INDIGNACIÓN

¡Qué triste futuro!: Enrique Jaramillo Levi

Qué triste futuro el que espera a la humanidad si continúa predominando –extendiéndose como inexorables plagas de bacterias enloquecidas– un estado de cosas en el que la ambición desmedida, el egoísmo, la progresiva corrupción rampante, la impunidad, el mercantilismo voraz, la discriminación de las minorías, la descarada explotación de todo y de todos, en perjuicio de la sociedad y en beneficio de las minorías poderosas, así como el cada vez más contaminado y contaminante tejido social de las naciones no parecieran tener medida ni final.

Un futuro con muy pocas opciones valederas para quienes, sensibles al chantaje psicológico y a la sumisión, no solo se nieguen a ser serviles del statu quo dominante o lacayos del poder, sino que elijan la disidencia y, a la larga, la abierta insubordinación o protesta.

Porque, sin duda alguna, se trata de un fenómeno mundial contra cuyas manifestaciones más evidentes han venido protestando en muchos países enormes grupos de “indignados” que ven deteriorarse rápidamente su calidad de vida. Un futuro que en muchos sentidos es ya un presente ominoso, enervante, capaz de causar tarde o temprano una simultánea explosión social de enormes consecuencias, al mismo tiempo que los negociados siniestros del narcotráfico internacional extienden por el mundo sus garras y, sobornándolas, acaparan voluntades.

La combinación del poder económico de las grandes corporaciones con el que ostentan los megaconglomerados bancarios, manejados maquiavélicamente por esa dañina raza de empresarios ambiciosos, coludidos con inescrupulosos políticos corruptos, o de estos con aquellos –para el caso es lo mismo–, pareciera ser el trasfondo visible de la deshumanización que desde diversos ángulos, y a variados niveles, nos corroe. Pero cómo negar que es el sistema mismo el que lo permite. Ese desmadre creciente y omnímodo del “capitalismo salvaje” al que recriminó Juan Pablo II alguna vez y para siempre, haciendo notar cómo sus efectos nocivos impregnan hasta la médula el altivo corpus de la posmodernidad tecnológica.

Cada vez más los miembros de la sociedad se sienten impotentes, a merced de fuerzas que no controlan, que los rebasan a diario y le desquician la vida, como si los países, en vez de estar poblados por seres humanos con derechos y obligaciones, solo estuvieran habitados por entes sin voluntad propia, manipulables por el Big Brother estatal y las insaciables empresas coludidas con el poder. Sin garantía alguna de identidad y defensa propia. Y la gente empieza a acumular ira, a no estar dispuesta a seguir así. Porque no ve soluciones, no sabe qué hacer ante la injusticia y la impunidad. Y ya se sabe, la desesperación y la ira que esta genera no son buenas consejeras. Históricamente, el abuso siempre ha tenido un límite y sus consecuencias son imprevisibles. A menudo funestamente imprevisibles.

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