AL MARGEN DE MEDIDAS ELECTORERAS

El verdadero estadista: Eric Quintana E.

“No hay, en efecto, mejor programa de gobierno que la promesa de cumplir y hacer cumplir estrictamente la Constitución y las leyes del país y quienquiera que lo jure y prometa a conciencia y se ajuste a él sin vacilaciones, tiene para llenarse de gloria en una República como la nuestra en donde ha sido tan fácil prescindir de la primera y burlar las otras sin escrúpulo ni remordimiento”. Así empezaba su discurso de toma de posesión, el gran estadista panameño, doctor Belisario Porras, el día 1 de octubre de 1912.

El discurso del doctor Porras hubiera quedado en el olvido como cualquier discurso más, pero por el contrario trascendió el tiempo, debido a que su autor se erigió en uno de las grandes estadistas de Latinoamérica, cuyo legado indefectiblemente ha sido reconocido por propios y extraños.

Él mismo, a pesar de ser víctima durante la campaña electoral de grandes calumnias e insultos y de todos los dicterios, se mantuvo ecuánime y tolerante, aplicando como muy bien lo expuso en su discurso la máxima: “Non flere, non temere, non indignari, sed intelligere” (no llores, no temas, no te indignes, sé inteligente), tomando aquello no como el producto de la manifestación de un odio intemperante, sino como el producto natural de las pasiones excitadas por el ardor de la contienda política.

Y gobernó sin enconos y sin espíritu de venganza por y para todos los panameños. Y es que un verdadero estadista se diferencia sobremanera de un político común. Ya que es capaz de guiar, conducir a su pueblo y, obviamente, trasciende las fronteras de su país, sabe escuchar tanto a los que disienten de él, como a los que lo apoyan. Difícilmente cuenta con el beneplácito de mediocres, timoratos y oportunistas; que es nuestro pan de cada día en la cotidianidad política panameña.

Para el primer ministro de Gran Bretaña hacía 1867, Benjamín Disraelí, la diferencia entre un estadista y un político es que mientras el primero piensa en las futuras generaciones, al segundo solo le interesa el próximo acto eleccionario.

El estadista se anticipa al futuro. No confunde el concepto de plan estratégico con medidas netamente tácticas o electoreras. Un estadista no inaugura obras para granearse adeptos ni para sacarle provecho económico a las mismas ni le endosa sus errores a quienes lo suceden en el cargo; cuida de las finanzas como un buen padre de familia. No gobierna mirando las encuestas y distingue muy bien la apariencia de la esencia. Un estadista sueña con quimeras, pero igualmente intuye y conoce lo que es posible.

A escasos meses de un nuevo torneo electoral en nuestro querido país. Es necesario que analicemos las propuestas electorales, que verifiquemos cada uno de los perfiles de los candidatos, sus trayectorias y ejecutorias previas, de tal suerte que podamos contar con elementos mínimos, que nos permitan elegir sino un Belisario Porras, por lo menos a la persona que tenga las mejores intenciones de establecer medidas políticas, económicas y sociales, necesarias para enrumbar a nuestro país.

Que sus actuaciones no sean de corte demagógico o populista, sino pensando en el fortalecimiento de nuestras instituciones democráticas, con la moral íntegra, un dirigente que no robe ni permita la corrupción. Sé que resulta una tarea difícil, pero no imposible, pues necesitamos de una buena vez por todas depurar el ominoso sistema político nuestro.

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