PASO DEL TIEMPO. máquinas manuales de escribir Y SU VIGENCIA

Escribiendo a la antigua

Hace días una compañía europea dejó de fabricar máquinas manuales de elaborar textos, debido a su baja demanda.

Sobre el papel escribía: “Departamento de Legal y Justicia...”, cuando, de pronto, se escuchó un ¡plin! Era la veterana máquina de escribir Olympia de la corregiduría de Río Abajo, avisando que no le quedaba más espacio para seguir mecanografiando.

La funcionaria empuja el rodillo hacia la izquierda, golpea con energía la barra espaciadora, ajusta la cinta, sube y baja unas palancas, y continúa la oración.

Computadoras, tabletas, celulares “inteligentes”... Con toda la oferta tecnológica de hoy, todavía se pueden encontrar en la ciudad capital oficinas en donde las viejas máquinas manuales para levantar textos tienen su lugar y utilidad.

Muy distinto pinta el horizonte en Europa. Hace unos días, la compañía Brother, en Gales, anunció el fin de las máquinas manuales; no fabricarán más. La decisión es el resultado de la “drástica caída de la demanda en Reino Unido”, detalló un reporte de la BBC.

Se seguirán ensamblando máquinas de escribir en otras partes del mundo, pero se espera que, tarde o temprano, se dejen de hacer, poniendo fin a más de 140 años al servicio de los documentos impresos, añade la BBC.

El último ejemplar que salió de los talleres de Brother terminó en el Museo de la Ciencia de Londres.

Justo así luce el artilugio que conservan en la corregiduría de Río Abajo. Tiene el porte de una pieza vintage, digna de ser exhibida.

Es grande. Ocupa casi toda la mesa. El color se ha ido en la mayoría de sus partes metálicas y no tiene el cobertor que se extiende por los costados. Pero funciona. O mejor dicho, resuelve.

Es que si bien en la corregiduría hay computadoras y máquinas de escribir eléctricas, siempre llega un momento en el día en el que los funcionarios acuden al decano artefacto, sobre todo, cuando se va la luz, comenta la corregidora, Udsleryd Candanedo.

El aparato se usa para llenar datos de las citaciones, confeccionar informes o para cualquier documento que requiera una corrección que no pueda hacerse a mano.

Dependiendo del volumen de trabajo, la cinta puede durar de uno a tres meses. La Alcaldía se encarga de suministrar las cintas que compran a diferentes proveedores. Ultracom es una de las empresas que aún las vende. Los pedidos están lejos de igualar a los de décadas atrás, pero aún existe un mercado, apuntan vendedores del local.

MÁS CASOS

¿En qué otras oficinas se usan máquinas manuales? Noris Navarro, directora del Departamento de Legal y Justicia de la Alcaldía de Panamá, señala que en las 21 corregidurías de la capital, al menos, hay un ejemplar que auxilia cuando el equipo de vanguardia falla.

En las notarías usan las máquinas eléctricas para hacer correcciones a los documentos. “Hace rato dejamos atrás las máquinas de cinta”, dicen. En la Caja de Seguro Social también recurren más a la herramienta con motor.

Y en las escuelas tampoco es fácil hallar máquinas manuales, tomando en cuenta que los planes de estudios del Ministerio de Educación (Meduca) ya no estipulan la materia mecanografía. La que más se aproxima es Tecnología de la Información.

Elizabeth Villamil, directora nacional de arte y cultura del Meduca, explica que todos los colegios que han pasado por la conversión curricular (capital de Panamá y en las principales ciudades del resto de provincias) emplean computadoras.

Es probable, añade, que en los colegios secundarios en zonas apartadas aún queden máquinas manuales.

Sin ser categóricos, todos los consultados coincidieron en que seguro hay más entidades públicas y privadas en donde deben tener estas reliquias, especialmente en el interior del país. Algunas estarán llenas de polvo en algún rincón de la oficina y otras, como en la corregiduría de Río Abajo, siguen en acción, sin visos de jubilarse.

Entre recuerdos y nostalgia

Nancy González, de 45 años, recuerda lo difícil que fue aprender el teclado de la máquina de escribir en la clase de mecanografía. “La cantidad de planas era interminable. Pero así, a los golpes, aprendí”, cuenta la hoy funcionaria y lamenta que en el Reino Unido se haya cesado su fabricación.

En tanto, John Pittí sonríe y evoca cómo le quedaban los dedos: “Machados por la cinta”. En el aula, continúa, solo se escuchaba el ruido de las barras metálicas de cada letra y las campanitas cuando se llegaba al límite del margen.

A otros, como Henry Sucre, les costó desprenderse de su vieja Olivetti cuando llegaron las computadoras a la oficina donde trabaja, en 1990. Tan renuente estaba, que sus jefes tuvieron que tirar el añejo chéchere en la basura para “convencerlo” de usar el novedoso equipo.

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