EL MALCONTENTO

De vertederos y espejos: Paco Gómez Nadal

A todos nos gustaría tener el espejo de la bruja de Blancanieves, un espejo mentiroso, vasallo, arrodillado, que siempre nos confirmara que somos los más bellos o bellas sobre la faz de la Tierra. Nos gustan los espejos solo si no nos contradicen. A veces, nos pasa lo mismo con las personas. Pero, la realidad es tan terca como un poema. El colombiano Juan Manuel Roca amenaza: “Fabrico espejos:/Al horror agrego más horror,/Más belleza a la belleza”.

Al igual que los humanos, las sociedades, los países, tienen sus propios espejos. Unos son hermosos, postales simplonas para turistas recortadas de una realidad múltiple y compleja. Otros, distorsionan la imagen que tenemos de nosotros mismos hasta llevarnos a la locura. Cuando se nos acusa a algunos articulistas de ver solo la cara fea de nuestras sociedades, los granos y las deformaciones, nos gusta responder que eso también es la realidad y que esa es la que hay que mirar para mejorar nuestro cutis y nuestras formas. La belleza ya es bella; el horror amerita solución.

Esta introducción solo es un pasadizo para llegar a los lugares más deleznables de nosotros mismos: los vertederos. Las sociedades occidentales, consciente o inconscientemente, exigen de sus Estados que aparten lo feo de los lugares de paso, de la vida cotidiana. Una vez que nos han quitado de en medio el horror nadie pregunta por él, ni si quiera se inquieta: para eso pagamos impuestos ¿no es así? Para que así sea, se inventaron los vertederos. Los hay de humanos, las cárceles, reclusorios, manicomios, residencias para personas dependientes... donde el Estado aparta de nuestro paisaje cotidiano a las personas con “fallas”: delincuentes, pervertidos, enfermos mentales, ancianos sin familia, enfermos terminales... Los vertederos humanos son espejos de la calidad de una sociedad. Si usted quiere conocer el grado de cumplimiento de los derechos humanos o la evolución política de un país no visite los parques principales ni los malecones, pida entrar a una cárcel común, a un manicomio o a un hospicio para gente de la calle: es ahí, con los denominados disfuncionales, donde veremos si esa sociedad es solidaria, humana y decente. En ese examen Panamá sale mal. Ustedes lo saben. Nuestras cárceles son un vertedero humano donde nada vale la vida y menos pesan los sentimientos de los que allá adentro están, sea justa o injustamente (“Algo habrá hecho”, piensa siempre el que está afuera mientras está afuera). Menos sabemos de los manicomios o de los lugares donde agonizan los que no tienen a nadie que los acompañe por amor.

También tenemos los vertederos de los desechos de la sociedad de consumo. No hay nada que hable mejor de nosotros que nuestro tinaco de basura. Somos lo que tiramos, somos nuestras sobras. Ellas hablan de nuestros hábitos, de nuestros pecados, de nuestras capacidades o de nuestro nivel económico. Aporta tanta información la basura que los expertos en marketing de Estados Unidos se inventaron una técnica para conocer mejor a sus consumidores denominada Dustbin-Check. Descubrieron que el tinaco es mil veces más sincero que las encuestas. La basura no engaña.

La mayoría de los ciudadanos se despreocupa de sus basuras. Las entregan en una esquina y a alguna hora pasan unos trabajadores que la meten a un camión y por arte de magia nuestra porquería desaparece. ¿Y a dónde va? Bueno, otra de las visitas recomendables para entender el grado de evolución de una sociedad es la del vertedero. Imagino que pocos panameños han dado un paseo dominical por Patacón, pero dice mucho. También cómo se gestiona. Recuerden que ya con el gobierno de Martín Torrijos se habló largo y tendido sobre el vertedero y que Juan Carlos Navarro no pudo (no supo) encontrar una solución para la gestión de la basura de la capital en 10 años. Tampoco el Gobierno actual. Cerro Patacón solo es visible cuando se desborda, cuando arde, cuando sus cenizas traspasan la frontera interpuesta entre la mie... y los ciudadanos y tenemos que tragarnos nuestros residuos al mismo tiempo que respiramos. Ni se gestiona bien ni se gestiona (ni bien ni mal) el desastre del incendio: se niega el desastre, se pone en riesgo la salud de las y los capitalinos, se juega con discursos y, lo más grave, es que jamás conoceremos la verdadera repercusión de este suceso en llamas.

Lo más normal es que en unos días la situación quede normalizada, que cerro Patacón deje de ser noticia y que todas y todos sigamos produciendo más basura de la debida confiados en su desaparición mágica en la esquina de la casa.

Los vertederos (humanos y materiales) son espejos imprescindibles, son la última frontera de la verdad social. Ignorarlos es tranquilizador, pero supone alimentar la bomba de excremento en la que podemos ahogarnos.

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