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multitud despide a presidente de venezuela

Caos en la capilla ardiente

El ambiente empezaba a enrarecerse. Se formó una pelea y la gente comenzó a gritar. Y miles seguían colándose para poder despedirse de Hugo Chávez.

El enorme paseo que conduce a la Academia Militar de Caracas está adornado con banderas venezolanas en los postes de luz. Un poco más adelante, las ídem de los países bolivarianos –entre ellos Panamá– ondean a media asta.

La presencia de nuestro emblema en ese grupo es curiosa. Después de todo, los ejes sobre los que gira la idiosincrasia de estos pueblos son completamente ajenos al Panamá de hoy. Quizá por eso, para un panameño es difícil procesar la inmensidad y el aire imperial del Paseo de los Próceres, o de la academia en sí.

La tarea se vuelve aún más difícil cuando hay una multitud en el orden de los millones –y una fila de ocho kilómetros– intentando entrar a velar el cuerpo sin vida de un solo hombre.

El velatorio de Hugo Chávez empezó la noche del miércoles. María Violeta Salazar llevaba en la academia desde las 11:00 a.m. de ese día. “Hasta que no lo veamos, no nos vamos”, dijo a este diario a las 7:00 p.m. sin saber a qué hora ni cuándo ocurriría eso. “Chávez fue un padre protector. Bolívar fue importante, pero para mí Chávez está solamente por detrás de Cristo. Él sigue vivo en cada uno de nosotros”, terminó, emocionada, y se puso a cantar.

En ese momento, una pantalla gigante transmitía las primeras guardias de honor. La primera fue de los presidentes extranjeros que ya se encontraban allí –los de Argentina, Bolivia y Uruguay– y les siguieron tres o cuatro más de distintos estamentos familiares y estatales. Sobre las 8:00 p.m. se invitó a entrar “a sus hijos queridos, su pueblo amado”. La gente estalló en vítores, gritos y aplausos, y empezó la procesión.

Solo dos horas después llegó Marco Páez, un taxista de 42 años. A la 1:20 p.m., de ayer jueves, recién salía de ver al Presidente. “Lloré cuando lo vi”, dijo, sin mostrar su cansancio.

Cerca de ahí, la señora Gloria, jubilada, descansaba del inclemente sol sentada bajo una sombrilla. “Ya no somos los pendejos de antes, él nos hizo despertar”, decía, mientras sostenía las dos suelas de sus zapatos. “¡Por Chávez perdí los zapatos, pero no importa!”.

Acto masivo

Desde la tarima asignada a los medios, el panorama hacía volar la imaginación. Se dice que más de 2 millones de personas estaban allí en ese momento, evocando inevitablemente comparaciones con las concentraciones humanas más grandes de los últimos tiempos. Una periodista argentina comentó que “el funeral de Kirchner fue masivo, pero esto es una locura”.

Y era una locura. Sea por malos cálculos o por simple negligencia, la marea de chavismo que inundó los predios de la Academia Militar, alma máter del fallecido comandante, rebasó con creces el dispositivo de organización y control del ejército. Más de siete filas distintas –todas literalmente kilométricas– convergían en una de las esquinas del edificio de la academia. Ese punto era el epicentro del caos. A la vez, una serie de barreras metálicas constituían un segundo perímetro que ayudaba a periodistas y a otros profesionales a hacer su trabajo.

Pero la barrera cedía. La gente gritaba y los soldados corrían a contenerla. Muchos discutían. Había altercados. “¡Disciplina!”, cantaban algunos, intentando apelar a lo mejor de cada quien. Pero la cosa olía mal.

“Si esto termina sin muertos, es un milagro”, decía una periodista al ver a la multitud constantemente derribar las barandas en distintos puntos. Había mujeres con bebés bajo el sol ardiente. Nadie vendía agua ni comida. Periódicamente, soldados o miembros de protección civil pasaban corriendo con algún desmayado o sofocado entre los brazos. Y mucha, muchísima gente que estaba ahí desde la noche anterior, veía con furia cómo cientos de miles de personas se colaban.

