EDUCACIÓN

Una tarea pendiente: Jonathan Padilla

El acceso a educación superior es la herramienta más poderosa de movilidad social que hay en el mundo moderno. Es una condición básica que el país aproveche, de forma efectiva, las capacidades de su población. Además, romper con los mecanismos de reproducción de la desigualdad y potenciar el desarrollo como nación requiere asegurar, a todos los jóvenes talentosos, el acceso a educación superior de calidad, sin que importe su condición socioeconómica.

El mundo avanza a pasos rápidos, la globalización, la economía del conocimiento y la nueva era del pacífico forman parte de este menú. Son claros recordatorios de que América Latina y, en especial, Panamá deben ponerse los pantalones largos en materia de educación para lograr el lugar estratégico que se merecen.

Estos elementos nos indican, además, el nivel de calidad que deben tener nuestras universidades, y eso se logra mediante el impulso del emprendurismo y la tecnología de vanguardia, que forme a profesionales eficientes y pertinentes, producto de pedagogías innovadoras. Son demandas que las universidades deben emprender, con prioridad.

Por otra parte, la educación superior debe ser un derecho social efectivo, en el que se establezcan las garantías explícitas para los ciudadanos, tanto de acceso como de calidad y financiamiento.

Cumplir con dichas garantías requiere de un Estado activo, tanto en la entrega directa de los servicios educativos como en la estricta fiscalización de los oferentes, labor a la que se deben abocar, con especial dedicación y premura, los futuros gobiernos.

Las universidades que operan en Panamá necesitan y merecen de todas estas acciones en la medida en que se les pide cuentas por su labor en la formación de profesionales de primer nivel, en la capacitación constante de los profesores (con buenos salarios), en la confección de investigaciones, ejecución de proyectos comunitarios, producción académica y consultorías que ayuden a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y promuevan el desarrollo sostenible del país.

Estamos en un nuevo siglo, que avanza con grandes y significativos cambios económicos, sociales, científicos y tecnológicos, y no podemos tener universidades del siglo XVIII. Tal parece que las autoridades no ven estos centros de estudios superiores como lugares de alta prioridad.

Necesitamos que sean vistas como templos sagrados, respetadas, valoradas por su prestigio, en vez de ser las “fincas personales” de los rectores de turno, en el caso de las universidades públicas.

La tarea pendiente en Panamá es poner a la educación superior en el centro de la agenda pública, para que empiece a producir profesionales de calidad, con las herramientas necesarias para cubrir esas demandas que reclama la nueva sociedad de tecnología e innovación.

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