Lucidez.

El testamento de Don Quijote

Un profano o neófito debe pisar con cautela en el sendero cervantino. Sus juicios deben ser prudentes. Es tan portentoso el Don Quijote de la Mancha y tan arrollador y profundo el pensamiento vivo de Miguel de Cervantes Saavedra que surge la conformidad con solo orillar, al invocarlos, esos monumentos de la cultura.

Yo era muy joven cuando Don Quijote entró a formar parte de mi universo espiritual. Su primera lectura me abrió una puerta grande para asomarme a las maravillas de la creación humana. La segunda y la tercera, la penúltima y última lectura me entregaron nuevas aguas de un manantial inagotable. Siempre despertaba un nuevo amanecer, un nuevo mediodía y un nuevo crepúsculo. Es que Miguel de Cervantes Saavedra dotó a su personaje histórico de tanta individualidad y sabiduría que bien pudo vivir sin colocarse bajo el palio protector del autor. No es que el personaje superó a su creador, es que viven como el ser y su sombra sin precisar quién es el ser y quién la sombra. Tan fue de perfecta la imaginación de Cervantes.

En Don Quijote triunfa la tesis que indica que Dios dotó al ser humano de razón para comunicarse con todo lo divino, aun cuando resulte paradójico que esa comunicación, en este caso, tuvo por protagonista a alguien -Don Quijote- que había perdido la razón y que de sus labios solo surgieron las más cuerdas enseñanzas.

En Cervantes se advierte la cordura; en Don Quijote, el extravío. Al final de sus días Cervantes dio lucidez a Don Quijote y quien viviera loco, murió cuerdo. Y cuando quiso morir, por decisión de su mente sana, Sancho Panza le recordó que no existía mayor locura en el hombre que dejarse morir, "sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía".

Es maravilloso encontrar a Don Quijote "legislando" bien en sus últimos momentos. Porque nadie más lo pudo acompañar en ese repaso sensato que antecede al postrer aliento. Solo el hombre y su conciencia. Es el terrible instante de la confesión introspectiva para llegar a lo ignoto aligerado de culpas o de reproches. Hizo bien Cervantes con este final porque a pesar de las aventuras fantasiosas vividas, Don Quijote recogía en su testamento algunos reconocimientos propios de la mejor condición humana como lo es la lealtad. Cervantes no quiso un testamento elaborado bajo los efluvios de la demencia. Deseaba un documento cargado de salud y espiritualidad. Si cuando loco Don Quijote dio a Sancho Panza el gobierno de una ínsula, así "pudiera agora -dice en su testamento- estando cuerdo, darle el de un reino, se lo diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato se lo merece".

Es la reivindicación póstuma que hace Don Quijote de Sancho Panza a quien algunos lo tienen como figura emblemática del materialismo en contraste con la estampa de Don Quijote como el idealista por excelencia. La fidelidad al amigo, la lealtad a pesar de los extravíos, da un sello de solidaridad con un ser atormentado. Es lo que sirve para apreciar en Sancho Panza unos pliegues de grandeza en su alma.

En su testamento Don Quijote también rinde homenaje a la gratitud, flor de los bien nacidos, nunca marchitable. "La primera satisfacción que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha servido". Es que en el trance final se agolpan los recuerdos de los buenos servicios tributados sin la debida retribución pensando siempre que la vida podía ofrecer la oportunidad de concretar dicha retribución alguna vez, llegando a morir el anhelo con el cuerpo.

Estos temas, de los propios de Don Quijote y de Miguel de Cervantes Saavedra, fueron en su hora muy analizados con erudición por el más grande cervantino panameño, Gil Blas Tejeira, y por el principal escritor del centenario, Octavio Méndez Pereira. Ambos lo hicieron docentemente, uno en el periodismo, otro en sus libros y en la cátedra. Allí dejaron sus testamentos espirituales.

En este año en el que se conmemoran los cuatro centenarios de la primera edición de Don Quijote de la Mancha, no se puede olvidar la iniciativa de Méndez Pereira al colocar como primera piedra de la ciudad universitaria un busto de Miguel de Cervantes Saavedra. ¡Un busto como primera piedra! Tiene su significado: allí se construye sobre ideas porque el pedestal es la cabeza de Cervantes. El dibujante francés Gustavo Doré (1833 - 1883) ilustró en una de las ediciones del Quijote el momento final del gran manchego. A su lado, agobiados, estaban su ama, Sansón Carrasco, la sobrina Quijana, el barbero, Sancho Panza, el escribano y el cura, todo muy impresionante porque la compañía póstuma eran las lágrimas y el dolor de todos los presentes. No tengo la mínima duda que Miguel de Cervantes Saavedra al escribir el testamento de Don Quijote y al relatar el episodio de la despedida del caballero de la triste figura también sintió que una lágrima ponía el punto final de una obra perdurable destinada a desafiar los siglos.

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