vender a su madre por un jamón, estafadores compulsivos con piel de benefactores de las clases populares...

Parece norma que las mayorías se hayan acostumbrado, porque son décadas (si no siglos) de vivir dominados por la podredumbre. Unas veces más vulgar –como Noriega y sus amigos–, otras veces más play –como Martín y su team–, algunas veces surrealista –como Mireya y sus trapitos–, pero siempre podrido el sistema, siempre corrompido, siempre a beneficio de unos pocos que se turnan en el poder para repartirse el pie.

La diferencia esta vez, quizá, sea la voluntad de continuidad, la avaricia de una parte de la mafiocracia que ya ha visto que dominando todos los hilos del poder no tiene por qué compartir los beneficios del atraco a Panamá en el que participan con la inmensa complicidad activa de inversores extranjeros, instituciones financieras internacionales o medios de comunicación del norte (que ahora nos pintan como el país más feliz), y con la indolencia cómplice de azules organismos internacionales, panameños expertos en recoger las migajas del banquete u los contemporizadores que piensan que algo se podrá negociar con este gobierno.

Quizá, solo quizá, nos hemos equivocado. Este Gobierno es diferente al resto, aunque tenga algunos de los ya conocidos tumores endémicos del Palacio de las Garzas y de las oficinas de la Asamblea Nacional. Este Gobierno se comporta movido por una angurria ilimitada que lo hace imitar modelos de uso común en el crimen organizado: la lealtad ciega (o conmigo o contra mí), el discurso “robinhoudiano” para justificar sus tropelías y el acaparamiento de todos los ámbitos del poder para tener un control 360 grados de la sociedad a la que esquilma.

Este sábado, la periodista Lina Vega, luchadora de la transparencia y la democracia, planteaba en su columna: “(...) tendremos que pensar seriamente qué hemos hecho para estar, 20 años después de la terrible invasión militar, enfrentando nuevamente este autoritarismo clientelista que todo lo envilece”. Y se hacía una cantidad de preguntas descorazonadoras. Yo hoy me hago una diferente pero inquietante: ¿Y si ya es tarde? ¿Y si ya no hay brechas para restaurar la convivencia social y la decente democracia en Panamá?

La estética de la ciudad capital (estilo casino, plagada de “nuevoriquismo” arquitectónico, de excesos, de estridencias...), la ética de la política (transfuguismo, clientelismo, atropello a los ciudadanos, una oposición que quiere el poder no la democracia...) y la práctica del capital (todo es comprable, todos son comprables) deberían hacer prender todas las alarmas de incendios. La llama está más que prendida.

¿Cuál es la solución? Siempre he pensado que en los momentos más críticos es cuando aparecen las grandes mujeres y hombres que han permanecido agazapados en una sociedad. En Panamá han dado un paso adelante en Colón, San Félix, Chiriquí o Bocas del Toro. Quizá falte que ocurra lo mismo en la capital, donde lo políticamente correcto y los intereses económicos aun frenan a algunas voces. Panamá necesita una alianza para construir democracia participativa, no una oposición que ya ha probado el poder y que solo aspira a recuperarlo. El futuro será del pueblo o no será; será interclase o será violento; será plural o agonizará en el camino. Si no se logra, Panamá se irá hundiendo en el modelo de estado criminal y fallido que ya asola a Guatemala, México u Honduras. Un lugar donde los criminales pueden hacer mucha plata y la población estará secuestrada en su propia existencia, rodeada de violencia y aislada de la toma de decisiones. Siento que ya es tarde, pero... ha comenzado una nueva era de luz y tenemos el deber de subirnos a la estela de rebeldía que alumbra.

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