Herederos de una revolución

La crisis que explotó el día 12 ha aumentado las especulaciones sobre la estabilidad interna del régimen.

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El punto muerto en el que se encuentra la crisis política venezolana –en el que ni gobierno ni oposición pueden imponer sus respectivas voluntades– pone de relieve las situaciones internas de los bandos. En la oposición, Henrique Capriles parece haber retomado el liderazgo tras el auge y caída –al menos por ahora– de Leopoldo López. Las movilizaciones opositoras continúan, aunque con menos intensidad de la observada en las últimas semanas.

Capriles tiene el reto de consolidar su liderazgo –controlando, sobre todo, el ala más radical de la oposición– y, desde allí, intentar “convencer”, como él mismo dice, al resto de los venezolanos, sobre todo los que por cinco lustros apoyaron a Hugo Chávez, sus políticas y sus sucesores.

Para ello, Capriles tiene dos ventajas. La primera es la situación económica y social del país, que se antoja insostenible. La segunda es el estado de las relaciones entre el petit comité que maneja el país desde la muerte de Chávez hace un año, incluyendo a las Fuerzas Armadas. No es casualidad, por supuesto, que el gobernador de Miranda repita constantemente que el venezolano es un “Gobierno moribundo”.

Por otro lado, el alto nivel de incertidumbre que estas variables acarrean podía dar al traste no solo con las aspiraciones de Capriles, sino con las de todos los demás, amigos o enemigos. En Venezuela, todas las posibilidades parecen estar sobre la mesa.

Venezuela, ayer y hoy

Para entender lo que sucede a lo interno del chavismo –al menos lo que se sabe–, es necesario partir de un simple enunciado: la Venezuela de Chávez y la Venezuela de hoy son fundamentalmente diferentes. De una manera muy general, Chávez presidió sobre un sistema populista en donde una sola figura –él– estaba en control de la situación. Sus decisiones no solo eran aceptadas y respetadas, sino apoyadas –con una consistencia asombrosa– por la mayoría de la población. En otras palabras, y siguiendo la doctrina populista al pie de la letra, Chávez era Venezuela y lo sabía: su figura y su aparato estatal crecieron, fueron abarcándolo todo y asfixiando cualquier tipo de oposición no solo por su enorme capacidad política, sino porque la mayoría de los venezolanos –demostrado en voto tras voto– estaba de acuerdo con que así fuera.

Esa Venezuela, sin embargo, se fue con él. El país que Chávez dejó no tiene una sola figura –ni de gobierno ni de oposición– que pueda monopolizar la escena política venezolana como él y, quizá como consecuencia de ello, el Gobierno no tiene el apoyo de la mayoría de la población, algo que quedó meridianamente claro en las elecciones de 2013.

De esta realidad emanan los dos grandes problemas del chavismo. El primero es que a pesar de la contundencia de los números, el oficialismo gobierna Venezuela como si aún fuera el país de Chávez, que acepta lo que sea que el “comandante” dijera. El segundo es que “el oficialismo” es hoy un pequeño grupo de personas –ricas e influyentes– que gobierna por consenso desde que el Presidente partiera hacia La Habana. Y como todo grupo de personas compartiendo poder, el sanedrín chavista sufre del mal de los intereses encontrados.

La revolución ´nostra´

Las relaciones entre los miembros del comité –que incluyen, principalmente, al presidente Nicolás Maduro; al presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello; al vicepresidente para la Economía, ministro de energía y presidente de Pdvsa, Rafael Ramírez; y al ministro de planificación Jorge Giordani– llevan mucho tiempo sometidas a los rumores, la especulación y el escrutinio público.

De todas las combinaciones posibles, por supuesto, la más importante es la de Maduro y Cabello. Incluso antes de la muerte de Chávez los rumores de tensiones entre el heredero ungido y el poderoso militar –que estuvo con Chávez desde el intento de golpe de febrero de 1992– eran tan fuertes que el mismo Presidente les hizo jurar unidad frente a él en enero de 2013.

Ese pacto se ha mantenido hasta el día de hoy. El sanedrín, predeciblemente, ha cerrado filas en momentos clave –principalmente las elecciones de abril y las municipales de diciembre–, pero cada cierto tiempo, y esta crisis no es la excepción, afloran indicadores que permiten especular sobre lo que ocurre en lo más alto del Estado venezolano.

Quizá el ejemplo más interesante sea el de la agenda económica de Maduro. En abril, el Presidente nombró a Nelson Merentes como ministro de Finanzas y vicepresidente para la Economía. Desde el principio, Merentes intentó darle un giro pragmático a la economía venezolana. Pero la cosa llegó hasta ahí: las reformas se fueron retrasando y para principios de octubre, Merentes abandonaba su vicepresidencia. Aunque hoy funge como presidente del Banco Central de Venezuela, su puesto en el círculo cero del poder venezolano fue ocupado por Rafael Ramírez, más asociado con las políticas económicas del período chavista, cuyo arquitecto es Jorge Giordani.

Más allá de lo conveniente o no del cambio, la idea es clara: Maduro no tiene la capacidad de imponer su agenda. Una idea que se vio reforzada cuando, el mismo día del reemplazo de Merentes, el presidente pidió a la Asamblea Nacional –“territorio de Diosdado Cabello– la aprobación de una ley habilitante que le permitiera gobernar temporalmente por decreto. Lo que para Chávez nunca fue un problema (obtuvo los poderes cuatro veces y con ellos aprobó más de 200 leyes) a Maduro le costó mes y medio, un tiempo reveladoramente largo.

