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LOS PROFESIONALES PANAMEÑOS DE EUROPA DEL ESTE

Graduarse tras la cortina de hierro

Entre 1960 y 1990, miles de panameños fueron becados a los países que conformaban la cortina de hierro: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), pero también en Polonia, Rumania, Bulgaria, entre otros países.

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Casi todo el mundo conoce a alguien que haya estudiado en el bloque comunista de Europa del este. Durante décadas, fueron estos graduados la principal fuerza profesional en el mercado laboral panameño.

En el año del centenario de la revolución bolchevique, estas son algunas de sus historias:

Vicente Ríos

Ingeniería hidrotÉcnica (1964-1969)

Moscú, URSS

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Graduarse tras la cortina de hierro

La escuela primaria la estudié en Chitré, Herrera. Allí viví hasta primer ciclo, cuando me vine a casa de unas tías en calle 13 oeste y me gradué del Instituto Nacional en 1961. Empecé a trabajar en la Contraloría ese mismo año y después comencé Ingeniería Civil por la noche en la Universidad de Panamá.

En 1964, un amigo me comentó que el Partido del Pueblo otorgaba becas para estudiar en Moscú. Yo no tenía que ver con ese ni con ningún otro partido, pero igual fui a aplicar. Éramos ocho, pero los otros siete aplicaban para economía o medicina, así que me sentí con suerte para estudiar ingeniería hidrotécnica.

A las pocas semanas, ya era junio, me llamaron para decirme que tenía unos días para irme. Conocía poco de la URSS. Sabía de su revolución y que existía la llamada guerra fría.

El avión paró en Bogotá, Puerto Rico y luego París. Allí estuve tres días esperando por la visa. En Moscú, nos esperaba un soviético que nos llevó a mí y a los otros siete panameños a las residencias estudiantiles de la Universidad Patricio Lumumba para la Amistad de los Pueblos. Nos hicieron pruebas médicas y comenzamos el año de preparatoria, que era para nivelar y aprender ruso.

Al principio también tuve problemas con la comida. El centeno, por ejemplo, nunca lo llegué a comer. Igual con el tiempo, hubo de todo un poco. A veces hacían pollo a la panameña, que era pollo guisado.

Con el frío no tuve problemas, aunque es muy largo y la cantidad de nieve hace ver todo muy monótono. Al llegar, el Estado nos daba abrigo, guantes, gorra, botas, bufanda. Ese primer año llegó la temperatura a 42 grados bajo cero. Aún con frío yo salía a conocer la ciudad. Fui al cine, al teatro. Conocer la plaza Roja fue impresionante.

Mensualmente, recibía un estipendio de 90 rublos y eso alcanzaba para pagar todo lo que necesitaba. Incluso, para ahorrar. Con eso pude comprar mi primera cámara fotográfica y también viajé a Turquía, a Grecia y por toda la URSS.

En lo educativo todo fue muy exigente. Los últimos meses no pude ni dormir. Presentamos pruebas prácticas en Kazajistán y Uzbekistán sobre cómo construir represas y embalses. Mi tesis fue sobre una represa en el río Santa María.

Volví a Panamá en julio de 1969. Llegamos dos muchachas y yo. En el aeropuerto nos esperaban nuestras familias. De repente, se nos acercó la Policía y nos pidieron que los siguiéramos. Conversamos largo rato y después nos llevaron al cuartel central. A las chicas les dijeron que se fueran a dormir a la casa, pero que tenían que volver a la mañana siguiente. A mí me dejaron por tres días en el vestíbulo.

Me dejaron ir, pero me advirtieron que los tres teníamos que volver todas las mañanas a reportarnos. En esa estuvimos por una semana, hasta que llegamos un día y estaba todo el Estado Mayor, incluyendo a Omar Torrijos.

Resulta que cuando nos fuimos, en 1964, por los noticieros comentaban que era mentira que íbamos a la URSS. Decían que estábamos en China entrenando para la guerrilla. Torrijos nos preguntó qué hacíamos allá y nos advirtió de que no nos metiéramos en problemas.

