DÍA DE LOS DIFUNTOS

¿De qué valen los reconocimientos tardíos?: Gil Moreno

Decía mi abuela (q.e.p.d.): “Lo que me vas a dar, dámelo en vida”, y tenía razón. Después de muertos, ¿de qué valen las lágrimas y los reconocimientos de los familiares y amigos del desaparecido, si no le prodigaron en vida amor, atenciones y hasta recursos económicos suficientes para hacerle más llevadera la existencia?

Todas esas distinciones y reconocimientos tardíos que le dimos a una buena madre, a un buen padre, a una buena esposa, a un buen esposo, a un buen ciudadano, a un gran hombre, están de más.

Y es que cuando una persona muere –contra toda lógica– es que venimos a exaltar sus virtudes y sus ejecutorias, porque al parecer hay en muchos de nosotros, una especie de rechazo en reconocer lo bueno que hicieron en vida, porque como dijo Juan Montalvo en su grandiosa obra Capítulos que se le olvidaron a Cervantes: “Los muertos no oyen los panegíricos ni las alabanzas que los vivos pronuncian en su nombre”. Todo esto tiene su explicación en el hecho de que a los vivos los tenemos por iguales a nosotros, pero a los muertos, casi siempre, los rodeamos de una aureola de grandeza y de santidad. Por eso, cuando la persona muere o pasa a otro plano de existencia, entonces valoramos lo que fue en este mundo.

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, reza un dicho muy sabio. Lo malo es que cuando venimos a comprender esto, es demasiado tarde, ya no podemos dar marcha atrás; de nada valen, entonces, los lamentos y los arrepentimientos tardíos por no haber valorado –en su momento– y en su justa dimensión, a los seres queridos y los tiempos idos que nunca volverán, porque lo que se va, no vuelve.

Pero veamos lo que nos dice Montalvo al respecto: “Nunca es tarde para el desagravio, pero dudo que algo le aproveche su estatua de bronce al que en la vida fue infeliz, y con todo su talento y su grande alma, devoró el hambre, acosado por la maledicencia. Echadas bien las cuentas, díganme vuestras mercedes, si los tardíos honores que los pueblos suelen tributar a los hombres preclaros, descuentan de ninguna manera las tribulaciones y amarguras de que les hartaron en vida. La tumba es templo oscuro, impenetrable, la luz, el ruido del mundo, no tienen entrada en ella; los muertos no ven sus mausoleos, sus bustos, sus estatuas; no oyen los panegíricos que pronuncian los oradores; no sienten alegría ni placer a las oraciones en que se les alaba”. “Bueno, justo y necesario –nos dice Montalvo– es honrar la memoria de los varones esclarecidos con esas demostraciones con que los hijos descuentan la maldad o indiferencia de sus padres. ¿Mas no sería también conveniente mirar por un hombre ilustre cuando vive y necesita el apoyo de sus semejantes, sin esperar su muerte como condición indispensable de nuestra bondad y justicia?”.

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