El ascenso de Diosdado

Las señales han continuado. A finales de enero, los jefes de la contrainteligencia militar y la inteligencia nacional fueron reemplazados por hombres que habían servido en la guardia presidencial de Maduro. Por otro lado, el perfil de Cabello ha ido in crescendo en las últimas semanas: mientras Maduro reemplazaba a sus jefes de inteligencia, el presidente de la Asamblea viajaba al estado de Zulia para anunciar el retiro forzado de algunos militares que, según aseguró, estaban involucrados en actos de contrabando hacia Colombia, un acto eminentemente presidencial. Además, inauguró su propio show televisivo, evocando el Aló Presidente que caracterizó la gestión de Chávez.

La crisis que explotó el 12 de febrero no ha hecho más que aumentar las especulaciones sobre la estabilidad interna del régimen. Tras la entrega de López el día 18, Diosdado Cabello se reunió con él en el Palacio de Justicia y, poco después, la esposa del líder opositor admitió en una cadena internacional que el Gobierno había actuado para proteger a su marido ante amenazas de muerte. Con el tema de los colectivos –híbridos entre organizaciones comunitarias y milicias ciudadanas– ha pasado algo parecido: mientras Maduro se ha distanciado de la violencia que se les atribuye, los lazos que unen a estos grupos con Cabello son largos y profundos.

Pero hay dos eventos que podrían sugerir que las amenazas más graves para Nicolás Maduro son internas. Hace tres días, el gobernador oficialista del estado de Táchira, José Vielma Mora, criticó públicamente las acciones gubernamentales en su Estado –donde se han desplegado tropas– y añadió que la liberación de prisioneros políticos (Leopoldo López y el exsecretario de seguridad ciudadana Iván Simonovis, principalmente) era un paso necesario para la resolución de la crisis actual.

Las palabras de Vielma adquieren aún más significado si consideramos que se graduó de la Academia Militar con Cabello (en 1987) y que entre 2000 y 2008 dirigió el servicio tributario nacional (Senia T), desde entonces encabezado por José David Cabello, hermano del presidente de la Asamblea. Vistas desde ese ángulo, sirven para levantar sospechas acerca de la unidad oficialista en medio de su peor crisis desde que Maduro ganara las elecciones.

Los soldados

Finalmente, están los militares. A los pocos días de empezar la crisis, apareció una grabación anónima en la que, supuestamente, unos oficiales conversaban sobre la posibilidad de un golpe de Estado en el país. Aunque no sirve para sacar ninguna conclusión –montar un golpe de Estado efectivo en un país como Venezuela requiere de un esfuerzo logístico tremendo y secreto–, lo llamativo ha sido la respuesta gubernamental. Lejos de utilizarlo para fines propagandísticos, como es costumbre, Miraflores ha respondido con un extraño silencio.

Sea o no una amenaza, la grabación vuelve a poner sobre la mesa el eterno tema de los uniformados, cuyo historial de intervención en la política venezolana –la última en 2002– no debe ser tomado a la ligera. Precisamente por ello, a partir de 2003 Chávez organizó y armó sus propias milicias y, sobre todo, permitió un acceso casi sin restricciones a los servicios militares y de inteligencia de Cuba. Sea cual sea la penetración cubana, la posición de los militares, la mano detrás de los colectivos o los pensamientos de cada uno de los miembros del sanedrín chavista, lo cierto es que todos remaron en la misma dirección mientras el “comandante” vivió. Ahora, sus lealtades se han reorientado en base a mil y un criterios, y el resultado de ese encuentro de vectores será fundamental para el futuro del país.

En el fondo, importa poco quién está dando las órdenes en Miraflores cuando Venezuela se ha convertido, en palabras del periodista inglés Rory Carroll, “en una ruina caótica, desmoronada y disfuncional”. Las cifras, desde el 56% de inflación a los 25 mil muertos anuales, pasando por los $3 mil 300 millones que el Gobierno debe a las aerolíneas y los $2 mil 400 que debe a compañías alimenticias, hablan de un Estado en plena descomposición. Los hechos, comenzando por la escasez de productos básicos, siguiendo con la decadente infraestructura y terminando en la parálisis política en la que parece vivir el país, completan lo que Carroll describió como “un catálogo de negligencia y descomposición”. Un país que experimenta, además, una fuga de talentos tan masiva como deprimente.

La combinación de corrupción, ineficiencia e irracionalidad económica ha terminado por acabar con un proyecto político que alguna vez hizo soñar a muchos. El objetivo de la “revolución bolivariana”, concluyó Carroll (que cubrió Venezuela para The Guardian entre 2006 y 2012), se ha reducido “a mantenerse en el poder, ni más ni menos. No ofrece solución al fiasco, a la tragedia que es Venezuela”. El problema es que muy pocas personas conocen la verdadera profundidad de esa tragedia. Y dependiendo de eso, como apuntamos al principio de este análisis, los juegos de poder en las cúpulas políticas pueden terminar uniéndose con los juegos de supervivencia que afectarán a todos los ciudadanos de este país.

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