Después de eso, me fui a Chitré a descansar y a mi regreso a la ciudad apliqué en el Instituto de Recursos Hidráulicos y Electrificación (IRHE), donde trabajé por décadas. En Chitré, la gente estaba sorprendida de que aún hablara español. Decían que había personas que se iban a Estados Unidos por tres meses y volvían hablando solo inglés.

He vuelto tres veces ya. En 1981, 2008 y 2010. Fui con mi esposa y mi hija. De aquellas épocas conservo muchas memorias. Todavía tomo vodka cada vez que puedo.

Pablo Navarro

Sociología (1971-1978)

Cracovia, Polonia

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Graduarse tras la cortina de hierro

En el periódico salió que la Embajada de Polonia daba becas para estudiar allá. Yo acababa de graduarme del Instituto Fermín Naudeau, y ya estudiaba derecho en la Universidad de Panamá.

Las becas de Polonia eran deportivas, y como yo había sido selección nacional de natación, pude aplicar. Tres meses después de eso, en julio, tocan a mi puerta. Vivía en calle 19, El Chorrillo. Recuerdo que ese día llovía y el mensajero vestía un capote amarillo. Me había ganado la beca. Tenía que estar allá en septiembre, en menos de un mes.

Solamente había un problema. La beca no incluía pasaje. Así que fui donde el embajador polaco y él me dijo que le diera un tiempo. A los dos días me llamó y me afirmó que me iría el 21 de septiembre. Llegué a Varsovia cinco días después, tras pasar por Venezuela, Aruba, Curazao, Lisboa y Zúrich.

Llegué primero a Ludz a hacer el año de preparatoria. El idioma es difícil al comienzo, pues son muchas consonantes. A veces hasta sin vocales. Pero lo aprendes y comienzas a pensar en otro idioma. Yo ya soñaba en polaco al terminar ese año. Después me trasladaron a Cracovia, donde hice mi licenciatura y maestría en sociología. El nivel allá era muy estricto. Para poder presentar semestral, por ejemplo, yo tenía que haber aprobado todos los parciales y trabajos. Tenía que ganarme el último examen. No es como acá, que uno nivela al final. Había que tener al día también todos los exámenes médicos. Además, todos eran orales, hasta el de estadística.

El Estado polaco me daba una beca de mil zlotys, que eran como $15 en ese tiempo. Pero con eso yo pagaba todas mis comidas, transporte, libros. Todo. Podía ir una vez al mes al restaurante más caro de la ciudad y todavía me quedaba dinero. Si tenía buenas notas, la universidad me daba boletos para el cine, el teatro, la ópera. Querían que te culturizaras.

En mi último año, conocí a una polaca y nos vinimos a Panamá. Acá nos casamos. Al volver me molestaba el escándalo, la bulla. A mí, un chorrillero.

He vuelto tres veces. La última vez fue hace 15 años. Polonia ya era capitalista y vi que ya no hacían filas para comprar cosas. Todo era desorden.

Maritza Ortega

Medicina (1969-1976)

Kiev, Ucrania

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Graduarse tras la cortina de hierro

Siempre quise ser médica, pero mi familia no tenía para pagarme la carrera. No por el costo de la misma, porque era casi gratuita, sino lo que implicaba. Soy de La Chorrera y estudiar en la ciudad implicaba alimentación, vivienda, transporte.

Mi mamá era costurera en la fábrica de Fermín Chang y estaba metida en el sindicato. Allí conoció a Marta Matamoros, que le sugirió que aplicara para una beca en la URSS. De aquel país yo solo sabía que estaba lejos y que daba becas. No sabía nada de izquierda ni de política.

