intentona militar CONTRA NORIEGA

Masacre de Albrook se pierde en el olvido

Once oficiales lideraron una rebelión hace 25 años contra el hombre fuerte de Panamá. Tras horas de indecisión, fueron asesinados a sangre fría.

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Misa realizada este viernes 3 de octubre de 2014. LA PRENSA/Humberto Rueda Misa realizada este viernes 3 de octubre de 2014. LA PRENSA/Humberto Rueda
Misa realizada este viernes 3 de octubre de 2014. LA PRENSA/Humberto Rueda

La imagen fue real: los cuerpos acribillados y ensangrentados de siete hombres en el piso del hangar de Albrook, a unos cuantos metros del terreno donde hoy funciona un famoso centro comercial. ¿El hecho?: resultado de una orden impartida el martes 3 de octubre de 1989 por el entonces dictador Manuel Antonio Noriega.

El mandato –del que se cumplen hoy 25 años– fue fusilar a los oficiales que intentaron derrocarlo.

Moisés Giroldi, líder de la conspiración, recibió la madrugada del día siguiente una ráfaga de tiros en el cuartel de Tinajitas. Noriega había prometido perdonarlo.

Fueron 11 los cabecillas de la intentona contra Noriega. Once panameños ejecutados en dos días. La mayoría murió en el hangar donde el “hombre fuerte de Panamá” –como él mismo se denominó– guardaba sus autos más preciados.

Giroldi cayó en Tinajitas; dos más en el Cuartel Central de las Fuerzas de Defensa en El Chorrillo, y otro en la extinta cárcel Modelo. La versión oficial decía que este último se procuró su propia muerte. Otros aseguran que “lo suicidaron”.

El grupo tenía el supuesto respaldo de Estados Unidos, una promesa que nunca se cumplió. Aun así, los 11 retuvieron a Noriega por algunas horas, hasta que la seducción retórica del dictador logró que los sublevados depusieran las armas y firmaran su sentencia a morir.

“No se ha valorado ni se ha dado el realce a los que estuvieron, los que cayeron y los detenidos”, afirmó Josué Giroldi Bonilla, hijo del mayor asesinado en Tinajitas. “La sociedad panameña no le ha dado valor, porque los gobiernos tampoco se lo han dado. Ellos son los que deben reconocer esa fecha y a los involucrados”, añadió.

Giroldi Bonilla es uno de los miembros de la Asociación de Familiares y Amigos de Militares Asesinados el 3 de Octubre de 1989, que impulsan una ley de memoria histórica en Panamá para recordar a estos caídos. “Queremos que quede algo de ese día para contar en la historia del país”, dijo.

Petra de Ortega, viuda del teniente Ismael Ortega –fusilado en Albrook– también siente que falta recordación de este movimiento. “Ellos dieron su vida por este país y no se ha hecho nada. Queremos un reconocimiento para ellos. Esto ha quedado en el olvido. Hay gente en la calle que ni siquiera sabe qué es la masacre de Albrook”, advirtió.

El evento también trajo consigo semanas de persecución de los subordinados a la narcodictadura de Noriega. “Nos persiguieron a mí y a mis hijos, porque supuestamente eran la semilla de los traidores. Nos corretearon, casi secuestran a mi hijo, nos tenían los teléfonos intervenidos...”, expresó Ortega, que insistió en que la ley de memoria histórica debe aprobarse.

LA CONSPIRACIÓN

Las arbitrariedades de Noriega dentro de las Fuerzas de Defensa habían causado molestia entre varios sectores de ese aparato militar. Entre ellos, Giroldi, amigo y compadre del dictador, al que incluso defendió de una fallida intentona golpista el 16 de marzo de 1988.

Al mando del batallón Urracá, y con el apoyo de otros grupos militares nacionales, Giroldi y sus secuaces detuvieron a Noriega en su oficina en el Cuartel Central. La operación comenzó unos minutos antes de las 8:00 a.m. con una explosión en la puerta blindada que protegía al dictador.

La operación se mantuvo calmada por varias horas, ya que el batallón Urracá era uno de los grupos a cargo de la seguridad del Cuartel Central, así que no hubo mayor resistencia para tomar ese lugar.

El cabecilla de la rebelión discutía con sus compañeros si debían entregar o no a Noriega a la milicia estadounidense, o si debían permitirle una jubilación pacífica en Panamá. Hubo momentos en los que dejaron incluso a Noriega solo en la oficina, lo que aprovechó para hacer llamadas clave a sus aliados y poder combatir el levantamiento.

Cerca del mediodía llegó el Batallón 2000 y otros leales a Noriega, que con plomo y furia debilitaron la operación. A eso de la 1:00 p.m., Giroldi entregó las armas y Noriega le prometió a todos dejarlos con vida.

La promesa duró poco para algunos, mientras que otros tuvieron que soportar una larga noche de tortura antes de ser asesinados por los norieguistas. Entre ellos, Heráclides Sucre, a cargo de matar a Giroldi.

Semanas después, Estados Unidos invadió Panamá y, con cientos de muertes incluidas, arrestaron a Noriega. A Giroldi poco se le recuerda, según cuentan sus familiares. Al dictador, en cambio, todavía la Policía le hace el saludo militar cuando sale a pasear en las mañanas en el Centro de Rehabilitación El Renacer, donde cumple condena por algunos de sus delitos, tras ser extraditado de Francia.

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