Entre esas personas estaban las señoras Mary, Carmen e Inocencia, amas de casa. Compartían la sombra de un paraguas mientras se quejaban de la falta de organización. Y sin embargo, ahí se iban a quedar. “Chávez fue todo para nosotros. Él se preocupó por los pobres”. Preguntadas sobre el futuro, no titubearon: “tenemos la fe puesta en [Nicolás] Maduro. Vamos a darle ese éxito electoral a Chávez”.

ESTAMPIDA

Justo en ese momento, una turba de gente empezó a correr desde el punto donde convergían las filas. Era una estampida. El pánico se apoderó de muchísima gente, pero no pasó a mayores.

El ambiente empezaba a enrarecerse. Se formó una pelea y la gente comenzó a gritar. Y miles seguían colándose.

Mucha gente se empezó a ir. En realidad, había filas por haberlas. Ninguna avanzaba. Las afueras de la academia eran una olla a presión donde se cocinaba lentamente la frustración de cientos de miles de personas. Y lo peor es que solo los soldados, que ya habían fracasado en controlar la situación, eran lo único que los separaba del peligro.

Irónicamente, el desorden, el caos y la desorganización se habían apoderado de la institución que debería representar todo lo contrario. “La casa militar falló”, gritaban muchas personas, empezando a enfocar su ira.

Después del enésimo altercado, un soldado se encaró con un hombre vestido con un abrigo con la bandera de Venezuela. “¡Sal!”, le gritó. “¡No voy a salir!”, le respondió el hombre en igual tono. Todo el mundo ya estaba mirando. El momento fue tenso, y el militar terminó cediendo con la excusa de llamar a sus compañeros. Quizás en esa metáfora se resume lo que estaba siendo este velatorio, y quizá, también, muchas cosas más de la Venezuela de Chávez, de ese “despertar” que muchos entendieron como licencia para hacer lo que les daba la gana.

Sobre las 3:00 p.m. se abrió definitivamente la barrera y la marea humana lo desbordó todo, echando a perder cualquier tipo de esfuerzo organizativo. Los militares intentaron restablecerla, pero ya era muy tarde. “Que cierren eso, va a ocurrir una desgracia”, dijo una señora.

Es probable que en ese momento alguien en posición de poder decidió hacer algo. Para empezar, el ejército empezó a repartir agua. La gente se volvió loca. Decenas de personas se agolpaban contra el carro desde el cual repartían las botellas. Un hombre logró quitarle una caja de botellas de agua a los soldados y una turba se le abalanzó como pirañas.

HABLA MADURO

Pocos minutos después, a las 3:40 p.m., la voz del vicepresidente Nicolás Maduro empezó a oírse desde una tarima sobre un camión en la puerta del edificio adyacente a la academia. Llamaba a la cordura. Era evidente que esto se estaba saliendo de las manos.

“ Aquí todo el mundo va a ver a Chávez”, y la gente vitoreó. El camión empezó a moverse hacia la academia, mientras la multitud abría paso.

El sucesor seguía interactuando con la gente, pidiendo que no caminaran para evitar tumultos. Mientras, los soldados repartían agua. La cosa se empezó a calmar, y no se sabe bien cuándo la intervención de Maduro dejó de ser una necesidad para convertirse en un acto de campaña. Inclusive hizo de protección civil y anunció el extravío de varios niños, entre ellos Samuel David, de 9 años. Populismo puro y duro, sí, pero esa ha sido la moneda de cambio en este país desde hace al menos 14 años.

“No vamos a poner límites para que el pueblo vea a Chávez”, anunció el sucesor. La gente ya estaba feliz. Quizá ya estaba planeado, o quizá fue una decisión en caliente, pero en cuestión de un par de horas los sucesores del comandante decidieron extender la capilla ardiente una semana más y, sobre todo, embalsamarlo para que el pueblo lo pueda ver “eternamente” en el Museo de la Revolución, donde lideró el golpe de 1992.

Así, mientras ayer llegaban los mandatarios de Brasil, Dilma Rousseff; de Cuba, Raúl Castro; de Ecuador, Rafael Correa; el exmandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y representantes de más de 50 países, Venezuela procesaba la idea de que Hugo Rafael Chávez Frías seguiría los pasos de los líderes Lenin, de Rusia; Ho Chi Min y Mao, de China, convirtiéndose en la primera momia venezolana.

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