FORMACIÓN PROFESIONAL

La titulitis: Juan Planells

No se trata de una enfermedad incurable provocada por un virus o por alguna bacteria nosocomial, sino de un vicio heredado de nuestro antepasado colonial que podemos y debemos erradicar de nuestra cultura.

El mal se manifiesta por el obsesivo afán de obtener un título a cualquier precio, unido a la despreocupación por lo que este debe representar en términos de conocimientos y competencias adquiridas.

La patología titular se alimenta con la complicidad de aquellas instituciones que otorgan el certificado sin que existan suficientes méritos, o de los estudiantes que lo han obtenido fácilmente por vías inescrupulosas.

Lo primero es evidente por la gran cantidad de ineptos que exhiben sus títulos con todas las firmas y certificaciones exigidas por la ley; y lo segundo, por la existencia de un lucrativo mercado de estos documentos falsificados, que son adquiridos con la finalidad de cumplir los requisitos aprobados para ejercer las profesiones.

Sin duda alguna, a lo anterior contribuye el ineficaz sistema de evaluación existente en nuestras escuelas y universidades, que permite en muchos casos conceder títulos a estudiantes incapaces, o a la ausencia de exámenes que respalden el otorgamiento de la idoneidad. En este caso, basta tener un título para recibir otro que los habilite para ejercer y, en algunas profesiones para concederle un sello que debe colocar aunque no sepa dónde ni por qué.

Hay títulos que solo son requisitos para obtener más títulos, otros que simplemente reflejan la asistencia a unos cursos, y muchos que únicamente sirven para engrosar la hoja de vida de los aspirantes a un trabajo, o para adornar las paredes de una oficina. Hoy en día se otorgan títulos, diplomas y certificados, tanto al estudiante de preescolar como al graduado de doctorado en la universidad y al que asistió, o simplemente pagó, un seminario de cuatro horas sobre como contestar el teléfono. Algunos son de pergamino y suelen ser entregados en actos solemnes y recibidos al ritmo de marchas triunfales que nos recuerdan la dignidad nobiliaria, mientras otros más modernos tienen formatos que pueden encontrarse en económicos programas de computadora para poder ser otorgados a distancia.

La titulitis produce dos efectos secundarios, igualmente, dañinos. Uno es que deja la idea equivocada de que conseguir el valioso documento es razón suficiente para obtener un buen trabajo; y otro es que al recibirlo se ha terminado de estudiar. El título tiene la característica de no establecer grados que distingan al que lo recibe después de haber adquirido una auténtica formación, de aquel que simplemente ha cumplido con los esenciales mínimos exigidos por los reglamentos, y en la mayoría de los casos, este documento no indica ni la amplitud de la enseñanza recibida ni la intensidad de la misma.

Al ser exigidos por las instituciones educativas como precedentes de otros estudios, se convierten en un gran obstáculo para aceptar en el sistema a los que, aunque poseen la capacidad adquirida por la vía de la experiencia, no cuentan con el título que la respalda. Me ha tocado conocer a verdaderos talentos limitados en sus posibilidades de crecer y aportar a la sociedad, porque nunca tuvieron la oportunidad de ser recibidos en la escuela o la universidad, debido a que no contaban con uno de estos certificados. Por esto se han desarrollado exámenes de idoneidad para profesionales y de competencias para técnicos impartidos fuera del ámbito académico.

Afortunadamente, una gran parte de la sociedad se ha curado de la titulitis y aprendió a valorar a la persona por lo que realmente es y no por lo que dicen sus documentos, aunque tengan la firma de distinguidos decanos y los sellos de importantes servidores públicos. Nadie le pregunta al cantante preferido si tiene título de solfeo, o al empresario exitoso si cuenta con un doctorado en administración o finanzas. Los gerentes de personal ya saben que en la búsqueda de candidatos para un trabajo no es buena práctica creer solamente en lo que dicen los títulos, sin una verificación sobre lo que realmente sabe el recipiente del mismo.

Pero, lamentablemente, otra parte de la sociedad se ha contagiado de la titulitis y continúa insistiendo en fundamentar sus capacidades en la letra muerta de un papel, o su poder en la facultad que brinda la ley para decidir quién sabe y quién no.

Los panameños tenemos muchas cosas que cambiar si queremos, realmente, contar con un sistema educativo más efectivo. Una de ellas es erradicar este vicio por alcanzar un documento que poco significa sin ir acompañado de un aprendizaje real y de excelencia. La primera frustración que reciben los graduados que no están capacitados ocurre cuanto entran en el mercado laboral y encuentras que lo enseñado tiene muy poca relación con lo que necesitan en términos de conocimientos y competencias. La segunda, cuando al ejercer el trabajo se dan cuenta que tienen que seguir estudiando, porque el título recibido no representa el fin de una etapa, sino más bien la invitación a continuar aprendiendo indefinidamente. Después de todo, título en un libro solamente es lo que trata de anunciar el asunto de que trata, y se coloca al principio y no al final del mismo.

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