Seis meses después de llenar los formularios, mi mamá llegó un día temprano a la casa. Eso significaba que algo había pasado. Me dijo que me iría a Moscú el 14 de agosto. Faltaban algunos días apenas. Era la primera vez que viajaba. Ni siquiera había ido sola a Capira. Mi papá vendió una res y me compró alguna ropa para frío y me fui. La ruta fue Venezuela, Curazao, Holanda. Allí estuvimos tres días mientras esperábamos la visa y, entonces, Moscú. Al llegar nos pusieron en cuarentena en una universidad enorme que quedaba en una colina. Un día nos llamaron y nos embarcaron en tren hacia Kiev. Al llegar sentí el cambio, porque era un lugar muy rural. El 1 de septiembre comenzamos el año de preparatoria.

Vivía con tres compañeras más en el mismo cuarto. Una de ellas soviética. Siempre había un local. Supuestamente, para conversar y demás, pero creo que también era para que echara un ojo. Fue emocionante ver la nieve por primera vez. Recuerdo que salimos a hacer muñecos de nieve y enseguida volvimos a entrar para calentarnos.

Allá conocí a un costarricense y nos casamos. Volvimos a Panamá al terminar nuestras carreras con la ilusión de volver a Ucrania por las maestrías, pero nunca lo hicimos.

A diferencia de otros países, en la URSS el aprendizaje médico era a través de los sentidos, y lo físico antes de los laboratorios y la tecnología. Todo era observación, a diferencia de Estados Unidos, donde todo es al revés.

Volví a comienzos de este milenio. Fui con mi hija a mostrarle el hospital de Kiev en el que ella había nacido. Le gustó mucho y nos trataron muy bien. Si yo volviera a nacer y tuviera esa misma oportunidad, me voy de nuevo. Allá viví.

César Iván Castillo

Periodismo (1987-1993)

Taskent, Uzbekistán

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Graduarse tras la cortina de hierro

Cuando cerré después de contarle a mi mamá que me había ganado la beca, ella se sentó y lloró. Yo era su único hijo. Nunca había viajado y ahora me iba para el otro lado del mundo.

Me había graduado del Enrico Fermi, y enseguida me había matriculado en ingeniería en la UTP. Vivíamos en Santa Ana.

Mi madrina estaba en el Partido del Pueblo y había conseguido una beca para su hijo. Me preguntó si yo también quería y le dije que sí. Yo quería estudiar en el exterior, pero nunca lo vi como una posibilidad real por el tema financiero.

Un día me llamó mi madrina y me dijo que en 15 días salía para Moscú. En el aeropuerto éramos como unos 300 panameños. Al llegar nos hicieron muchos exámenes médicos. Un día se me acerca una chica y me dice que al día siguiente saldría para Taskent. No sabía dónde quedaba eso, y alguien dijo que en casa del rayo. Fueron tres días en tren. Íbamos un muchacho de Soná y otro de la ciudad. Solo hablaban uzbeko y ruso. Siempre me despertaba cuando el tren se detenía en una estación y eran lugares desolados, vacíos. Sentía que estaba en una película.

Durante el año de preparatoria costó acostumbrarse. Era un lugar en el que el 85% de la población era musulmana. Era otra comida, otras costumbres.

Cuando terminé mi primer año de ingeniería, me di cuenta de que eso no era lo que esperaba. Tenía problemas con las matemáticas. Y pedí un cambio a periodismo. Tuve que ir hasta Moscú para eso. A la vuelta lo hice en tren y me sentí muy emocionado al volver a Taskent. Comprendí que ese era mi hogar.

Me gradué en 1993. Tuve la oportunidad de quedarme para una maestría, pero yo quería volver a Panamá. En la URSS uno no aprendía solamente cuestiones académicas, sino un estilo de vida, cómo manejar necesidades, ser independiente, ser equitativo y solidario. Me siento orgulloso de haber estudiado allá. Me gustaría volver algún día, aunque sea de mochilero.

Allá no había ningún adoctrinamiento. Yo no tengo ni una pizca de comunista ni de izquierda. Pero allá sí aprendí que todo el mundo debe tener las mismas oportunidades: de estudio, de salud, de vida. Asegurar las cosas básicas no tiene que ver con izquierda ni con derecha, sino con humanismo.

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