‘Talento brunch’

Cecilia sabe de sazón

Cecilia Pescao lleva casi 50 años cocinando en El Chorrillo y esa sazón, que le ha valido la fidelidad de su clientela, la llevará a ‘Talento Brunch’.

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Cecilia junto al cocinero Jonathan Espinal. Cecilia junto al cocinero Jonathan Espinal.

Cecilia junto al cocinero Jonathan Espinal.

En Cecilia Pesca’o las opciones son variadas, incluyendo ceviche y langosta. En Cecilia Pesca’o las opciones son variadas, incluyendo ceviche y langosta.

En Cecilia Pesca’o las opciones son variadas, incluyendo ceviche y langosta.

Sentarse a comer con Cecilia Smith es todo un acontecimiento.

Es mitad de semana y hora de almorzar. En el cielo las nubes amenazan con una lluvia que nunca llega y ella, sentada bajo la carpa frente al puesto que en Sabores de El Chorrillo lleva su nombre, tiene que ver con todo: con los comensales que llegan, la mujer policía que se ha tomado un descanso, el antiguo funcionario del municipio, que recuerda haber visto en los pasillos hace muchos años. Ella sabe quién es todo el mundo y todo el mundo sabe quién es ella.

Un apodo como Cecilia Pescao no se lo dan a cualquiera. Para ella, relata, todo empezó en Calle 21, El Chorrillo. Allí su mamá, una mujer humilde que a los 13 años llegó desde la región de Cacique, costa arriba de Colón, y se dedicaba a vender sopa.

Pronto, Cecilia y sus cinco hermanas aprendieron los oficios que la matriarca de la familia podía enseñarles: limpiar, lavar y cocinar. Estudiaron todas hasta el sexto grado y Cecilia, desde los 15 años, acompañaba a su mamá en la venta.

Han pasado más de 50 años desde que junto con su mamá, para quien la mejor manera de preparar pescado era con mantequilla y coco, vio en la cocina una manera de costear la vida.

El próximo abril, cuenta con orgullo, cumple 67. Está jubilada y ha hecho un poco de todo: cocinó, trabajó en escuelas públicas y en el municipio y ha sido, hasta cierto punto, la vocera no oficial de El Chorrillo.

Pero, sin importar el trabajo que tuviese en el momento, siempre cocinó. Por muchos años su rutina iba un poco así: se levantaba a las 5:00 de la mañana, compraba pescado fresco en el muelle fiscal, iba a trabajar y, después de salir, freía pescado hasta cerca de las 10:00 p.m. Su trabajo le daba gusto, pero con salarios que a veces no llegaban ni a los 300 dólares cocinar, además de ser una pasión, era una necesidad.

Para Cecilia todo es un arte si uno sabe cómo hacerlo. Toda su vida la ha pasado en El Chorrillo, incluida la invasión militar estadounidense (1989), y para ella la supervivencia depende de cada quien. Del fin de la dictadura habla con cierta incredulidad: la llegada de los helicópteros Cobra, los vecinos que perdieron la vida y los estruendos que recuerda sin querer cada vez que suenan las bombitas (fuegos artificiales) cerca de su casa.

Tuvo cinco hijos. Tres varones a los que la vida reclamó antes de tiempo y a quienes recuerda con el cariño de una madre que, arrepentida, quedó sola lamentando las malas decisiones de sus hijos.

En medio del recuerdo saca de la billetera las fotos de sus dos hijas, dos mujeres de quienes no podría estar más orgullosa. Son parte de una generación que culminó la escuela y avanzó profesionalmente de una manera en la que ella y sus hermanas no pudieron. Hoy, Carmela, su hija menor, se encarga de la administración del local Cecilia Pesca’o en Sabores de El Chorrillo, mientras ella, los viernes y sábados, sigue con el eterno expendio de comida en las calles de su barrio.

El apodo que inició como una burla

Antes de ser Cecilia Pescao la conocían, cuenta, como Cecilia Pollo. Su apodo siempre dependía de lo que se dedicaba a vender en el momento.

Aquello empezó como una mofa que en ella cayó en oídos sordos. “Burlándose me dieron la fama”, dice riendo. En esos 50 años cambió su puesto en Calle 21 por uno fuera de su casa en Calle 27, donde recibe a locales, turistas y famosos por igual.

Recelosa de los platos que su creatividad ha creado, Cecilia es de esas personas que dice lo que piensa sin remordimientos. Es dueña de una personalidad que demanda atención, siempre entre la irreverencia y la jocosidad.

Su popularidad no es coincidencia tampoco. Además de esa personalidad atrayente, Cecilia en su negocio lo cuida todo minuciosamente: la limpieza, los pescados que escoge uno a uno cada vez que visita el muelle y el tiempo que sazonados se marinan antes de prepararse.

Esta semana preparó un plato que describió con tanto detalle que, al escucharla, era difícil no sentirse partícipe del festín: una sierra frita, rellena de refrito de tomate, pimentón y ají, acompañada de arroz blanco y ensalada de repollo. “Quedó tan rica que comimos como 10 personas”, cuenta.

Cerca, una pareja disfruta de la brisa que, proveniente del mar, lo refresca todo. En su mesa, un par de platos vacíos y en el cielo las nubes aún grises y la lluvia todavía ausente. Dan ganas de quedarse ahí, viendo a Cecilia pasar, escuchando a veces la risa de la gente y disfrutando otras cuantas el silencio de los comensales que, concentrados en su plato, dedican toda su atención a la sazón de una cocinera que, definitivamente, sabe lo que hace.

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