APRENDIZAJE

Nunca es tarde para erradicar la corrupción: Anabella Dex

Como muchos panameños que viven en el extranjero, leo a diario los periódicos de Panamá y no puedo más que sentir esperanza de que con tanto “dime-que-te-diré” en relación a las alegaciones de corrupción, de uno u otro partido político, la sociedad se dé cuenta de que el problema de la corrupción involucra a casi toda la población y que no vale la pena que nadie la practique, porque hoy es el santurrón que acusa y mañana estará sentado en el banquillo de los acusados. Panamá ha sido un país bendecido con un buen clima, tierra fértil, costas en dos océanos, sin mayores calamidades naturales, con gente buena y emprendedora que puede convivir en paz, a pesar de las diferencias raciales, religiosas y económicas.

¿A qué se debe, entonces, el descontento de la población, a pesar de todas las buenas noticias económicas? Según mi parecer, no tiene nada que ver con el gobierno de turno ni con ningún partido político ni siquiera con la ruptura de la alianza del gobierno actual ni mucho menos con algún lote de tierra.

La infelicidad de un pueblo se manifiesta, cuando se da cuenta de que no puede realizar sus sueños, de que no es tomado en cuenta, de que no puede vivir en paz, de que no tiene acceso a la justicia; de que, haga lo que haga, solo puede ser un triste espectador y ver cómo los poderosos y mentirosos se devoran el pastel.

Un cuadro social como este es, obviamente, terreno propicio para una cultura generalizada de “juega-vivo” e indiferencia total hacia todo lo que no sea yo, yo, yo. Pero, ¿qué pasa en este escenario? Nadie está tranquilo, nadie confía en nadie, nadie puede ser feliz.

Los países que hoy llamamos del primer mundo han pasado por épocas de una gravedad existencial, que les han enseñado, a la brava, a sus ciudadanos que solo en el “nosotros” está el camino hacia una convivencia pacífica y lista para el desarrollo integral en beneficio de toda la población.

Ya tenemos suficiente edad, como nación, para darnos cuenta de que no debemos echarle la culpa de nuestros problemas a nuestros gobernantes y que está en nuestras manos tomar el control de nuestro destino y romper el círculo vicioso de la corrupción, que no le conviene a nadie; actuando en nuestro diario vivir de acuerdo a las reglas de convivencia humana civilizada y no según la ley de la selva.

Nuestros hijos aprenden de nuestras acciones, no de nuestras palabras. Si tomamos en cuenta y somos conscientes de las necesidades de otros, si respetamos la ley y somos lo suficientemente valientes para confiar en otros, habremos hecho todo lo necesario para que ellos disfruten de un Panamá mejor del que nos tocó a nosotros. ¡Mis mejores deseos para los panameños!

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