EL MALCONTENTO

La trampa racial: Paco Gómez Nadal

Las noticias suelen tener sobredosis de vacuidad. El tratamiento de la realidad como un relato de sucesivos acontecimientos inconexos hace que no entendamos nuestro mundo, que no podamos centrarnos en las contradicciones de fondo y solo leamos los diarios como recorremos la colección de hechos deslavazados que nos bombardean para aturdirnos.

Una defensora que no defiende –nada nuevo en Panamá–, una corrupción permanente que va desde Las Garzas a las oficinas médicas, una desigualdad sangrante que chapotea en un clima de violencia social... anécdotas sueltas que se acumulan para olvidar todo lo anterior: aquella ciudad de Colón levantada de la que ya no se habla, esos indígenas que cortaban carreteras porque solo el bullicio del silencio de los motores los permitía hacerse oír, esos pobres de rematar que aceptan obras faraónicas y mentiras a cambio de un pírrico salario con fecha de caducidad... Tener memoria abruma, sostener la memoria colectiva aparece como tarea de titanes.

Eso es así desde hace mucho tiempo. No descubro nada nuevo, pero es que cada día estoy más convencido de que “lo nuevo” se convierte en trampa envenenada para que olvidemos lo fundamental (marcado, casi siempre, por la pátina del tiempo). Así y todo, toda estructura tiene grietas y en ellas, de vez en cuando, entra la realidad estructural de la forma más contundente. Por ejemplo: se cuela entre las noticias que una Mirna Cunningham, nicaragüense que forma parte del casi invisible Foro Permanente de Asuntos Indígenas de la ONU, ha denunciado la inalterable estructura racista que perdura en América Latina desde que españoles, primero, y el resto de Europa, después, se inventaran el concepto de raza para justificar la explotación y exterminio del otro. “La criminalización que hacen los Gobiernos latinoamericanos sobre las acciones y protestas de los pueblos originarios y de ver al indígena como terrorista refleja las concepciones racistas que trajeron los colonizadores hace más de cinco siglos”, explicaba Cunningham en Lima hace unos días.

Y es así. Justo en las últimas horas tenía la oportunidad de meterme de lleno en el “asunto colonial” al encontrarme con un gran amigo, estudioso del asunto y enzarzado en tratar de convencernos al resto de la importancia del nudo racial. Las izquierdas tradicionales se han empeñado en decirnos que todos nuestros problemas tienen que ver, casi en exclusiva, con la lucha de clases; la derecha –esta siempre es tradicional– insiste en que no hay problema alguno que no se resuelva con el esfuerzo individual, con el emprendedurismo que dinamiza los mercados y las sociedades. La realidad siempre es más compleja. El racismo estructural se combina de forma perversa con el patriarcado (el occidental y el originario), con el capitalismo y con el colonialismo para perpetuar una situación que condena a seres humanos desde su nacimiento a valer menos que sus semejantes. La raza (falaz disculpa mentirosa hija de la conquista), el sexo (pobre argumento de exclusión agazapado en templos, familias y escuelas) o la nacionalidad y el territorio (cárceles identitarias condicionadas por los ganadores de las batallas coloniales) dibujan una estructura injusta, excluyente y brutal.

Cunningham tiene razón. Nada ha cambiado en el fondo. La mayoría de los criollos latinoamericanos mantiene la estructura racista que invisibiliza, primero, y criminaliza, después, a los pueblos originarios. Pero también es un lastre para esas mismas clases fruto del mestizaje forzado, ya que les impide vivir en sociedades plurinacionales, diversas, ricas en ese sentido. Panamá es un ejemplo de la hipocresía de la modernidad, del poco avance en los cambios estructurales necesarios.

El país presume de diversidad biológica y humana para, segundos después, acabar la primera a punta de extractivismo y desarrollismo y arremeter contra la segunda cuando “los nadie” –indígenas y afrodescendientes– deciden abandonar su papel de figurantes en la película nacional.

El racismo es una mentira en sí. No hay razas. Hace tiempo que se cayeron los amañados argumentos pseudocientíficos divulgados en los siglos pasados para justificar la servidumbre, el etnocidio y la ocupación territorial. Pero el término raza, en esa larga noche de los tiempos, quedó naturalizado y fue incorporado con naturalidad a nuestro lenguaje. Para los que lo siguen utilizando, hay otra trampa: pensar que los supuestos miembros de una raza son mejores que los encasillados en otra. Todo es tan ridículo que parece de chiste. No tiene, sin embargo, ninguna gracia.

En lo que sí hemos avanzado en estas últimas décadas es en romper la barrera del silencio. Igual que las mujeres hace tiempo que decidieron luchar, hablar, derrumbar las barreras del patriarcado; los pueblos originarios llevan años de activismo, lucha, defensa identitaria. Los nuevos movimientos políticos y sociales deben entender estas encrucijadas si quieren construir sociedades nuevas y poderosas. Si no abordamos la trampa racial en América Latina, estaremos jugando a las mudanzas semánticas. Nada más.

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