PERSONAJE SINGULAR

Una vecina que incomoda: Berna Calvit

Un acontecimiento familiar feliz me llevó de viaje fuera del país: la graduación de mi nieto menor. En Washington, D.C. siempre visito el mall, una larga y ancha franja de terreno donde están los museos del Smithsonian Institute (Historia Natural, Historia Americana, Arte Africano, Aire y Espacio, Arte, Jardín Botánico, etc.), el Capitolio, monumentos de Lincoln, Jefferson, Washington, etc. El monumento a los caídos en Vietnam siempre logra que se me haga un nudo en la garganta; la pared de mármol gris empieza con un par de nombres grabados y aumenta gradualmente en altura con miles de nombres de los que murieron en una guerra particularmente nefasta para la historia política de este país, un baldón imborrable que aún despierta vergüenza y dolor. El mall es extenso y hay tanto que ver que es imposible lograrlo en un día; de regreso pasé frente a la Casa Blanca y decidí acercarme al extraño personaje que lleva años en “campamento de paz” en la acera del parque de Lafayette. En una desvencijada silla de lona bajo una carpa de plástico en forma de iglú, la pacifista Concepción Martín Picciotto (Connie) guarda sus únicas posesiones, lo indispensable para permanecer allí; gallega nacida en Santiago de Compostela, empezó su lucha personal al perder a su hija Olga cuya patria potestad fue concedida en 1974 a su exmarido, ítalo-norteamericano; perdió su trabajo en el consulado español en Nueva York y la nacionalidad española. Se quedó en Estados Unidos y a pesar de la ayuda de grupos religiosos y de derechos humanos no logró recuperar a su hija, a quien no ha vuelto a ver; la razón del divorcio siempre lo ha callado. En 1978 empezó a denunciar su problema frente a la Casa Blanca; en 1981 se unió a la vigilia del pacifista William Thomas contra las armas nucleares, también en el mismo lugar. Es la protesta política más larga en la historia del país.

En 2009 fallece Thomas, pero Connie no se va. Es imposible ignorarla al pasar por el lugar, sitio obligado para el turista; hoy “se la aguanta” como vecina que incomoda el presidente Obama, hace unos años se la aguantaron los presidentes Reagan, George Bush padre, Clinton y Bush hijo. Varios letreros a su lado denuncian las armas nucleares, otros piden detener la guerra. Decidí acercarme para ver si podía hablar con la anciana; la saludé en inglés, me miró y sin hablar, empezó a señalar los letreros (Bush, el verdadero terrorista; Vives por la bomba, morirás por la bomba; Desarmen a IsraHell; Salven el mundo, salven los niños, etc.). ¿De dónde eres? preguntó en español; cuando le contesté“de Panamá” torció el gesto y dijo: “Bush, invasión”. Le pregunté si los policías del Servicio Secreto (cuatro de ellos a pocos metros) la molestan y dijo “a veces”. Contesta en un inglés algo difícil de entender (tal vez por falta de dientes) dijo que otras veces, señalando a personas alrededor, “ellos lo hacen”, es decir turistas “patriotas” que la insultan, pero que no le importa; se queda pese a la “gente buena y gente mala que quieren que me vaya de aquí”. A los que se acercaban mientras yo intentaba mantener la conversación, les indicaba una caja de cartón donde depositar las contribuciones de los que admiran su causa o contribuyen por lástima hacia la anciana; el dinero lo pasa a organizaciones pacifistas; no cobra por dejarse retratar, pero exige que se oiga lo que tiene que decir sobre la guerra, la paz, los niños. Me entregó una copia del artículo publicado en El País de España en 1991 y de la carta al entonces presidente de España, Felipe González, en la que critica la postura de España en la crisis del Oriente Medio; ha aparecido en documentales, televisión y publicaciones diversas; educadores (asumo que “de avanzada”) la muestran como ejemplo de activismo social; en internet hay abundante material sobre Connie y su tolda que “chilla” en una zona tan turística, con bien cuidados parques e imponentes construcciones históricas; detestada por unos, otros la admiran como símbolo de lucha tenaz contra la guerra y por la paz, una esperanza que no debe perderse. No noté en Connie señales de senilidad; estrafalaria pero aseada, tiene a mano una escoba y un recogedor para mantener limpio el espacio que ocupa; sus bienes son los que puede llevar en el bolsón de mano. Se necesitan temple y convicciones firmes para soportar las penurias de Thomas y Connie: frío, hambre, prisión, insultos, burlas. Hoy, después de 34 años de vigilia en inviernos de frío extremo, primaveras hermosas, coloridos otoños y calurosos veranos ¿qué mantiene a la septuagenaria en ese lugar si en la casa blanca que tiene enfrente lo único que cambia es el inquilino? “Y siguen peleando en algún país, no quieren paz, guerra es dinero”, dice Connie. ¿Es, como afirman sus detractores, una aprovechada de la lucha que inició Thomas, una cirquera, una vieja paranoica, inadaptada social?

¿Lo hace por convicciones honestas, como dice, mientras señala la casa del vecino “un sacrificio para impedir la destrucción del mundo”? Sea lo que sea, seguirá siendo “hasta que Dios quiera”, la vecina incómoda del poderoso que vive en la Casa Blanca.

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