UNA BREVE HISTORIA

La tienda revolucionaria: Marissa Krienert

Hace un tiempo comencé un negocio de libros en un centro comercial de la ciudad, convenciendo a los administradores de darme un quiosco. Les prometí que al dármelo a mí, actuaría diferente y ayudaría a la comunidad, contrario a los demás que abusan del consumidor. Practiqué mi discurso y les presenté los ideales en los que me basaría, y accedieron. Expulsaron a los viejos vendedores y emprendí mi plan maestro.

Dividí el pequeño módulo en dos secciones. Una sección de libros marxistas al que nombré: “Esquina Socialista Popular”. La otra sección de la tienda es sobre “Justicia Social”, con libros que hablan de desigualdad de ingresos, proteccionismo y regulación.

Al haberse quedado los empleados del negocio anterior sin trabajo, luego de varios años de irles bien, los invité a quedarse conmigo. Sin embargo, en vez de pagarles salarios como los explotadores capitalistas, ofrecí hacerlos tan dueños como yo, pues mi tienda es de todos. Nos pagaríamos los mismos dividendos, luego de cubrir el alquiler, la mercancía, y por último, pero no tan importante, mi salario de 5 mil dólares, por ser el líder. Hechas esas deducciones, todos gozaremos de igualdad.

Tengo que confesar que la primera semana fue un tanto extraña. A la Esquina Socialista Popular llegaron clientes que no conocía personalmente. Yo les informé, siguiendo el protocolo que impuse, que debían llenar varios formularios para asegurarme de que toda su comunidad tendría las mismas oportunidades de leer el libro que ellos compraban. Luego, deberían presentar una declaración notariada que asegurara que no venderían el libro, pues lo que no quiero es que se corrompan al especular. Al cumplir estos procedimientos, deben regresar en 30 días hábiles a hacer fila para ver si su libro está listo, pues lo fabricaremos aquí mismo; no vaya a ser que perdamos nuestra cultura por comprarle a distribuidores externos. En eso apareció mi primo Alberto, a quién le di un libro de una vez, pues a él sí lo conozco y sé que hará lo correcto. Esto generó un poco de malestar en la gente alrededor, quienes, obviamente, no entienden que esto es una revolución y tenemos que asegurarnos de que todos sigan las reglas. Ciertamente, sin mis procedimientos todo sería caos y desenfreno, como el capitalismo salvaje. Algunos empleados se quejaron, así que tuve que gritarles traidores,pero les pedí por favorcito que se quedaran, cuando amenazaron con renunciar.

Luego pasó otro incidente, pero ahora en la sección de Justicia Social. Esta sección tiene reglas propias que hacen alusión a sus principios. Llegó un grupo en el que cada uno quería un libro diferente. Al momento de cobrarles, me sorprendió su egoísmo. Uno se molestó por el precio elevado de un libro, a pesar de que le dije que el excedente sería dado a otra fábrica de libros a la que no le va tan bien. Con el otro muchacho parecía no haber problema, hasta cuando le informé que el libro costaba el doble, pues no fue producido en la ciudad de Panamá, sino en La Chorrera. Al quedarse estupefacto, le dije que eso fue decidido en democracia, pues si más del 50% de los empleados decide que los libros de La Chorrera son una amenaza a los libros locales, entonces, nadie tiene derecho a comprarlos a su precio real. El último muchacho pareció no tener corazón. Se quería llevar uno de menor calidad, sin pagar el precio mínimo de $30 por libro que establecí. Cuándo le expuse que es injusto que esa casa editorial gane tan poco, el muchacho me volteó los ojos y se largó. ¡Qué desalmados! ¡Si lo que aquí queremos es justicia social!

Al no haber más movimiento, cerré por el día y me fui molesta. Pude notar una última cosa. En las librerías cercanas estaban mis empleados buscando empleo, y los clientes que rechacé, eran atendidos. Allá venden lo que les da la gana y al precio que les da la gana, sin que los administradores determinen lo qué es justo para todos. Y aunque las mismas editoriales burguesas estaban vendiendo más libros que nunca, las pequeñas editoras, de calidad inferior, también, tenían su clientela y estaban mejorando su calidad. ¡Qué materialistas! Prefirieron libertad, antes que igualdad, cuando para mí lo justo y más importante es la igualdad.

Al parecer no terminé con ninguna... por hoy, pues sé la única forma para que mi plan funcione mañana: Obligaré a todos los que vengan primero a mi tienda a quedarse ahí, sin poder escapar a otra. Después de todo, yo sí quiero lo mejor para todos. Es solo que no entienden que todos deben sacrificase para que mi plan funcione. ¿Cómo te caigo hasta ahora? Si extrañas algo, se llama libertad.

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