COLOMBIA. PRIMARIAS DEL URIBISMO.

Lecciones de la caída de Pacho

El desenlace de la convención uribista el pasado fin de semana deja lecturas importantes para propios y extraños.

La elección de Óscar Iván Zuluaga como candidato presidencial del uribismo ha dado mucho de qué hablar. El primer motivo ha sido la derrota de Francisco Pacho Santos, considerado por muchos el ungido del expresidente colombiano y solidísimo candidato no solo a lo interno del movimiento –tuvo ventajas de hasta 3 a 1 en las encuestas con respecto a Zuluaga y Carlos Holmes Trujillo, el tercer precandidato uribista–, sino a nivel nacional, con una reciente encuesta incluso poniéndolo por encima del presidente Santos, su primo, en las preferencias electorales.

¿Crónica de una...?

Tras 72 horas de la decisión uribista, se mantiene una sensación incómoda en Colombia. Las suspicacias ya venían de antes: el 12 de octubre, Álvaro Uribe decidió que el candidato no se elegiría en una consulta popular en marzo –como estaba planeado–, sino en la convención que acaba de pasar. Ese mismo fin de semana, Santos amenazó con dejar el UDC ante el inesperado cambio, pero se mantuvo en carrera, seguro de sus números en las encuestas.

El runrún de que la maquinaria uribista quería evitar a toda costa el triunfo de Santos fue creciendo hasta el mismo sábado, cuando, según el diario El Tiempo, el exministro Fabio Valencia –figura importante en el movimiento– dijo a algunos delegados que había que votar “por el que está en el corazón de Uribe”, haciendo referencia a una frase dicha por Zuluaga el pasado jueves. Unas mil 300 personas votaron y, tres horas después, el expresidente levantaba el brazo del exministro de Hacienda, confirmándolo como vencedor con el 56% de los votos. Los porcentajes de Santos y Trujillo aún no han sido revelados. Uribe, por su parte, ha reaccionado con una mezcla de indignación e indiferencia a las dudas sobre la transparencia de su movimiento.

Razones de la caída

La decepción de Santos era evidente, y algunos dicen que abandonó el evento con ojos llorosos. Los motivos de su derrota son muchos, aunque ninguno de ellos claro. Por un lado, ser el candidato más popular no le hacía necesariamente el más fiel al líder, que era de lo que se trataba la convención.

Además, Santos lleva en su nombre y sangre la sombra del gran traidor, el que hoy ocupa la Casa de Nariño. Otros, quizá más pragmáticos, proyectaban una carrera presidencial entre dos primos con los mismos apellidos como un signo de república bananera, potencialmente desastroso para la oligarquía colombiana. En todo caso, sin embargo, hay una cosa que no se puede negar: el hombre al que las encuestas ponían como candidato –y hasta como próximo presidente de Colombia– sufrió una derrota tan humillante como inesperada.

lecturas para todos

Las lecturas –para Colombia y el mundo– del auge y caída de Pacho son muchas, y empiezan por la evidente contradicción entre los principios democráticos y las dinámicas de un movimiento que existe por y para una sola persona. Esas contradicciones ahora son todas de Zuluaga, que tendrá la complicada –por no decir otra cosa– tarea de convertirse en un líder victorioso sin salirse del regazo del exmandatario.

Finalmente, la fascinante evolución del uribismo ilustra claramente ciertas dinámicas políticas latinoamericanas, como el caudillismo, que son capaces de adaptarse a cualquier sistema político y, sobre todo, cuya existencia no guarda relación con la ideología o tendencia política de los gobiernos de turno.

El peligro de las encuestas

Es difícil que Pacho Santos, y quizá muchos otros, vuelvan a ver las encuestas y sus cantos de sirena de la misma manera. Santos parece haber sido víctima de lo que los especialistas conocen como “voto táctico”, que es el motivado por consideraciones ídem –en este caso, las preferencias de Uribe y la lealtad del candidato hacia él– que las simpatías personales. Su derrota, además, se une a una lista de fallos en los que figuran las inesperadas victorias de Harry Truman (1948, Estados Unidos), Violeta Chamorro (1990, Nicaragua), Abdalá Bucaram (1996, Ecuador), Alberto Fujimori (1990, Perú), los Tories británicos (1992) y muchos otros. Cada uno de esos casos tuvo sus particularidades, pero la lección es la misma: reducir un torneo electoral a lo que dicen las encuestas no solo es simplista y errado, sino que, como Pacho descubrió, puede terminar siendo fatal.

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