RESPONSABILIDAD CIUDADANA

En torno a las mascotas abandonadas: Miguel Ramos

Desde que tengo uso de razón, tanto en la ciudad de Panamá como en el resto de los principales centros urbanos de nuestro país, miles de mascotas, sobre todo perros y gatos, deambulan abandonadas a su suerte por nuestras calles. Muchas se encuentran en precario estado de salud, mientras que la actitud de gran parte del público ante esta situación es de indiferencia, rechazo y, en el peor de los casos, de maltrato.

Algunas personas compasivas se han asociado en grupos de ayuda a los animales. Ellos de su propio dinero y, también, con donaciones de algunas empresas privadas, hacen lo indecible por auxiliar a estas criaturas.

Naturalmente, si bien es cierto que el esfuerzo que realizan es loable, resulta insuficiente porque no pueden sufragar los costos derivados de enfrentar este problema. En muchos países este asunto lo asumen las alcaldías, a través de la instalación de albergues municipales para perros, gatos y otras mascotas, con el personal necesario, que incluye a médicos y auxiliares veterinarios. También, las autoridades apoyan y facilitan el trabajo de las asociaciones amigas de los animales.

En Panamá, el abandono de animales no tiene los niveles de gravedad que ha alcanzado en ciudades como México o en territorios como Puerto Rico, en donde debido a los cientos de miles de animales que son abandonados, las autoridades decretan el sacrificio de aquellos cuyos dueños no reclamen.

En Panamá, las autoridades municipales deberían decretar que toda mascota sea registrada y que use collar y placa con su nombre, el número telefónico de los dueños y respectiva dirección.

Igualmente, debería tomar las previsiones necesarias en caso de una persona o varias no puedan seguir manteniendo a sus mascotas, y facilitarles los trámites para que la entreguen, ya sea a los albergues municipales o a las asociaciones amigas de los animales que puedan adoptarlas.

Esta solución no es costosa. Recuerdo que cuando yo era niño, un alcalde de Colón, entre 1964 y 1965, de nombre Mario Julio, improvisó una perrera municipal y decretó que todos los canes tenían que portar una placa con su nombre y la dirección de su dueño. Después de su periodo esta iniciativa no se continuó.

Además de las medidas anteriores, considero que se deberían impulsar campañas para inculcar conductas más compasivas con los animales, particularmente, con los perros y gatos.

Un gran poeta inglés del siglo XIX señaló en sus escritos que entre más conocía a la gente más quería a su perro. Quienes hemos tenido perros sabemos lo noble que es esta criatura y que la lealtad a sus dueños no se rompe ni con la muerte.

Ver a una mascota abandonada a su suerte no solo provoca tristeza, sino una gran sensación de impotencia, al no contar con los medios para ayudarlos. Enfrentar este problema no solo genera beneficios para la salud pública, sino una mayor responsabilidad ciudadana.

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