LA MUERTE DE CHÁVEZ

El último ´show´: Xavier Sáez-Llorens

Desde una perspectiva sociológica, me parece completamente legítimo que un venezolano llore o celebre la ausencia de Chávez. La mitad de la población percibió beneficio, la otra mitad perjuicio. No hay peor hipocresía que criticar agriamente a alguien en vida para después ofrecerle ternura al morir o viceversa.

La muerte no redime a nadie. Esta metamorfosis conductual ocasiona que la historia se replete de distorsiones, catalogando impostores como héroes. En aras de objetividad, le puedo conceder algunos aciertos en el ámbito social. Los logros, empero, fueron alcanzados deteriorando paz, libertad y democracia. Provocar, además, el éxodo de miles de ciudadanos que no podían disfrutar de independencia política, cultural o económica en su país natal, constituye una execrable violación a la dignidad humana. Mis padres sufrieron situación similar durante la tiranía franquista. No se lo deseo a nadie. Cualquier persona que fuerce esta migración debe ser inmediatamente descalificado como hombre de bien.

Hasta el momento de su velorio, todo lo que rodeó al líder bolivariano fue un show mediático destinado a manipular emociones para preservar poder. A juzgar por la obra de teatro montada por Maduro, contundente exhibición de tercermundismo rancio, tal parece que el leal camarada será igual o peor. El culto a la personalidad es propio de dictaduras, monarquías y teocracias. Ni Chávez, curiosamente, pretendía ese narcisismo cadavérico. Él había expresado que adorar a los muertos en público era una actitud macabra, reflejo de la podredumbre de la sociedad actual (AristeguiNoticias.com). García Márquez, literato afín al socialismo, señaló que no había justificación alguna para confundir reverencia a los ídolos con tributo a las momias, oponiéndose a los festejos funerarios para exaltar muchedumbres (“El destino de los embalsamados”, El País, septiembre 15, 1982).

Venezuela fue sometida por 15 años a un régimen personalista, donde todo giraba en torno al caudillo. No obstante, ni el día ni el detalle de su muerte pertenecen a sus fieles seguidores. La mentira fue la principal protagonista. La filtración accidental de sucesos y la lógica médica sugieren que Chávez murió en Cuba. Es plausible que primero sobrevino el cese de la función cerebral y tiempo después la desconexión de la ventilación artificial. Antes de la pantomima que envolvió su retorno e internación en hospital militar, debió ser preparado por algún artista de la tanatopraxia (cuidado estético del cadáver). Durante la ceremonia religiosa, cualquier observador acucioso pudo percatarse de la presencia de signos visibles que delatarían el tiempo de su fallecimiento. La ciencia forense no da lugar a especulaciones (Pachard, Libro de Patología Legal, Panamá 2011).

Existen hallazgos tempranos (primeros días) y tardíos. Apenas el corazón deja de latir, el cuerpo pierde calor y se enfría (algor mortis). La deshidratación, causada por falta de aporte endógeno de agua, provoca resequedades o excoriaciones en tegumentos y mucosas, particularmente en labios, córneas y genitales. La sangre, al no poder circular, se acumula por gravedad en sitios declives, ocasionando decoloraciones azulosas y livideces en zonas de presión (livor mortis). Horas después, los músculos se tornan rígidos (rigor mortis). Paralelamente, acontecen numerosos cambios químicos, con liberación masiva de enzimas que degradan fibras y células de forma generalizada (autolisis) y formación de ampollas cutáneas.

La reducción en el suministro de oxígeno favorece la proliferación de bacterias anaeróbicas, habitualmente presentes en el tracto gastrointestinal del ser humano. Los microbios propician la síntesis de ácidos orgánicos y gases que fermentan los tejidos. Este estado de putrefacción se manifiesta usualmente a las 24 horas del deceso por la aparición de una mancha verde en el abdomen, la cual se extiende al resto del cuerpo y deja la piel marmórea (fase cromática). Uno a dos días después, sobreviene deformación e hinchazón del cuerpo, inicialmente evidente en vientre y rostro (fase enfisematosa). Luego de varios días, comienza la separación de las partes blandas, con desprendimiento de cabellos, uñas o piel de manos y pies (fase colicuativa).

Un sinnúmero de delegados internacionales acudió a la misa final. Los motivos de la nutrida concurrencia incluyen genuina amistad, conveniencia ideológica, diplomacia política o deseo de seguir recibiendo subsidios económicos o petroleros en el postchavismo. Los jerarcas cubanos parecían ser los estrategas de toda la parafernalia planeada para el antes, durante y después de Chávez. Esta injerencia foránea contrasta con el discurso tradicional de la izquierda que critica cualquier intervención extranjera en las soberanías nacionales. De mal gusto fue utilizar ese momento de dolor para lanzar arengas revolucionarias, acentuar lucha de clases y acusar al imperio estadounidense de asesinato. Maduro insinuó la inoculación deliberada del cáncer. Morales se sumó al ridículo hablando de envenenamiento. Para rematar la faena oligofrénica, resulta que Chávez persuadió a la deidad cristiana para que el nuevo pontífice fuera latinoamericano. Quizás piensa que sus votantes son todavía más tontos que él mismo.

Urge estipular que para ser mandatario, el candidato debe poseer un coeficiente mental no menor de 80 (inteligencia promedio) como requisito fundamental. Estos dos personajes, por lo visto, ni siquiera llegan a cifras limítrofes.

Otro criterio debería ser descartar a los que se creen imprescindibles, para prevenir megalomanías. Cito como ejemplo a países escandinavos. ¿Puede usted mencionar, sin necesidad de Google, los jefes de gobierno de Noruega, Finlandia, Suecia o Dinamarca? Lo dudo. Estas naciones, sin embargo, funcionan de maravilla. Sobran explicaciones. @xsaezll

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